Teatro

'Lexikon': palabra sobre palabra

Escena de 'Lexicon'.
Escena de 'Lexicon'. | Bárbara Sánchez Palomero / CDN

Veo perderse en el horizonte infinito del escenario una llanura blanca impoluta de palabras, solitarios silencios que vagan a la deriva entre imágenes que no encuentran su sitio, las dimensiones de la creación en un espacio que podría ser cósmico pero está delimitado por las dimensiones de las calles, proscenio, foro, bambalinas, el peine, la chácena, la vara, los bastidores…, bajo focos cenitales cual si fueran estrellas encajadas en botes que producen sombras, y que acogen voces, conversaciones, diálogos, gritos ahogados que imaginamos, risas provenientes del patio de butacas, gentes que callan y sueñan, historias y cuentos que nos cuentan de manera distinta, en un túnel abierto de tiempo atrapado en las repeticiones de cada sesión, siempre, léxico, Lexikon, ansia, desgarro, trayecto inacabable, la palabra como herramienta, para representar las ideas y los sentimientos, máquinas, mosaico de pensamientos sueltos y viñetas diversas.

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El Conde de Torrefiel, con Tanya Beyeler y Pablo Gisbert a la cabeza, ruidos alrededor, apacibilidad de un tren que no arranca, despiertos en la noche sin revisor de los sueños, ocultos en las nuevas tecnologías que ya empiezan a ser viejas. 

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Lexikon se pregunta quién conduce nuestros destinos, si el lenguaje o las acciones, si la vida frenética o el anhelante descanso, la performance inentendible, la fuerza del deseo. 

Imagen y palabra, humanismo y precisión sintomática, dioses de fusibles e inteligencia artificial exquisita. Esta no es una obra al uso, pero sí al disfrute. Palabra e imagen, cruce en la sociedad que genera ansia, interrogantes para quien no se cuestiona nada. 

Siete cuentos para el futuro

Nos asomamos a la ventanilla anónima de los recuerdos y experiencias personales, una película en blanco, el cerebro generando imágenes invisibles, los robots diseminados en la información acumulada de tantos inviernos pasados. 

Hay cinismo, poética, análisis, estética en lo que vemos, escuchamos, sentimos, no me digas, la escena podría estar llena de arrugas y se nos presenta limpia y lisa, repleta de sueños, deformación de la realidad que no es tal deformación, porque da la impresión de que no importa, pero sí importa, la verdad no es transparente, sale a flote en medio de las aguas desoladas que fluyen contracorriente, es la voz antigua de los dioses que no existieron.

Aquí los actores son presencias, de hecho, dan la espalda al público en sus intervenciones, interesa que sea el espectador el que sienta, nadadores contracorriente, uno se sumerge en sus recuerdos y experiencias. 

La palabra como sangre, dicen, escriben, en el programa. La palabra mantiene viva la escena, pero no es absolutamente necesaria. La palabra está ahí, aunque no se pronuncie, con su Lexikon, complementan a la imagen, o viceversa, no queremos palabras vacías, vacuas, huecas, o sí, quizá sea el antídoto a tanta palabrería política y deformada, la palabra debe cobrar vida, palpitar, herir y contradecir, provocar y calmar. La palabra también está en la imagen. Y, a veces, hay que elegir entre una y otra. La palabra de honor ya no se estila, ha perdido significado, a veces, demasiadas, vale más una mentira. 

Palabra sobre palabra escribió Ángel González. Y ahí entra el amor, la memoria, el paso del tiempo, la crítica social, y en el diccionario mental, el lexicón que nos ocupa, las reglas fijas que se convierten en símbolo y sentimiento. 


'Lexikon', de El Conde de Torrefiel (Tanya Beyeler y Pablo Gisbert), en el Teatro María Guerrero del Centro Dramático Nacional hasta el 24 de mayo

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