Hace unos años, los herederos de Roald Dahl, que gestionan uno de los más lucrativos patrimonios editoriales del mundo, con imperecederos títulos infantiles como Charlie y la fábrica de chocolate, Matilda, Los Gremlins o James y el melocotón gigante, tomaron dos decisiones que es muy probable que no hubiesen gustado al escritor inglés, que llevaba a gala tener un carácter poco amigable e incluso intransigente. La primera, aceptar la eliminación de ciertos términos que aparecen en sus cuentos y que hoy no son políticamente correctos en unos relatos destinados a escolares, como gordo, feo, inútil, negro, calva…, algo que obliga en algunas ocasiones a reescribir fragmentos enteros para eliminar todo rastro de lo que ahora se consideran estereotipos patriarcales o de género, racistas, que incitan a la violencia o que son poco respetuosos con personas afectadas por enfermedades mentales. Un peaje que los familiares de Dahl consideran justificado para que sus libros continúen siendo de lectura obligada en algunos colegios. O para que Netflix compre, como ocurrió en 2021, los derechos de todos sus cuentos con el objetivo de crear un particular universo de animación con sus personajes.
La segunda de las decisiones de los herederos de Dahl, sin embargo, tiene mayor calado, puesto que se trata de unas posiciones y unos términos que no aparecen en sus relatos y que formaban parte exclusivamente de sus convicciones ideológicas. Dahl era un antisemita tan convencido y radical que no ocultaba su justificación del Holocausto nazi debido a la inhumana naturaleza de los judíos. “Hay un rasgo en el carácter judío que provoca aversión”, declaró en una entrevista en 1983, tras la polémica que suscitó una de sus críticas en el Literary Review, en la que, con la invasión del Líbano por parte de Israel un año antes como telón de fondo, afirmaba que “todos hemos comenzado a odiar a Israel”. Y concluía. “Siempre hay una razón por la cual lo anti algo crece en cualquier sitio; incluso un apestoso como Hitler no escogió a los judíos sin razón”.
“Hay un rasgo en el carácter judío que provoca aversión”, declaró Dahl en una entrevista en 1983
De esto trata la obra que el pasado viernes día 20 de febrero se estrenó en el Teatro Bellas Artes de Madrid bajo el título de Gigante. Dirigida por Josep Maria Mestres e interpretada por José María Pou, que encarna en toda su inmensidad, tanto física como de capacidad interpretativa, a Roald Dahl, la obra es la adaptación española de la opera prima de un director británico de largo recorrido, Mark Rosenblatt, que aún la mantiene en cartel en el Harold Pinter Theatre del West End londinense, después de haber logrado tres premios Olivier en 2025, incluido el de Mejor Espectáculo. Para Rosenblatt, de origen judío, no ha sido una obra fácil de escribir ni dirigir, porque, como ha comentado en alguna entrevista, Dahl hoy odiaría “a gente como yo”, y sin embargo él ha leído a todos sus hijos relatos como Las brujas o Charlie y la fábrica de chocolate.
La obra transcurre en el verano de 1983, una época especialmente complicada para Roald Dahl. Ese año acababa de divorciarse de su esposa, la actriz Patricia Neal, tras 30 años de matrimonio y había hecho pública la relación secreta que durante 11 años venía manteniendo con su asistente Liccy Crosland, que a la vez era amiga de su esposa. Dahl, que entonces tenía 67 años y sufría dolores físicos constantes, estaba alterado por las obras de reforma de su casa y luchaba contra reloj para terminar su último libro, Las brujas. A todo eso se unía el hecho de los duros ataques que le dispensaba la prensa del momento debido a la publicación de su polémico artículo antisemita, un texto que él defendía como lo justo y heroico. En esas circunstancias, sus editores británico y estadounidense fueron a visitarlo a su casa para pedirle que se disculpara públicamente y así ayudar a reparar su dañada reputación, algo que él rechazó en todo momento.
Dahl nunca quiso retractarse de aquellas declaraciones y mantuvo hasta el final de sus días que el Estado de Israel debía desaparecer y, consiguientemente, también todos los judíos. Y, sin embargo, los herederos del escritor -fallecido en 1990 a los 74 años- han decidido pedir perdón en su nombre para evitar que su racismo y judeofobia tuviera consecuencias sobre su cuenta de resultados debido a la ya aceptada como normal cancelación pública, una práctica que no distingue entre el autor y su creación artística, es decir, que censura una obra no por sus defectos intrínsecos, sino porque su autor no tiene un comportamiento aceptable desde determinados postulados ideológicos.
“Gigante”, explica Rosenblatt “es una combinación de realidad y ficción, con la esperanza de captar el espíritu de un momento en el tiempo, sin pretender, en ningún caso, que sea un documento histórico. Sin embargo, en Gigante aparece un Roald Dahl en estado puro: cuando se cita su reseña literaria, se utilizan realmente palabras suyas. Y, más adelante en la obra, cuando vuelve a comunicarse con el mundo exterior, también lo hace con sus propias palabras. En medio de mi evocación del mundo íntimo de Dahl en aquel verano, resuenan sus declaraciones públicas, sin filtros. Forman parte del legado complejo del auténtico Roald Dahl”.
El reparto de la obra, coproducción de Teatre Romea y Festival Grec 2025 estrenada en Barcelona en junio del año pasado, lo completan Victòria Pagès, Pep Planas, Clàudia Benito, Aida Llop y Jep Barceló.
'Gigante' se podrá ver en el Teatro Bellas Artes de Madrid del 18 de febrero al 26 de abril de 2026.
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