El 26 de abril, Róisín Murphy habló en la Cámara de los Lores, en el Palacio de Westminster, para denunciar el clima de miedo que, según ella, se ha instalado en el sector cultural. La cantante irlandesa –conocida en los 90 y primeros 2000 por ser la mitad del dúo Moloko, vuela en solitario desde hace veinte años como diva europea del pop electrónico– ha sido acusada en varias ocasiones de transfobia por sus opiniones sobre los bloqueadores de pubertad en niños y adolescentes trans. Lejos de arredrarse, ha seguido defendiendo sus posiciones, lo cual le ha enajenado el apoyo de parte de la comunidad LGTBI, de la cual procede una parte importante de su masa de fans. Este lunes, Murphy compareció en la Cámara Alta británica como la portavoz más conocida de Freedom in the Arts (FITA), una organización británica de base, independiente y sin filiación política que se ha propuesto combatir la cultura de la cancelación y ofrecer herramientas prácticas a artistas, escritores e intérpretes sometidos a presión pública o institucional por sus opiniones.
“Nunca quise convertirme en ningún tipo de activista”, confesó Murphy en Westminster. Durante tres décadas, recordó, ha preferido “el misterio, la privacidad, la ambigüedad” y la libertad de crear sin tener que convertirse en portavoz de ninguna causa. Pero, según la cantante afincada en Ibiza, el ambiente de los últimos años ha cambiado, y con ello los riesgos habituales de la vida artística. Lo que ha visto, afirma, es un “estrechamiento lento y sistemático” del espacio público que ha hecho que el arte ya no sea sinónimo de “exploración salvaje” sino de “cálculo minucioso”.
La maquinaria de la cancelación
Todo comenzó en agosto de 2023, cuando un comentario en su cuenta privada de Facebook sobre los bloqueadores de pubertad –“son una mierda, absolutamente desoladores… los niños confundidos son vulnerables y necesitan ser protegidos”– se filtró y provocó una reacción en cadena. La polémica se trasladó a las redes sociales, se llegó a especular con un veto en la programación de BBC Radio 6 –que la emisora musical negó– y la situó en el centro de un debate que hasta entonces había evitado.
En Westminster, Murphy describió con detalle la dinámica de cancelación que se puso en marcha a continuación. “Vi cómo la maquinaria se ponía en marcha rápidamente: presión para retractarme, amenazas de retirar la promoción” de Hit Parade, su nuevo álbum, publicado en septiembre de aquel año, filtraciones a la prensa, cancelaciones de conciertos, devoluciones de entradas, colegas que se apartaban... El mensaje era claro: “O te sometes o te juegas tu medio de vida”.
El coste no fue solo profesional. “Ser cancelado es duro. El mundo se vuelve muy oscuro muy rápidamente”, explicó en Westminster. “Todos y cada uno de los que alguna vez te iban a decepcionar lo hacen al mismo tiempo”. Las redes personales y laborales construidas durante años “se vienen abajo de la noche a la mañana”, dejando al descubierto “la hipocresía, la fragilidad y la deslealtad” de muchos de los que te rodean. “Es desconcertante y es un trago amargo”.
Una "minoría ruidosa"... y eficaz
Murphy subrayó el componente generacional y de género de los ataques. Que fuera “una mujer con los cincuenta ya cumplidos” hizo que se cuestionara no solo su trabajo o su moralidad, sino también su apariencia –Murphy es conocida por sus atrevidos estilismos– y su edad. Todo ello gracias, o por desgracia, de una “minoría ruidosa” en redes sociales. “Pequeños grupos con múltiples cuentas pueden desencadenar la cancelación de eventos y carreras enteras”, constata.
Ese clima no solo castiga a quien habla, sino que disuade a los demás. La consecuencia es una autocensura extendida: artistas que optan por no pronunciarse o por ajustar su trabajo para evitar conflictos. “El efecto paralizante persiste”, asegura Murphy. “Muchos otros no se defienden; se autocensuran o simplemente dejan de hacer las cosas”. La cantante luchó por su trabajo y recuperó el control de su carrera, pero reconoce que el efecto más duradero no fue tanto el golpe inicial como la autocensura posterior. “Cada nueva cancelación es un disparo de advertencia”.
El informe del miedo
Freedom in the Arts fue fundada en 2023 por la coreógrafa Rosie Kay y la gestora cultural Denise Fahmy. Su propósito declarado es proteger la libertad artística frente a lo que describen como una red de presiones informales, campañas de boicot, exclusión profesional y miedo reputacional. En su informe The New Boycott Crisis, publicado a comienzos de este año bajo el amparo de la facultad de Derecho de la Universidad de Reading, la organización sostiene que “algo ha ido mal en el mundo de las artes” en los últimos años. Y el resultado ya es palpable: la pregunta clave que condiciona hoy la programación cultural ya no es si una obra es buena, sino “qué pasará si programamos este contenido o este artista”.
El informe, elaborado a partir de encuestas, conversaciones y entrevistas con artistas, responsables de salas, agentes, gestores y promotores, describe un ecosistema en el que muchas decisiones no se toman por criterios artísticos, sino por temor a protestas, campañas en redes, conflictos internos o pérdida de financiación. FITA lo llama “la nueva crisis del boicot”: cancelaciones, silenciamiento, exclusión, aislamiento profesional, acoso, presiones sobre la financiación, declaraciones políticas forzadas y daños reputacionales que delimitan qué ideas, identidades o asociaciones son aceptables en el sector cultural.
“Dejé de existir”
La organización insiste en que muchas cancelaciones no adoptan la forma visible de una prohibición. Habla de “boicots silenciosos”: invitaciones que dejan de llegar, correos que no se contestan, proyectos que se paralizan sin explicación. “Nadie me acusó de nada. Simplemente dejaron de responder”, resume uno de los testimonios recogidos en el informe. Otro añade: “No hubo una carta de cancelación; las puertas, silenciosamente, comenzaron a cerrarse”.
Los casos personales que recoge FITA apuntan a varios frentes. El informe cita a artistas judíos que denuncian haber visto desaparecer oportunidades desde el 7 de octubre de 2023 no por declaraciones concretas, sino por su mera identidad. También recoge casos de creadores con posiciones críticas sobre cuestiones de género que aseguran haber sido tratados como un riesgo reputacional. “No hubo un rechazo explícito, pero dejé de existir”, explica una creadora. Otra resume así el coste íntimo de esa vigilancia colectiva: “Me di cuenta de cuánto de mí misma había estado recortando solo para sobrevivir”.
Ahí reside el problema central que también señalaba Murphy: no solo en la sanción evidente, sino en el cálculo que se instala en la conciencia de los creadores inocentes. “El mejor arte surge cuando los artistas se pueden abrir completamente y sin reservas, cuando nada está censurado”. Hoy, sin embargo, demasiados creadores trabajan con preguntas ajenas al proceso artístico: “¿Ofenderá esto a las personas equivocadas? ¿Perderé mi financiación? ¿Se volverán los medios en mi contra?”. Esa sospecha permanente, asegura, elimina el estado de fluidez necesario para el artista y convierte la creación en un ejercicio de prevención de riesgos.
Cómo defenderse de los ataques
FITA intenta responder a ese clima con serenidad y datos y sin sesgos políticos. Sus actos públicos, informes, y guías prácticas específicas para los diferentes sectores interesados –artistas, escritores e intérpretes, por un lado; agentes y mánagers por otro, y una tercera para festivales, editoriales y demás organizaciones culturales– brindan herramientas tangibles para afrontar campañas de boicot o de presión política. El toolkit de la organización no es ni mucho menos un tratado ideológico, sino un manual de supervivencia profesional.
Su primera recomendación es bajar la velocidad: no responder de inmediato, no publicar en caliente y no dejar que la urgencia de las redes dicte la estrategia. “El tiempo reduce el riesgo”, resume la guía especifica para artistas.
El protocolo aconseja documentar mensajes, correos, publicaciones y fechas de quienes atacan; pedir por escrito cualquier exigencia profesional que se les plantee; consultar pronto con un agente, sindicato, abogado o hablarlo con personas de confianza; y evitar múltiples declaraciones, porque cada aclaración puede abrir un nuevo frente. También insiste en un principio básico: un artista no está obligado a firmar manifiestos ni a adoptar posiciones políticas como condición para trabajar.
"Callar no es fracasar"
La guía incluye modelos de respuesta. Para rechazar una petición de boicot propone un tono firme y no inflamable: “Respeto su derecho a tomar posición, pero no creo que boicotear el trabajo cultural o artístico sea el enfoque adecuado”. Para una campaña pública, sugiere defender que el arte debe ser “un espacio de diálogo abierto e intercambio, no de exclusión”. Para una cancelación institucional, recomienda pedir aclaraciones por escrito sobre “qué política o asesoramiento legal” justifica la retirada.
El manual también advierte contra la soledad. En una campaña de presión, dice FITA, el creador debe reducir la exposición directa, si es necesario pedir a otra persona que monitorice las redes y separar la protección personal de la retirada artística. “Callar no es fracasar”, recuerda la guía: mantenerse temporalmente en silencio no equivale a rendirse, sino a ganar margen para tomar decisiones.
Protocolos garantistas
Rosie Kay, cofundadora de FITA, sitúa su labor como parte de una batalla más amplia por la autonomía del creador. “Los nuevos tabúes vienen sin previo aviso; no hay líneas rojas, solo arenas movedizas”, declaró en mayo de 2025, durante la presentación del informe Afraid to Speak Freely. Según los datos de ese estudio, el 84% de los encuestados dijo no sentirse libre para expresar sus opiniones y el 80% afirmó haber sufrido intimidación o acoso. En el mismo acto, la socióloga Joe Phoenix habló de “una cultura abrumadoramente opresiva en el sector de las artes”.
La organización sostiene que la solución no pasa solo por la valentía individual. Su informe defiende que las instituciones culturales necesitan protocolos claros, asesoramiento legal, consejos de administración capaces de resistir crisis reputacionales y redes de apoyo entre entidades. Si cada artista o sala responde en soledad, la presión funciona; si existe un procedimiento compartido, la cancelación pierde parte de su fuerza.
“El alma creativa de este país y de Europa siempre ha prosperado en la incomodidad, en la libertad de equivocarse, de ofender, de cambiar de rumbo y de sorprendernos a nosotros mismos”, afirmó Murphy el lunes en Westminster. Sin esa libertad, añadió, no se obtiene un arte mejor: “si ahogamos a los artistas asfixiamos nuestra cultura”.
Te puede interesar