Tal era la opacidad de la niebla lacustre en la Venecia invernal el día de mi llegada que cuando me depositó el vaporetto en las radas de San Marco, realmente, no se podía ver San Marco. Anduve a continuación por la entraña de la densa nube en dirección hacia donde creía localizar uno de los grandes edificios de Europa, el Palazzo Ducale, el palacio de los dogos. Y el caso es que tuve que aproximarme bastante a su arquitectura, a un tiempo etérea y maciza, para comprobar que se hallaba donde debía estar. Lo mismo me ocurrió con el Campanile, del cual sólo se distinguía la base. Lo mismo diremos de la basílica de San Marco, de la plaza entera, etc. Así que, camino del hotel (mi hotel favorito), el Palazzo Gritti, tan sólo dejé a mi paso vespertino por aquella Venecia post-carnaval un puñado de fragmentos de postal. Venecia velada. Venecia incompleta. Los escasos turistas con los que me crucé tampoco eran turistas: eran más bien ánimas. Venecia alucinatoria.
Media hora después, en la terraza de mi habitación (Somerset Maugham Suite) en el Gritti, a causa del mencionado velo nebular que envolvía la ciudad anfibia, tampoco llegué a reconocer la iglesia de Santa Maria della Salute, al otro lado del Canal Grande, junto a la Dogana (tuve que esperar al segundo día de estancia en el hotel, sin duda el mejor de la Serenissima Republica o la Dominante, para distinguir el citado templo barroco, que tanto fascinara al pintor Singer Sargent). Cuando la niebla, a mi llegada, los vaporetti y acqua-taxis salían de la terca espesura izquierda-derecha o derecha-izquierda, ante mí, y volvían a desaparecer, como dianas móviles en un puestecillo de tiro al blanco en una feria de pueblo. Era todo, en efecto, una acuarela elegante, todo, digamos, argénteo, es decir, plata, y como sembrada de focos de luz artificial, bien procedente de entidades náuticas, bien de farolas o de las características ventanas ojivales.

Venecia y ya está
Elegí el momento, la semana, los días, con menos turistas en todo el año, fines de febrero, tras las Carnes Tolendas de Venecia, que tanto entusiasmaron a Lord Byron en 1817, y antes de las varias Bienales que también se celebran en primavera. Pues bien, es además el momentum nebulosum Venetiae, una Venecia más bien presentida, merced a las brumas de la Laguna. En el seno de la niebla, el visitante no alcanzará a percibir las mil y una prendas de la legendaria ciudad imperial del Adriático y habrá de conformarse con una suerte de esquema onírico. La niebla de la Serenissima es, en efecto, una suerte de redundancia, obviedad o reiteración: un agregado onírico sobre un territorio ya de por sí saturado de sueño (algo así como cuando visité esta ciudad justo tras la pandemia, con gentes enmascaradas).
Dijo Félix de Azúa en su fino librito sobre la Venecia del XVIII que es tan fácil escribir sobre Venecia que, en realidad, es imposible. Pues bien, esta Venecia caliginosa de mi febrero reduce las posibilidades descriptivas, se come la fotografía y los tonos salmones, ocres, beiges, terracotas; se come casi todo, en realidad: quiero decir que la bruma del invierno nos evita a los escritores las especiosas descripciones, elaboradas y trabajadas, pero al final tediosamente, inevitablemente, tópicas. La niebla de Venecia nos permite decir “Venecia” y ya está. Esta inclemencia visual del clima nos evita uno de esos fracasos que (¡encima!) toman tanto tiempo.
La dignidad cromática de la decadencia
Esta nubosidad de bajo vuelo, tan ambiental, tan emocionante, tan Estudios Warner años 40, nos libera de sacar la foto y nos exime a los escritores de viajes de recurrir al diccionario y a la paleta (los salmones, ocres, beiges, terracotas, las piedras) y a la guía (quizá también de hablar de Bizancio, de las Cruzadas, del glorioso siglo XV, de Lepanto y de Casanova) y nos conduce por un solipsismo inesperado. Veníamos a la Serenissima a dejar de pensar en nosotros mismos y a prodigar la paleta de colores y nos encontramos en este territorio mágico, aunque manco, rodeados de fantasmas vaporosos, recorriendo pasajes angostos a la busca del Gritti, el Palazzo sin igual, lugar donde nos hemos guarecido otras veces antes. Lo voy a repetir: es mi hotel favorito en el mundo y, objetivamente, el mejor de Venecia. El lector que lo visite no debe dejar de pensar en mí mientras lo haga. Inscribí mi nombre en el libro de visitas, asunto al que volveré más adelante.
No obstante, en estos momentos de la giornata nebbiosa de búsqueda del hotel de lujo en el dédalo de la ciudad de los canales, la niebla no nos impide hacer la constatación de que la misma decadencia de las paredes a nuestro paso contiene una dignidad estética epitómica. Los descascarillados salmones, demacrados ocres, carcomidos beiges y las desgastadas terracotas (¡han acabado saliendo!) presentan a veces cuadros abstractos, matéricos y elegantes. Dice Byron en una de sus obras venecianas (“Prefacio” de Marino Faliero, duque de Venecia, 1821): “Todo en Venecia es, o fue, extraordinario –su aspecto es como un sueño y su historia como un romance”. Agrego: “y las fachadas cualesquiera de sus callejuelas cualquiera nos saludan, también en la niebla, con un Tàpies sin Tàpies”.
Mañana, segunda entrega: la Venecia de Byron
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