Morante de la Puebla ha vuelto a encaramarse a la cumbre del toreo en una tarde que ha terminado por incendiar Sevilla cuando el sol comenzaba a caer. Lo vivido en la Maestranza ha sido una auténtica conmoción colectiva, una de esas explosiones que quedan grabadas en la memoria, alimentadas por una mezcla de genialidad, clasicismo y arrebato difícil de repetir.
Al filo de las 19:55, con la plaza ya encendida, irrumpió Morante de la Puebla y lo arrasó todo a su paso. Bastó verlo manejar el capote con una sola mano, recostado en las tablas, para intuir que algo extraordinario estaba en marcha. Cuando lo tomó con ambas, las verónicas, profundas y entregadas, desataron un auténtico terremoto en los tendidos.
Desde ese instante no dejó espacio para nadie más. Se adueñó de la escena con un concepto basado en la variedad y la recuperación de suertes clásicas. El quite por tijerillas marcó el rumbo de una faena sin freno ante “Colchonero”, de Álvaro Núñez, un toro con ritmo y clase que acompañó el vuelo de cada lance.
Entonces llegó uno de los momentos más inesperados y decisivos: Morante tomó las banderillas sin quitarse la montera. Ejecutó un primer par comprometido, otro de gran pureza y, después, pidió una silla. Sentado con calma, en un silencio cargado de tensión, dejó un par al quiebro que hizo estallar de nuevo a la plaza.
El ambiente alcanzó un punto irrespirable. Toro y público se vinieron arriba al mismo tiempo, empujando la escena hacia una intensidad difícil de describir. La faena de muleta comenzó también desde la silla, en evocación de Rafael El Gallo, pero no siguió caminos convencionales: fue una sucesión de hallazgos, de inspiración pura. Entre todos ellos, destacó un natural que colapsó la Maestranza y llevó la emoción al límite, junto a detalles como un natural invertido de 360 grados que desató la locura colectiva.
Con la espada en la mano se palpaban los máximos trofeos. Sin embargo, el acero no entró a la primera ni a las siguientes, y todo quedó por debajo de lo que la obra había provocado. De haber acertado, el triunfo habría sido histórico, incluso de rabo. Aun así, la plaza no se enfrió: el reconocimiento fue unánime y rotundo.
La euforia fue tal que, al término del festejo, cientos de jóvenes invadieron el ruedo en un intento de llevarlo hasta la Puerta del Príncipe, en medio de una desatada admiración por el torero de la Puebla. Aunque la autoridad no lo permitió, la imagen reflejó la dimensión de lo vivido.
Morante dio dos vueltas al ruedo entre una ovación cerrada, mientras la Maestranza seguía sacudida, como si necesitara tiempo para asimilar lo que acababa de presenciar.
En un segundo plano, aunque con mérito propio, quedó la firme actuación de Víctor Hernández, que cortó la única oreja de la tarde gracias a un concepto puro y templado, destacando especialmente en el tercero. También pasó más desapercibido Juan Ortega, que no terminó de encontrar opciones en su lote.
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