Fue el rostro y el cuerpo de Ofelia. Fue la mujer que se entrevé en el agua, rodeada de flores, como inconsciente. Fue el pelo rojizo, la tez blanca, los ojos verdes apagados. Elisabeth Siddall (1829-1862) fue la musa de la Hermandad Prerrafaelita, la mujer que dio forma a los sueños de todos ellos, también la pintora, la poeta. La esposa de Rossetti.

Ahora se publican por primera vez en castellano sus poemas, traducidos y prologados por Eva Gallud y editados por Ya lo dijo Casimiro Parker, nos muestran su otra faceta, el pensamiento de una mujer a la que adoraron por su imagen.

Su nombre relacionado eternamente con el cuadro de Millais. Siempre con aquella expresión entre el éxtasis y la muerte. Pero ella fue más que aquella chica que se metió en una bañera congelada durante el invierno de 1852. La que aguantó horas y horas en el agua posando. Aunque quizás su vida siempre estuvo marcada por aquel cuadro.

A Siddall la encontró Walter Deverell en 1849. Era la costurera de una tienda de sombreros, la sombrerería de la señora Tozer, en Cranbourne Alley, en Londres. Alta, delgada, el cuello inmenso, el pintor vio en ella la musa perfecta. Durante algunos años, pasó de estudio en estudio, de artista en artista. Todos querían inspirarse en Lizzie, como se hacía llamar, la consideraban la reencarnación de la Simonetta Vespucci de Botticelli.

Éste la introdujo en el mundo de la pintura, no ya como modelo, sino como pintora»

Fue Gabriel Rossetti quien más la demandó. Estaba obsesionado con ella y quería que solo posase para él. Y lo acabo consiguiendo. «Éste la introdujo en el mundo de la pintura, no ya como modelo, sino como pintora. Los principales temas de Siddall seguían la línea de los prerrafaelitas, con temas medievales y tomados de leyendas artúricas», asegura Gallud en el prólogo de su poesía completa.

Y añade, que en una época en la que la mujer no tenía cabida en los círculos artísticos, más allá de entrar como musa, «su trabajo fue valorado positivamente por el influyente crítico John Ruskin, quien la alentó para seguir pintando e incluso se ofreció como mecenas».

Llegó a vender un cuadro, algo que en la época victoriana supuso todo un logro para una mujer. Parecía renacer, ser otra persona. Dejar atrás su trabajo como objeto de admiración y comenzar a ser sujeto. Pero aquellas sesiones interminables para Millais, aquella agua helada que las velas que colocó el pintor debajo de la bañera no consiguieron templar, la habían dejado enferma de por vida.

En ocasiones se insiste en el cariz biográfico de estos pero son más bien el reflejo de los gustos y estilos de la época»

Débil, cuentan que a veces le costaba hasta levantarse de la cama. Pasaba épocas mejores y épocas terribles y fue en una de las segundas, en 1855, cuando el cuerpo no le permitía dibujar, cuando se puso a escribir. Poemas oscuros, con la pérdida del amor, con la muerte, como protagonistas. «En ocasiones se insiste en el cariz biográfico de estos pero son más bien el reflejo de los gustos y estilos de la época», aclara Gallud.

Lo que sí es cierto es que su vida no fue del todo fácil. Engancha a Rossetti, el pintor le fue infiel de manera casi constante. Además, le pedía matrimonio y lo cancelaba, lo hizo varias veces mientras Siddall esperaba paciente. En 1860 por fin pasaron por el altar, el mismo año que ella se quedó embarazada y el pintor la pintó en Regina Cordium.

También el mismo año que aquella niña que esperaban nació muerta y hundió a Lizzie en una depresión fortísima. Entre el dolor físico y el quiebro del alma, empezó a tomar láudano desaforadamente. Dicen que ya era común en ella, pero que aquello la enganchó aún más.

Suicidio o sobredosis accidental

Así pasó varios años, fingiendo que lo usaba para el insomnio hasta que en 1962 su corazón se paró. Fue después de una cena con su marido y unos amigos. Rossetti se encontró a su mujer inconsciente y aunque llamó al médico, aunque intentó reanimarla, el 11 de febrero, la musa de todos, la poeta, la pintora, dejó de respirar. «Algunos apuestan por el suicidio», asegura Gallaud, quizás por la falta de atención de su marido, por su hija muerta, por su falta de fuerzas, «otros por una sobredosis accidental».

Fuera como fuese, a Rossetti le pesó demasiado la culpa. Organizó un funeral discreto, con sólo sus amigos más cercanos, y antes de cerrar el ataúd metió los poemas que había escrito Siddall. Además siguió pintándola, terminando el cuadro Beata Beatrix en 1863, un año después de perder a su musa, a su modelo, a su mujer.

En 1869 sintió la necesidad de recuperarla y no vio mejor manera de hacerlo que a través de sus poemas, esos que había enterrado con ella. Habían pasado siete años desde su muerte pero se empeñó tanto que consiguió que le autorizasen la exhumación. «La noche del 5 de octubre, en presencia de su abogado, ya que Rossetti no quiso estar presente», sacaron varios folios del ataúd de Siddall, que se encontraba en el el cementerio Highgate.

Los mismos poemas que ahora nos llegan en castellano.