Fueron las primeras deportistas profesionales de España. Salieron de casa sin haber cumplido los dieciocho y consiguieron mantener a sus familias gracias a una raqueta. Su historia comienza en 1916 y acaba cuando un ministro de Franco decide que aquel deporte las deja estériles. Fueron muchas, se hablan de miles, la que dejaron su hogar para irse a jugar a Madrid, a Barcelona, incluso a Cuba. Fueron y nos olvidamos de ellas durante tantos años que cuando la periodista Elene Lizarralde comenzó a llamar a sus puertas, hace diez años, para saber más sobre ellas, se mostraron desconfiadas por la atención.

“Conocí la historia gracias a mi madre. En una de las llamadas que le hacía para saber con quien iba a quedar por las tardes, me dijo: “Con las raquetistas”. Nunca había oído hablar de ellas y empecé a interesarme. Una amiga de mi madre me puso en contacto con una y de ahí fui conociendo a las demás”, recuerda. Se reunió con ellas, las entrevistó, le contaron su historia.

La de unas mujeres que tenían que conseguir dinero para ayudar a sus familias y que acabaron manteniéndolas. La de unas mujeres que tenían que lidiar con estar mal vistas por la sociedad, con maridos heridos porque ellas ganaban más, con padres que decían que sus hijas estaban sirviendo porque les daba vergüenza la realidad. “No eran consideradas deportistas, y para llegar a jugar muchas veces falsificaban licencias y dejaban sus tierras y familias, con el fin de conseguir un contrato que las sacara de la pobreza”, explica la autora.

No eran consideradas deportistas, y para llegar a jugar muchas veces falsificaban licencias”

Lizarralde no sabía que iba a hacer con todos aquellos testimonios. Primero pensó en un guión, pero al poco tiempo se decantó por la novela, por ficcionar la historia de las raquetistas, por personificarlas a todas en una y así nació El silencio de Clara Lydon (Ediciones B), que narra la vida de una joven vasca a quien ficharon en plena posguerra para jugar como raquetista profesional en los frontones y que refleja las historias de Carmen ‘Carmenchu’ Sánchez, Josefina ‘Bene II’ González, Rosa ‘Rosita’ Arregui, María Luisa Senar o María Elena Hernández.

La de Lydon sería el reflejo de una segunda generación, las primeras raquetistas datan de 1916. Durante la Guerra Civil muchos de los frontones habían sido transformados en cárceles, el Beti Jai de Madrid, por ejemplo. Pero el fenómeno de las pelotaris devolvió a estos lugares su función original y en aquellas gradas aparecían desde Juan Carlos I, cuando era príncipe, Carmen Flores, o la madre de Luis Miguel Dominguín.

“Ganaban muchísimo dinero -hasta 15.000 pesetas de la época en un mes- porque la afición era muy grande. Además, la gente apostaba y ellas sentían una gran responsabilidad, no querían defraudar. Muchas veces las insultaban por no hacerlo bien”, explica Lizarralde en esta novela que asegura contiene dolor, enfermedad, autoexigencia y muerte.

Independientes y pioneras

“Muchas de ellas eran de origen humilde y conocieron una realidad inalcanzable por cualquier mujer de la poca: ser alguien independiente, con ingresos, viajando y compartiendo piso con otras compañeras deportistas. Si por feminismo se entiende a un grupo de personas independientes, luchadoras, valientes, que intentan tener su sitio en la vida al margen del que les quieran dar, sí es un libro feminista, porque ninguno de los obstáculos de la época les impidió llegar a donde llegaron”, añade en una entrevista concedida a Europa Press.

Lo consiguieron todo y se lo quitaron. El régimen franquista no vio con buenos ojos a unas mujeres jugando a la raqueta. Aseguró que aquel deporte las dejaba estériles, lo hizo con decenas de niños de madres raquetistas en las gradas, y cerró las licencias. Ellas fueron de las últimas y ahora son las primeras en contar su historia, la de miles de chicas que vivieron su vida en primera persona.