La 79ª edición de los premios BAFTA dejó este domingo una imagen incómoda que no figuraba en el guion. En los primeros veinte minutos de la gala celebrada en el Royal Festival Hall de Londres, la voz que más se escuchó no fue la de los premiados, sino la de John Davidson, activista escocés con síndrome de Tourette e inspiración de la película Incontrolable (I Swear), por la que Robert Aramayo ha ganado el premio a mejor actor y el de estrella revelación.
Mientras el anfitrión, Alan Cumming, intentaba poner orden en una sala con los príncipes de Gales en el patio de butacas y estrellas internacionales en las primeras filas, desde el público se oyeron gritos: “¡Aburrido!”, “¡Mierda!”, “¡Callaos de una puta vez!”. Cuando Michael B. Jordan y Delroy Lindo presentaban el premio a mejores efectos visuales –que fue para Avatar: Fire and Ash–, Davidson pronunció también un insulto racial, lo que provocó gestos de desconcierto y algún suspiro audible.
El síndrome de Tourette es un trastorno neurológico caracterizado por tics motores y vocales involuntarios. En algunos casos –no en todos– puede manifestarse con coprolalia, es decir, la emisión involuntaria de insultos o palabras socialmente inapropiadas. Antes de comenzar la ceremonia, un regidor ya había advertido a los asistentes: “John tiene síndrome de Tourette, así que por favor tengan en cuenta que pueden oír ruidos o movimientos involuntarios durante la ceremonia”.
"Lo que han oído esta noche es involuntario"
Cumming interrumpió varias veces su monólogo para contextualizar lo que estaba ocurriendo. “Puede que hayan notado un lenguaje fuerte de fondo. Esto puede formar parte de cómo el síndrome de Tourette se manifiesta en algunas personas, como explora la película”, explicó en un primer momento. Más tarde añadió: “El síndrome de Tourette es una discapacidad y los tics que han oído esta noche son involuntarios, lo que significa que la persona que tiene síndrome de Tourette no tiene control sobre su lenguaje. Pedimos disculpas si alguien se ha sentido ofendido esta noche”.
Davidson abandonó la sala unos 25 minutos después de iniciarse la gala. Según The Hollywood Reporter, lo hizo por decisión propia y no a petición de la organización. La BBC, que emitía la ceremonia en diferido en el Reino Unido, no ha aclarado si decidió mantener íntegros los exabruptos en la retransmisión, una cuestión que ha alimentado el debate posterior.
El actor Robert Aramayo, visiblemente emocionado al recoger sus dos máscaras doradas, dedicó parte de su discurso a quien le sirvió de referente. “John Davidson es el hombre más extraordinario que he conocido. Es muy generoso a la hora de educar y cree que todavía tenemos mucho que aprender sobre el síndrome de Tourette”, afirmó. Y añadió: “Para las personas que viven con Tourette, somos quienes estamos a su alrededor quienes ayudamos a definir cuál es su experiencia. Así que, citando la película, necesitan apoyo y comprensión”.
Un síndrome "profundamente incomprendido"
No todos lo vivieron de la misma manera. La diseñadora de producción Hannah Beachler escribió después en X: “Sigo intentando escribir sobre lo que pasó en los BAFTA y no encuentro las palabras”. Reconoció que era “una situación casi imposible”, pero criticó la fórmula empleada desde el escenario: “lo que empeoró la situación fue esa disculpa lanzada al aire de ‘si alguien se sintió ofendido’”.
En la sala, según relataron asistentes citados por medios estadounidenses, algunos invitados británicos insistieron en que el Tourette sigue siendo una condición “profundamente incomprendida”. Otros se mostraron más incómodos y señalaron que ciertas expresiones podían resultar emocionalmente desencadenantes para quienes estaban sobre el escenario.
Más allá del incidente, la noche confirmó el dominio de Una batalla tras otra, de Paul Thomas Anderson, que ha sumado seis premios –mejor película, dirección, guion adaptado, actor de reparto para Sean Penn, fotografía y montaje– y se ha consolidado como favorita en la carrera hacia los Oscar. Los pecadores y Frankenstein se han repartido tres galardones cada una. La española Sirat, de Óliver Laxe, que competía en la categoría de mejor película de habla no inglesa, se ha ido sin premio, al imponerse la noruega Valor sentimental.
La discusión, sin embargo, se ha desplazado a otro terreno. No sobre el palmarés, sino sobre el límite entre la inclusión y la ofensa involuntaria; entre la pedagogía y la herida. La gala ha terminado. El debate no.
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