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'Oliver Twist': un musical social

Pase gráfico del musical ‘Oliver Twist’, en el Teatro La Latina, el pasado mes de noviembre.
Pase gráfico del musical ‘Oliver Twist’, en el Teatro La Latina, el pasado mes de noviembre. | Jesús Hellín / Europa Press

Entro en 1830, en Londres: en la sordidez de su niebla y en el silencio de un escenario todavía vacío, pero que se llenará de niños y jóvenes, de actores y cantantes, de música y baile y una historia social sobre las diferencias de clase, sobre la penuria del hambre, sobre el desvalimiento de quienes no tienen familia y se ven obligados a delinquir. 

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El argumento de Oliver Twist, siendo niños los protagonistas, no es precisamente amable. Charles Dickens nos presenta esa sociedad victoriana que lucha contra el mal y le cuesta mucho hacer el bien. Nos relata la corrupción, la violencia incluso del poder policial y judicial, de las necesidades precarias para el sustento y de cómo se está al borde de la ley, en un submundo de delincuencia, de explotación infantil, de miseria e injusticias en las clases desfavorecidas. 

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Y, sin embargo, convertida en musical por Pedro Víllora, que hace la adaptación, por Juan Luis Iborra, que lo dirige con mucha solvencia, y de la música de Gerardo Gardelin, con el productor Rafa Coto, que también llevaron a escena Los chicos del coro, lo truculento, la angustia del sufrimiento se hace más grata, pues resuelven con medios técnicos y humanos una difícil puesta en escena. 

Una adaptación fiel

Prácticamente, toda la esencia de la novela de Dickens queda reflejada en esta adaptación, donde las voces y la música suenan con coordinación, cercanas, emocionales. 

Y así, cantando e interpretando, también es un buen método para dar a conocer la denuncia social de la explotación del trabajo infantil, de la brecha cada vez más grande entre la clase alta y pudiente y los que sufren que van perdiendo todo, casas, propiedades, trabajo, hasta la familia. 

Es curioso y latente el personaje del doctor que prejuzga por su forma de pensar, negando la probabilidad de redención a los que tacha de abocados a la delincuencia, en la imposibilidad de salir de su condición de marginados, por una cuestión incluso sanguínea y de costumbre. 

El sistema judicial de la época tampoco sale bien parado, mostrando una total falta de empatía, aunque los acusados sean menores. Impera el castigo como ejemplo. 

Unos muy creíbles Oliver y compañía

Daniel Escrig y Heneko Haren se ajustan bien al personaje de Oliver Twist y, alrededor, todo el elenco cumple a la perfección con sus cometidos. 

Comentario necesario también es la escenografía y el vestuario que consiguen dotar de precisión a los diferentes ambientes del lugar donde se desarrolla la acción, simplemente cambiando unos pequeños detalles y ayudado por una iluminación que contribuye a reflejar esa atmósfera pesada y neblinosa de un Londres decimonónico. 

La cuestión ahora es… ojalá estos musicales, estas representaciones que pretenden enganchar a un público joven, atraídos por su elenco, también fueran acicate para que cogieran esas novelas, esos libros que nunca pasarán de moda, pero que ahí están muertos de silencio, y se pusieran a leerlos para descubrir cosas que, lógicamente, en la puesta en escena no es posible reflejar. 

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