Kristen Stewart ha tardado casi una década en rodar La cronología del agua. No por indecisión ni por cálculo estratégico, sino porque el sistema –ese entramado de departamentos creativos y de marketing y tíos opinando sobre el corte de pelo de una mujer lesbiana– no sabía muy bien qué hacer con una película así ni con una cineasta debutante como ella. Ahora, el filme llega por fin a las salas y Stewart se estrena en la dirección de largometrajes –ya ha hecho cortos– con una película que es una consecuencia lógica de una trayectoria construida a base de fricción con ese sistema que la hizo rica y estrella cuando era solo una niña.
La cronología del agua adapta las memorias homónimas de Lidia Yuknavitch publicadas en 2011, donde la escritora relata su paso de la natación competitiva a la literatura tras una juventud atravesada por la adicción, la autodestrucción y relaciones abusivas. Interpretada por Imogen Poots, en una narración no lineal que avanza por recuerdos, recaídas y momentos de lucidez. Más que un biopic clásico, la película construye un mapa físico y emocional de la experiencia femenina.
"Durante diez años esto fue algo completamente privado para mí", explicaba en diciembre en The New York Times. Durante ese tiempo, La cronología del agua fue menos una película en desarrollo que una idea persistente, algo que crecía dentro de ella a la vez que se resistía a tomar forma. “Era algo áspero, poco digerible, porque habla de la violación y de recuperar lo que te han quitado”. No se trataba solo de debutar como directora, sino de ver si era posible decir algo propio sin tener que suavizarlo para hacerlo aceptable.
Rebelde con causa, en 'Crepúsculo' y en la vida real
Stewart tenía 17 años cuando se convirtió en Bella Swan, el centro inmóvil de un huracán adolescente. Crepúsculo fue un éxito sin precedentes, pero también una jaula. Durante años, su gesto adusto y su incomodidad pública fueron interpretados como arrogancia o desgana. Ella misma ha revisado su actitud con el tiempo. “Cualquiera que quiera rajar de Crepúsculo, lo entiendo perfectamente, pero hay algo ahí de lo que sigo estando profundamente orgullosa”, declaraba en 2021 a la revista Interview. De hecho, recientemente se ha mostrado dispuesta a dirigir una nueva entrega de la saga.
Antes incluso de Crepúsculo, Stewart había aprendido a moverse en rodajes de alto voltaje siendo una niña, como en La habitación del pánico (David Fincher, 2002), donde trabajó con Jodie Foster cuando tenía solo 11 años. Una experiencia que ella misma ha citado en varias ocasiones como formativa.
El dinero, ha reconocido sin rodeos, fue un factor decisivo. “Yo era una cría cuando hice Crepúsculo y gané mucho dinero”, contaba en el Times. Y precisamente esa temprana seguridad económica le permitió algo muy poco habitual en Hollywood –no tener que aceptar proyectos por necesidad– pero que pocos actores juveniles –otro de su generación es Josh Hutcherson– tienen la inteligencia de entender. También conoció pronto el desgaste que provoca el cine de los grandes estudios, y la capacidad de sus procesos industriales para quitarle el color y el encanto a los proyectos más interesantes.
Assayas, su maestro europeo
Por eso, el aterrizaje en cine europeo fue para ella como dar con la horma de su zapato. El encuentro con Olivier Assayas marcó un punto de inflexión. En Viaje a Sils Maria (2014), junto a Juliette Binoche, y ya como protagonista en Personal Shopper (2016), Stewart encontró un cine que no necesitaba explicarse a sí mismo. “Me enseñó que se puede decir muchísimo con una imagen sin explicarla. Si tienes que explicarla, es que no está funcionando”, recordaba en otra entrevista para la revista Numéro en octubre del año pasado. Esa forma de entender el cine, más cercana a la intuición y al sueño que a la narración explícita, atraviesa ahora La cronología del agua.
No es casual que la película evite la progresión clásica de la narración cinematográfica. “Me interesa mucho menos lo que le pasó a Lidia que la forma en que ella reorganiza esas cosas y las escribe” en su libro, explicaba en el Times. El centro de su historia no es el trauma en sí, sino el acto de narrarlo.
La musa heterodoxa de Chanel
En paralelo a su evolución cinematográfica, con proyectos con cineastas como Pablo Larraín (Spencer, de 2021, por la que fue nominada al Oscar) David Cronenberg (Crímenes del futuro, 2022) o Rose Glass (la impactante Sangre en los labios, de 2024), Stewart se ha consolidado como imagen de Chanel. No como embajadora complaciente, una famosa más en el photocall, sino como presencia disonante desde que fichó como embajadora de la firma hace más de una década, en 2014. En festivales y desfiles, su manera de servir las prendas de la casa francesa, con la misma intensidad que se mete en sus papeles, posando, mirando a cámara en los front rows e incluso desfilando, o como imagen del perfume Gabrielle, funciona como una prolongación de su apuesta artística y de su figura pública: estar dentro sin terminar de encajar.
Esa incomodidad tiene que ver también con su relación con la exposición mediática. Superada su relación de conveniencia con su partenaire en Crepúsculo, Robert Pattinson, Stewart se aceptó, dejó de ocultar sus relaciones con mujeres y su posición se volvió más directa, ligera y desenvuelta. “Lo que tú crees que eres no tiene nada que ver con lo que los demás creen que eres, y nadie está equivocado”, ha dicho en más de una ocasión.
Dirigir pero no interpretar: "No era la actriz adecuada"
Adaptar las memorias de Lidia Yuknavitch no era una elección cómoda como ópera prima. Stewart ha insistido en que no quería hacer una película “sobre” el trauma. “Hay una invitación en el texto a excavar en tus propios recuerdos”, explicaba en The New York Times. De ahí su insistencia en imágenes que no buscan aliviar al espectador.
La elección de Imogen Poots como protagonista responde a esa lógica. Stewart decidió no interpretarse a sí misma. “Sentí que no era la actriz adecuada para ese papel”, explicaba en Numéro. Prefería observar desde fuera, aunque eso implicara una cierta renuncia: “Pasé los días viendo cómo otra persona le daba vida, obligándome a no decirle qué habría hecho yo en su lugar”.
"Quiero hacer películas sin dinero"
A los 35 años, Stewart habla abiertamente de una “ruptura del sistema”, no como un deseo o una consigna abstracta, sino como una necesidad práctica. El cine industrial, tal y como está organizado, le parece cada vez más hostil y refractario a las historias que no encajan en precedentes claros. “Ahora mismo es demasiado difícil hacer películas que no respondan a fórmulas de blockbuster ya probadas”.
Su respuesta no pasa por retirarse, sino por reducir la escala de las películas en las que trabaja. Rodar rápido, con pocos medios, con gente cercana. “Quiero hacer una película sin dinero y quiero que sea un gran éxito”, dice, medio en broma medio en serio.
En cuanto a Crepúsculo, para Kristen Stewart no es un pecado original; es su origen, lo ha integrado, y ese ha sido uno de sus grandes aciertos. “Cada momento que me ha traído hasta aquí me ha convertido en quien soy”, decía ya hace años. Por eso La cronología del agua no es un ajuste de cuentas ni una redención tardía; es la constatación de que lo raro, lo incómodo y lo excesivo también pueden ser una forma de continuidad, y que a la gente, a tu público, el nuevo y el de siempre, le puede gustar.
“Si quieres seguir teniendo una conversación conmigo, primero tienes que ver mi película”, decía recientemente. Dirigir, en su caso, no significa mandar ni corregir el pasado. Significa dejar de traducirse. Y, por una vez, hablar en voz propia, aunque incomode.
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