Los Globos de Oro 2026 han vuelto a funcionar como termómetro imperfecto de Hollywood: aciertan cuando miran hacia fuera, dudan cuando se miran al espejo y vacilan a la hora de marcar tendencias de futuro. Lo que ha quedado claro es que la progresista industria del entretenimiento ha renunciado a la crítica a Donald Trump, en un momento en el que las políticas del presidente norteamericano y su administración, una semana después de la captura de Maduro y con las redadas del ICE causando estragos a lo largo y ancho del país, merecerían algo más que el silencio de la gente dorada. Un año después del incendio que arrasó sus mansiones en Pacific Palisades, las estrellas se tientan la ropa antes de alzar la voz.

“Creo que ahora vivimos en una dictadura”, ha dejado caer Judd Apatow al presentar el premio a la mejor dirección. Pero lo ha hecho entre bromas sobre su “boicot silencioso” de una década a los Globos de Oro, después de que su comedia Trainwreck perdiera en 2016 frente a The Martian, ironizando sobre el eterno problema de las categorías —qué es comedia y qué no— justo antes de entregar el galardón a Paul Thomas Anderson por Una batalla tras otra (los Globos de Oro siguen atrapados en una taxonomía equívoca que este año ha vuelto a dejar escenas involuntariamente cómicas).

Sorpresas controladas y desaires visibles

En lo estrictamente competitivo, no pasó nada inesperado. Aun así, ha habido giros que la prensa especializada ha leído como síntomas de cambio. El más celebrado ha sido el triunfo de Teyana Taylor como actriz de reparto por Una batalla tras otra, imponiéndose a un grupo de favoritas más alineadas con el gusto tradicional de los Globos –Emily Blunt o Elle Fanning–. Su discurso, emocional y explícitamente político en clave identitaria –"Nuestra luz no necesita permiso para brillar", ha dicho dirigiéndose a las mujeres y niñas no blancas– ha marcado uno de los pocos momentos en los que la noche ha parecido conectarse con algo más que la industria.

Algo similar ha ocurrido con Wagner Moura, que ha superado a intérpretes mucho más visibles en Hollywood para llevarse el premio a mejor actor dramático por El agente secreto. Su victoria ha confirmado la utilidad de la vocación internacional de los Globos cuando se aplica con coherencia y no como simple gesto cosmético.

En el reverso, el principal damnificado ha sido Los pecadoresSinners–. El filme de Ryan Coogler, que llegaba con un sólido respaldo crítico, ha perdido el premio al mejor guion frente a Anderson, rompiendo el reparto de honores que muchos daban por hecho. No ha sido el único desaire: el premio a mejor banda sonora ha quedado fuera de la retransmisión televisiva, desplazado por segmentos de humor dilatados y decisiones de realización difíciles de justificar.

Glaser afina, pero la gala se dispersa

Como anfitriona, Nikki Glaser ha vuelto a demostrar que sabe manejar el equilibrio entre acidez y complicidad. Su monólogo ha apuntado a objetivos previsibles –los archivos Epstein, Leonardo DiCaprio y su vida sentimental– con ritmo y una consciencia clara del personaje que interpreta: alguien que se ríe de Hollywood desde dentro, sin fingir distancia moral.

También hubo espacio para ajustes de cuentas. Wanda Sykes, al recoger el Globo de Oro al mejor especial de comedia en nombre de Ricky Gervais, ausente en la gala, aprovechó el momento para lanzar una pulla directa al humorista británico, vitriólico presentador de la gala en cinco ediciones entre 2010 y 2020. “Voy a agradecer a Dios y a la comunidad trans”, dijo desde el escenario, en alusión tanto al ateísmo declarado de Gervais como a las polémicas por sus chistes transfóbicos en anteriores espectáculos.

Algunas bromas han funcionado mejor que otras, pero el conjunto ha vuelto a quedar lastrado por una realización mejorable, números prescindibles y premios nuevos mal explicados –como el de pódcast, que ha ido a parar a la cómica Amy Poehler por su Good Hang–. La sensación de dispersión ha sido constante.

Tacos, homenajes y música pop

Entre los instantes más comentados ha estado el uso de música pop como acompañamiento a las subidas al escenario: Stellan Skarsgård avanzando al ritmo de Usher o la delegación de El agente secreto con Rihanna de fondo. Más eficaz ha sido, en cambio, el cierre con el homenaje a Rob Reiner, asesinado hace unas semanas por su hijo Nick junto a su esposa. Glaser, con una gorra de This Is Spinal Tap y la frase “this one went to 11”, ha optado por una despedida contenida y respetuosa, uno de los pocos momentos sin ironía defensiva.

También ha quedado para el anecdotario el discurso de Erin Doherty, premiada por Adolescencia, que ha soltado varios improperios antes de que la censura reaccionara. Más allá del exabrupto, su agradecimiento a los terapeutas ha encajado con uno de los temas subterráneos de la noche: la insistencia, explícita o no, en la salud mental como nuevo lugar común del discurso cultural.

Cinco años después de la crisis que puso en cuestión su legitimidad, los Globos de Oro han optado este año por una estrategia conservadora en los premios y expansiva en la puesta en escena. Ganadores previsibles con sorpresas medidas han dado lugar a una noche eficaz en lo industrial, irregular en lo narrativo y más preocupada por no equivocarse que por marcar posición.

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