Reflejo de la problemática relación de España con su pasado reciente, el cine español ha hecho muy pocas buenas películas sobre la Guerra Civil. La mayoría han sido películas maniqueas, con rojos muy buenos y muy valientes y azules muy fachas y muy malos, burdas proyecciones de los dos bandos de entonces en las derechas y las izquierdas actuales, parábolas irritantes sobre el bien y el mal y el alma de España o tentativas de ecuanimidad que derivan en equidistancia y terminan en fracaso. La Guerra Civil es la gran tragedia española, y además sucedió anteayer, como quien dice. Por eso el escritor, el dramaturgo, el cineasta español se siente irremediablemente atraído hacia ella. Pero es un poco la atracción del abismo, y la mayoría acaba despeñándose.
Han tenido que ser dos homosexuales, dos maricones, como ellos mismos dirían orgullosamente, quienes entraran en territorio comanche para deshacer ese nudo. Son Javier Ambrossi y Javier Calvo, talentosos niños mimados del audiovisual español que, excesos –y envidias– aparte, se han sacudido las flaquezas de sus series –como la tendencia al ternurismo que estropeaba su extraordinario talento para la comedia en Paquita Salas– y han alcanzado de golpe una sorprendente madurez, gestionando además sobre la marcha su ruptura sentimental, con La bola negra. O quizá los dos maricones que deshacen el nudo son Rafael y Sebastián, sus dos personajes sobresalientes, protagonistas de una insólita historia de amor, o de simpatía o de reconocimiento mutuo con una trinchera accidental de por medio, que logra explicar lo que fue aquella guerra tan cruel que seguimos expiando, lo que era ser homosexual hace 90 años y lo que sigue siendo para millones de personas en todo el mundo mejor que toda la cultura doctrinal en circulación.
A estas alturas casi todo el mundo debe de saber de qué va La bola negra; para algo ha venido precedida de una monumental promoción internacional, que arrancó en mayo con su paso por el Festival de Cannes y el premio a la Mejor dirección para Los Javis, compartido con el polaco Paweł Pawlikowski por Fatherland. Lo recordamos brevemente, por si acaso: son tres historias unidas por la figura de Federico García Lorca, como sucedía con Virginia Woolf en Las Horas, la premiada película de Stephen Daldry basada en la novela de Michael Cunningham. Está la historia de Carlos (Milo Quifes), un joven de buena familia de Granada al que deniegan el ingreso en el casino de la ciudad por ser homosexual; es La bola negra original, la obra que Lorca dejó apenas esbozada antes de ser asesinado en agosto del 36. Está la historia de Rafael Rodríguez Rapún (magnético y preciso Miguel Bernardeau), último amor del poeta, ex futbolista, actor y secretario de La Barraca y teniente republicano capturado por los sublevados, que encuentra en el hospital de campaña de Santander donde convalece a un insospechado amigo y confidente en Sebastián (debutando, Álvaro Lafuente, aka Guitarricadelafuente), el soldado nacional que le custodia; es La piedra oscura (2015), la obra que imaginó el dramaturgo Alberto Conejero a partir de la vida de Rapún y piedra de toque de esta película. Y está, por último, la historia actual de Alberto (Carlos González), joven historiador y dramaturgo frustrado que recibe en herencia de un abuelo al que nunca conoció un sobre que conecta su vida con las vidas y las historias de Carlos, Rafael y Sebastián.
Ficcion y realidad
"Supongo que la realidad me da menos miedo que la ficción", reconoce en una escena el personaje de Alberto para explicar por qué dejó la literatura dramática y se dedicó a la investigación histórica. Los que como él tienen miedo de la ficción, o desaprueban que la ficción saquee la realidad, o creen que todas las películas basadas en hechos reales son películas históricas se pondrán muy nerviosos viendo La bola negra. Aquí todo se mezcla –lo que sucedió realmente, lo que escribió Lorca, lo que ha escrito Conejero, lo que escriben los Javis, lo que imaginan los Javis que quiso escribir Lorca– por un bien mayor.
Y todo se estiliza. Que no les disuada el comienzo de la película, aunque parezca un spot escrito por David Uclés: en el pueblo donde arranca la acción hay una anciana ciega, un niño con un gatito y un precioso burro al fondo. Sus habitantes se preparan para agasajar, en plan Bienvenido Mister Marshall, a los voluntarios fascistas italianos por haberles liberado del yugo rojo, pero en lugar de eso son ametrallados por la aviación de Mussolini. De allí escapa el joven Sebastián, trompeta de la banda municipal, gritando desesperado arriba España a la patrulla que le recoge en un camino y le capta sin remedio para las filas nacionales. Poco después, vemos a Carlos en Granada abriéndose paso entre señoras que vuelven de misa y una fantasía homoerótica de marineros de permiso y descamisados –¿qué hacen en Granada, conocido puerto de mar a 700 metros de altitud?– para llegar al casino donde le espera un tribunal inquisitorial para echarle la bola negra. La peripecia de Carlos será la que más se preste a la fantasía, pero veremos muchos caprichos en las tres historias a lo largo de las dos horas y cuarenta minutos de película.
Todo está diseñado sin complejos y con ambición internacional. Los Javis han hecho carrera y fortuna manejando los códigos de las plataformas y el idioma de la industria, y aquí los utilizan con astucia, pero también con pasión genuina por el cine, para armar una película nacida para conquistar Hollywood. En esas coordenadas funcionan la pulida puesta en escena o las quirúrgicas apariciones de la hispanista Glenn Close y la cupletista Penélope Cruz –en un homenaje explícito a La niña de tus ojos–. También el atractivo de la pareja Bernardeau-Lafuente, excelentes en sus interpretaciones. Su historia es lo mejor de La bola negra y contiene un mensaje implícito de reconciliación, no entre dos bandos sino de un país consigo mismo, que probablemente moleste a cierta izquierda.
La trinchera accidental
Su espíritu recuerda en cierto modo a La vaquilla de Luis García Berlanga. En aquella comedia amarga de hace 40 años, los soldados nacionales y republicanos compartían tabaco y acababan bañándose desnudos en la misma charca bajo el sofocante calor del frente de Aragón, dejando en evidencia que para la mayoría de ellos su trinchera también era accidental. Desde otros presupuestos, con otro tono, y con otros desnudos, los Javis toman el testigo de la sabiduría berlanguiana y conjuran la tentación del maniqueísmo. No necesitan que sus personajes pronuncien la palabra fascista para que el espectador reconozca el bien y el mal.
También se reconoce en La bola negra el ascendiente de su maestro Pedro Almodóvar, que además participa en la película a través de su productora, El Deseo. Está en la manera de planificar, en ciertos diálogos y frases –"el travestismo es la fantasía de la posibilidad. Y la guerra todo lo contrario"; "el corazón de un maricón es un océano lleno de secretos"–. También en el post-it con su nombre que alguien se pega en la frente en la escena del after. Pero de alguna manera, Calvo y Ambrossi culminan con La bola negra la emancipación y el relevo de Almodóvar que iniciaron con el documental que le dedicaron en Movistar Plus, y que tuvo su momento simbólico cuando se impusieron en el palmarés de Cannes.
Si en Madres paralelas Almodóvar se ocupaba de la Guerra Civil reabriendo las fosas, Calvo y Ambrossi se olvidan de la de Lorca para construirle un sutil e impecable monumento de memoria y desagravio que no precisa de palas ni de huesos.
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