En 1958, cuando publicó Moderato cantabile, Marguerite Duras ya había escrito varias novelas, pero todavía no era ese nombre que dividía a los lectores franceses entre devotos y escépticos. Había nacido en 1914 en Gia Định, en la entonces Indochina francesa, en el seno de una familia de maestros. Su padre murió cuando ella era niña; la precariedad y el fracaso de una explotación agrícola comprada por su madre marcaron una infancia que más tarde reaparecería transformada en su literatura. Moriría en París el 3 de marzo de 1996, hace ahora treinta años. Entre ambas fechas dejó cincuenta y seis libros, diecinueve películas, una decena de guiones y una producción televisiva todavía poco explorada. Hoy es un nombre del panteón que suena ajeno a buena parte de las nuevas generaciones de lectores. Pero fue una figura central y a la vez incómoda de la cultura francesa durante la segunda mitad del siglo XX, que participó de los muchos desgarros de la sociedad francesa: la Ocupación, la descolonización, el 68, los cambios sociales... Con sus libros, películas y artículos, Duras no solo retrató su tiempo, sino que obligó a sus contemporáneos a pensarse de otra manera.
Su verdadero nombre era Marguerite Donnadieu. En 1932 se instaló en Francia para estudiar Derecho y Ciencias Políticas en París. Trabajó en el Ministerio de Colonias y comenzó a escribir durante la ocupación alemana. En 1943 publicó su primera novela, Les Impudents (La impudicia), ya con el seudónimo de Duras, tomado del pueblo de origen de su padre. Un año después apareció La Vie tranquille (La vida tranquila). Durante la guerra participó en la Resistencia junto a su marido, Robert Antelme, deportado a Dachau en 1944. La espera y el regreso de Antelme, casi moribundo, serían el núcleo de La Douleur (El dolor), publicada décadas más tarde.
En 1945 se afilió al Partido Comunista Francés. La relación fue breve y conflictiva. En 1950, en plena fase de ortodoxia y depuraciones internas, fue expulsada. La acusaron de “inconveniencias” y de ironizar sobre dirigentes del partido, y la desacreditaron en términos más expeditivos como “ninfómana, arrogante y de moral suelta”. La mezcla de reproche ideológico y descalificación moral definía el lugar incómodo y heterodoxo que ocupaba la escritora.
Verso suelto del 'noveau roman'
Ese mismo año publicó Un barrage contre le Pacifique (Un dique contra el Pacífico), novela inspirada en la experiencia colonial de su familia y primera denuncia explícita del sistema imperial francés en Indochina. A lo largo de los años 50 y 60 consolidó una obra que la situó en diálogo, aunque nunca del todo integrada, con el llamado Nouveau Roman, la corriente de narrativa experimental que dominó la literatura francesa durante un par de décadas. Moderato cantabile (1958), Le Ravissement de Lol V. Stein (El arrebato de Lol V. Stein, 1964) o Le Vice-Consul (El vicecónsul, 1966) confirmaron una escritura reconocible: frases cortas, repeticiones, silencios, una narración que avanza por elipsis y deja zonas en sombra.
Su compromiso político no se diluyó tras la expulsión del Partido Comunista. En 1957 participó en el Comité de Intelectuales contra la Guerra en Argelia y en 1960 firmó el Manifiesto de los 121 a favor del derecho a la insumisión. Durante Mayo del 68 formó parte del Comité de Acción de Estudiantes y Escritores. En 1971 firmó el Manifiesto de las 343, impulsado por Simone de Beauvoir y suscrito por actrices, escritoras y militantes feministas como Jeanne Moreau, Françoise Sagan, Catherine Deneuve, Marguerite Yourcenar o Agnès Varda, por el que mujeres francesas se declararon públicamente abortistas y con el que reclamaban el derecho al aborto libre y gratuito –hoy consagrado por la Constitución francesa–. Su itinerario ideológico reflejó las contradicciones de la izquierda francesa de la posguerra, pero siempre desde una posición personal y poco disciplinada.
Duras cineasta
El cine ocupó un lugar decisivo en su trayectoria. En 1959 escribió el guion de Hiroshima mon amour, dirigida por Alain Resnais, que la dio a conocer internacionalmente. Insatisfecha con algunas adaptaciones de sus novelas, comenzó a dirigir sus propias películas. Desde La Musica (1967) hasta India Song (1975), Le Camion (1977) o Les Enfants (1985), desarrolló un cine de bajo presupuesto, radical en su relación entre imagen y palabra. La voz en off –con frecuencia la suya– se convirtió en marca de estilo. Sus películas, como sus libros, desmontaban la narración clásica y desafiaban las convenciones del realismo.
En 1984 publicó El amante, relato de una relación adolescente en la Indochina colonial. El libro obtuvo el premio Goncourt y se convirtió en un éxito internacional. También fue polémico. Presentado como un texto de raíz autobiográfica, narraba la relación entre una joven francesa de quince años y un rico comerciante chino mayor que ella en el Saigón de los años 30. La novela exponía sin eufemismos el deseo femenino adolescente y lo situaba en el marco de una sociedad colonial atravesada por jerarquías raciales y económicas.
Para una autora de setenta años, cuya obra había sido hasta entonces admirada pero minoritaria, supuso un reconocimiento masivo. Ese éxito modificó su posición pública. A partir de entonces su escritura se volvió más abiertamente autobiográfica y reflexiva, como muestran La Vie matérielle (1987) o Écrire (1993).
Controversias públicas
La figura pública de Duras estuvo rodeada de polémicas. En julio de 1985, en pleno estallido mediático del caso Grégory –el asesinato de un niño de cuatro años hallado muerto en el río Vologne, en el este de Francia, que conmocionó al país y dividió a la opinión pública durante años–, publicó en Libération un artículo en el que señalaba a la madre, Christine Villemin, como responsable del crimen. El texto, célebre por la expresión “sublime, forcément sublime Christine V.” –“sublime, necesariamente sublime”–, desató una oleada de críticas por su tono y por anticipar una culpabilidad que la justicia no había probado. La madre sería finalmente exonerada. El episodio dejó al descubierto la forma en que Duras intervenía en la actualidad: con una mezcla de intuición literaria, exposición personal y riesgo, a veces sin medir las consecuencias.
En los últimos años vivió entre su apartamento de la rue Saint-Benoît, en el barrio parisino de Saint-Germain-des-Prés, y la ciudad vacacional de Trouville-sur-Mer, en Normandía. Su relación con Yann Andréa, mucho más joven que ella, marcó la etapa final de su vida y quedó reflejada en varios libros.
Cuando murió en 1996, Duras era ya un nombre inseparable de la segunda mitad del siglo XX francés. Escritora, dramaturga, guionista, directora de cine y figura mediática, atravesó la posguerra, el desmoronamiento colonial, el 68 y la mutación cultural de los años 80 sin abandonar una exigencia formal que la hizo inconfundible. Su obra sigue planteando la misma incomodidad que en sus comienzos: qué ocurre cuando la literatura deja de ser relato y se convierte en experiencia.
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