El estreno de La bola negra, la nueva película de los Javis, ha traído a la actualidad el nombre de Edmond de Bries, uno de los personajes históricos que se mencionan en el filme como amigo de la cupletista Nené Romero, interpretado por Penélope Cruz. Pero detrás de ese nombre artístico hay un personaje real: Asensio Marsal Martínez, fue uno de los transformistas más populares de la España del siglo XX. Actor y cantante de cuplé, llegó a actuar ante los reyes y alcanzó una gran fama en los escenarios durante los años veinte.

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Un modista que comenzó imitando a otras estrellas

La relación de Edmond de Bries con el mundo del espectáculo no empezó únicamente sobre los escenarios. Antes y durante su etapa de mayor popularidad trabajó como modista, una profesión por la que también era conocido por su apellido, Marsal.

Sus primeros pasos como artista se remontan a 1912, cuando comenzó a actuar con el grupo Los Chicos de la Escuela. En aquella primera etapa utilizó el nombre de Salmar, construido a partir de su propio apellido escrito al revés, y se presentó como imitador. Más adelante adoptaría definitivamente el nombre artístico de Edmond de Bries y desarrollaría espectáculos en solitario, aunque en algunas ocasiones acompañado por su hermana Magda de Bries, que participaba como bailarina.

De Bries también contó con formación musical del maestro Calleja, algo que contribuyó a diferenciar su trayectoria de la de otros transformistas de la época. Entre los artistas a los que imitaba estaban figuras tan populares como La Fornarina, La Goya, Pastora Imperio, La Chelito o Paquita da Vinci, reproduciendo sus canciones y sus formas de interpretar sobre el escenario.

El transformista que impresionó a los reyes de España

Durante la década de los años veinte, Edmond alcanzó la cúspide de su carrera llenando los principales teatros de Madrid y Barcelona. Su propuesta escénica se convirtió en un fenómeno de masas gracias a la espectacularidad de sus vestidos, muchos de los cuales eran confeccionados por él mismo. Esta dualidad artística le permitía deslumbrar a un público ansioso de novedades, elevando el nivel visual de sus producciones muy por encima del de otros artistas de variedades de la época.

La prensa de aquellos años elogiaba constantemente su elegancia y el gran respeto con el que abordaba a las figuras femeninas que imitaba. Lejos de la parodia grotesca o la caricatura fácil que a menudo se asociaba al transformismo, Asensio Marsal buscaba siempre un homenaje delicado, estudiando al detalle los gestos de las cupletistas. Este minucioso trabajo dotó a su espectáculo de una dignidad escénica que le abrió las puertas de los salones más prestigiosos y exclusivos del país.

La confirmación definitiva de su prestigio llegó cuando en 1919 actuó delante de la familia real española, un hito inusual para un artista de su disciplina. La presencia de los monarcas Alfonso XIII y Victoria Eugenia en sus espectáculos validó una forma de arte que, hasta ese momento, había transitado a menudo por los márgenes de la cultura popular. Este respaldo institucional y aristocrático consolidó definitivamente su posición como una estrella indiscutible del panorama teatral nacional.

Una estrella internacional

El éxito del transformista pronto se quedó pequeño en España, impulsándolo a cruzar fronteras para llevar su espectáculo a nuevos escenarios. En 1924, emprendió una gira por América que se prolongó durante dos años. En los teatros del otro lado del Atlántico su cuidada puesta en escena y su minuciosa técnica de transformismo cautivaron por completo a un público nuevo.

A su regreso a España en 1928, se encontró con un panorama escénico que empezaba a transformarse: la llegada del cine sonoro, el auge de la revista musical y el inicio de la decadencia del cuplé comenzaron a restarle protagonismo a una estrella que empezó a disminuir sus actuaciones.

Aquel deslumbrante brillo internacional se fue apagando poco a poco en los teatros hasta desaparecer completamente con la llegada de la Guerra Civil. Tal y como relata Álvaro Retana, periodista y amigo de Edmond, en su libro Historia del Arte Frívolo: "Falleció en Barcelona, olvidado y en lamentable situación económica, promediando este siglo, soñando con reaparecer victorioso"