Es preciso en todo. En las palabras, en los detalles y en el análisis. De niño soñó con ser pintor, escritor y músico. Ahora, lo es todo a la vez. Su imagen es la de un hombre joven de 52 años. Reflexivo y curioso, inquieto y dispuesto a explorar. Rodrigo Cortes podría ser un hombre de la ilustración capaz de desenvolverse con soltura, disfrutar y abrir terreno en las distintas disciplinas del arte. No se cierra a la evolución tecnológica, pero reivindica el valor de las cosas que se quedan atrás y aún tiene gran valor. El cine de sala, el de pantalla grande, acompañado y a oscuras es una de las que más reivindica. Lo práctica tres o cuatro veces por semana. “Hoy están más vacíos que hace diez años, pero se están mostrando difíciles de matar”, asegura como quien se felicita de la resistencia de alguien a quien ama, “si mueren, desaparecerá la mejor manera posible de ver una película”.

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Lleva la mitad de su vida pensando cómo contar bien buenas historias. La última es ‘Escape’, estrenada el año pasado. Antes firmó ‘El amor en su lugar’, ‘Black Wood’, ‘Enterrado’, ‘Luces rojas’ o ‘Gran piano’, entre otras. Este salmantino de adopción ha trabajado con algunos de los pesos pesado del Hollywood. Robert de Niro, Sigourney Weaver, Uma Thurman o Ryan Reynolds. El cine lo ha completado con la escritura, -seis libros-, siempre explorando caminos singulares. La colección de antiaforismos y delirios en ‘A las 3 son las 2’; las breverías en ‘Dormir es de patos’ o ‘Verbolario’, un diccionario satírico, además de novelas y una antología de cuentos. Y si fuera poco, en su currículum se incluyen dos podcast: ‘Aquí hay dragones’ y ‘Todopoderosos’.

Cortés no tiene claro si los avances tecnológicos, si las redes sociales, nos están perjudicando, si están debilitando o adormilando la capacidad del ser humano. “Es difícil saber si es antes el huevo o la gallina, si nos estamos haciendo tontos por las redes o si las redes han tomado el poder porque nos estamos haciendo tontos”, asegura. Defiende que es importante creer en lo que uno hace y confiar en que siempre habrá alguien al otro lado que lo aprecie: “Cuando uno se ve obligado a hacer cosas que entienda el más tondo de la clase, está haciendo cosas para tontos y ese no debería ser el objetivo de nadie”.

Los libros son una de sus muchas pasiones. Que hoy se publiquen y vendan más que nunca “es un boom positivo” pero recuerda que “boom es lo que hacen las burbujas cuando estallan”: “Desde la pandemia no sé si rompimos a leer o a comprar. A veces uno siente que se publica más que se escribe y se escribe más que se lee. Pero no es mala noticia. Menos aún en un mundo tan fungible en el que prima lo digital y lo físico desaparece, los discos, las salas de cine… No parece que eso esté pasando con los libros. Por algún motivo, el lector sigue prefiriendo el papel, tocarlos con los dedos”.

Su último ‘viaje’ ha sido a la época medieval, a los tiempos en los que los libros se tallaban. Una vuelta al origen de la impresión que ha dado como resultado lo que define como una “fábula gráfica”. No lo ha hecho sólo. En la ruta le ha acompañado su amigo de juventud, el reconocido ilustrador y grabador Tomas Hijo para alumbrar ‘La piedra blanda’ (Random House) que estos días le lleva de nuevo de promoción.

Como casi todo en Cortés, la obra es una exploración muy particular, una suerte de libro escrito en el taller, entre planchas de linóleo inglés, calcos, tinta y a golpe de gubia, la herramienta de los talladores: “Grabar es herir, ilustrar hacia dentro, ahuecar del trazo lo que no es trazo para que sólo el trazo quede”, describe Rodrigo en el prólogo.

Tomás Hijo recuerda cómo comenzó todo en un bar de Madrid, mientras Rodrigo le explicaba su última locura al mismo tiempo que “se zampaba una tostada enorme”. La propuesta era diferente y emocionante, una locura difícil de explicar y compleja de ejecutar. No era un cómic, pese a estar basada en una suerte de sucesión de viñetas individuales, dos a lo sumo, por página. Tampoco una novela ni un libro de arte. Tendría un poco de todos ellos. Lo que sí pudo imaginar, aunque no hasta qué extremo, era que la meticulosidad y la precisión que exige trabajar con Rodrigo en un libro basado en planchas talladas en las que no cabe el error ni la corrección: “Juro que ha llegado a cuestionar la longitud de una tilde”.

En la ‘Piedra blanda’ la primera sorpresa llega por el tacto, por la sensación de tener entre las manos un libro diferente. El relieve de su portada es la plancha más valiosa que Tomás guarda en su casa. En ella un jilguero, un bosque y el relieve. Abrir sus páginas es como subirse a un tren de viaje extraño e incierto por la vida del protagonista. En fondo y forma. La historia de Pedro de Poco, el protagonista, es particular, el modo de contarla también.

Primera ilustración. Parte superior izquierda. “Me llamo Pedro de Poco. A veces tengo hambre”. Segunda ilustración. Parte superior centrada. “Cuando tengo hambre, mato un jilguero. Tercera ilustración (y tercera página). Parte superior derecha. “Y me lo como”. Media cara de Pedro de Poco y una pluma saliendo de su boca. Y así, hasta desarrollar la historia de un hombre aparentemente inexpresivo, “que nació dos veces”: “La historia habla de un mundo implacable, lleno de humor, de crueldad, de belleza, de poesía y en el que las cosas van y vienen”.

Pero la vida de Pedro de Poco es muy particular. Un hombre que nace junta a su hermano gemelo muerto y “al que su madre mata para equilibrar las cosas”. Al “nacer a la segunda” aguanta mejor el frío, se queja menos, no muestra expresiones, que no quiere decir que no las sienta. No ríe, no llora. Un personaje que evoluciona. Es monje, es pastor, levita, es rescatado por sirenas…”. Cortés asegura que Pedro de Poco es “la piedra blanda”, dura e inabordable “pero que palpita”.

La suya es una obra en la que textos, bocetos y planchas han acumulado horas de discusiones en forma de precisión y detalle antes de que la prensa de 1.000 kilos alumbrara el grabado definitivo: “Es Tomás quien interpreta las frases que se pueden ilustrar de mil maneras. Lo hemos discutido todo. Al ser tallado, cada palabra debía ganarse su sitio en la plancha”: “Hemos hechos modificaciones una y otra vez, hemos discutido el lugar que las imágenes deben ocupar, su tamaño y ubicación. A veces hemos discutido reducciones del 2% y terminábamos con ‘un pelín’ como unidad de medida”.

En Pedro de Poco no se reconoce. No acostumbra a trasladar su modo de ser o pensar a los personajes, “nunca he intentado que un personaje sea una especie de marioneta que encarne mis opiniones del mundo”. Más aún, Cortés suele incorporar a sus personajes características u opiniones opuestas a las suyas, “me resulta más interesante explorarlas y defenderlas deportivamente. Es cierto que luego, aunque sea por omisión, acabas delatándote”.    

Es preciso en todo. En las palabras, en los detalles y en el análisis. De niño soñó con ser pintor, escritor y músico. Ahora, lo es todo a la vez. Su imagen es la de un hombre joven de 52 años. Reflexivo y curioso, inquieto y dispuesto a explorar. Rodrigo Cortes podría ser un hombre de la ilustración capaz de desenvolverse con soltura, disfrutar y abrir terreno en las distintas disciplinas del arte. No se cierra a la evolución tecnológica, pero reivindica el valor de las cosas que se quedan atrás y aún tiene gran valor. El cine de sala, el de pantalla grande, acompañado y a oscuras es una de las que más reivindica. Lo práctica tres o cuatro veces por semana. “Hoy están más vacíos que hace diez años, pero se están mostrando difíciles de matar”, asegura como quien se felicita de la resistencia de alguien a quien ama, “si mueren, desaparecerá la mejor manera posible de ver una película”.

Lleva la mitad de su vida pensando cómo contar bien buenas historias. La última es ‘Escape’, estrenada el año pasado. Antes firmó ‘El amor en su lugar’, ‘Black Wood’, ‘Enterrado’, ‘Luces rojas’ o ‘Gran piano’, entre otras. Este salmantino de adopción ha trabajado con algunos de los pesos pesado del Hollywood. Robert de Niro, Sigourney Weaver, Uma Thurman o Ryan Reynolds. El cine lo ha completado con la escritura, -seis libros-, siempre explorando caminos singulares. La colección de antiaforismos y delirios en ‘A las 3 son las 2’; las breverías en ‘Dormir es de patos’ o ‘Verbolario’, un diccionario satírico, además de novelas y una antología de cuentos. Y si fuera poco, en su currículum se incluyen dos podcast: ‘Aquí hay dragones’ y ‘Todopoderosos’.

Cortés no tiene claro si los avances tecnológicos, si las redes sociales, nos están perjudicando, si están debilitando o adormilando la capacidad del ser humano. “Es difícil saber si es antes el huevo o la gallina, si nos estamos haciendo tontos por las redes o si las redes han tomado el poder porque nos estamos haciendo tontos”, asegura. Defiende que es importante creer en lo que uno hace y confiar en que siempre habrá alguien al otro lado que lo aprecie: “Cuando uno se ve obligado a hacer cosas que entienda el más tondo de la clase, está haciendo cosas para tontos y ese no debería ser el objetivo de nadie”.

Los libros son una de sus muchas pasiones. Que hoy se publiquen y vendan más que nunca “es un boom positivo” pero recuerda que “boom es lo que hacen las burbujas cuando estallan”: “Desde la pandemia no sé si rompimos a leer o a comprar. A veces uno siente que se publica más que se escribe y se escribe más que se lee. Pero no es mala noticia. Menos aún en un mundo tan fungible en el que prima lo digital y lo físico desaparece, los discos, las salas de cine… No parece que eso esté pasando con los libros. Por algún motivo, el lector sigue prefiriendo el papel, tocarlos con los dedos”.

Una de las planchas talladas por Tomás Hijo para 'La piedra blanda'.

Su último ‘viaje’ ha sido a la época medieval, a los tiempos en los que los libros se tallaban. Una vuelta al origen de la impresión que ha dado como resultado lo que define como una “fábula gráfica”. No lo ha hecho sólo. En la ruta le ha acompañado su amigo de juventud, el reconocido ilustrador y grabador Tomas Hijo para alumbrar ‘La piedra blanda’ (Random House) que estos días le lleva de nuevo de promoción.

Un libro tallado

Como casi todo en Cortés, la obra es una exploración muy particular, una suerte de libro escrito en el taller, entre planchas de linóleo inglés, calcos, tinta y a golpe de gubia, la herramienta de los talladores: “Grabar es herir, ilustrar hacia dentro, ahuecar del trazo lo que no es trazo para que sólo el trazo quede”, describe Rodrigo en el prólogo.

Tomás Hijo recuerda cómo comenzó todo en un bar de Madrid, mientras Rodrigo le explicaba su última locura al mismo tiempo que “se zampaba una tostada enorme”. La propuesta era diferente y emocionante, una locura difícil de explicar y compleja de ejecutar. No era un cómic, pese a estar basada en una suerte de sucesión de viñetas individuales, dos a lo sumo, por página. Tampoco una novela ni un libro de arte. Tendría un poco de todos ellos. Lo que sí pudo imaginar, aunque no hasta qué extremo, era que la meticulosidad y la precisión que exige trabajar con Rodrigo en un libro basado en planchas talladas en las que no cabe el error ni la corrección: “Juro que ha llegado a cuestionar la longitud de una tilde”.

En la ‘Piedra blanda’ la primera sorpresa llega por el tacto, por la sensación de tener entre las manos un libro diferente. El relieve de su portada es la plancha más valiosa que Tomás guarda en su casa. En ella un jilguero, un bosque y el relieve. Abrir sus páginas es como subirse a un tren de viaje extraño e incierto por la vida del protagonista. En fondo y forma. La historia de Pedro de Poco, el protagonista, es particular, el modo de contarla también.

Primera ilustración. Parte superior izquierda. “Me llamo Pedro de Poco. A veces tengo hambre”. Segunda ilustración. Parte superior centrada. “Cuando tengo hambre, mato un jilguero. Tercera ilustración (y tercera página). Parte superior derecha. “Y me lo como”. Media cara de Pedro de Poco y una pluma saliendo de su boca. Y así, hasta desarrollar la historia de un hombre aparentemente inexpresivo, “que nació dos veces”: “La historia habla de un mundo implacable, lleno de humor, de crueldad, de belleza, de poesía y en el que las cosas van y vienen”.

Pedro de Poco, una vida singular

Pero la vida de Pedro de Poco es muy particular. Un hombre que nace junta a su hermano gemelo muerto y “al que su madre mata para equilibrar las cosas”. Al “nacer a la segunda” aguanta mejor el frío, se queja menos, no muestra expresiones, que no quiere decir que no las sienta. No ríe, no llora. Un personaje que evoluciona. Es monje, es pastor, levita, es rescatado por sirenas…”. Cortés asegura que Pedro de Poco es “la piedra blanda”, dura e inabordable “pero que palpita”.

La suya es una obra en la que textos, bocetos y planchas han acumulado horas de discusiones en forma de precisión y detalle antes de que la prensa de 1.000 kilos alumbrara el grabado definitivo: “Es Tomás quien interpreta las frases que se pueden ilustrar de mil maneras. Lo hemos discutido todo. Al ser tallado, cada palabra debía ganarse su sitio en la plancha”: “Hemos hechos modificaciones una y otra vez, hemos discutido el lugar que las imágenes deben ocupar, su tamaño y ubicación. A veces hemos discutido reducciones del 2% y terminábamos con ‘un pelín’ como unidad de medida”.

En Pedro de Poco no se reconoce. No acostumbra a trasladar su modo de ser o pensar a los personajes, “nunca he intentado que un personaje sea una especie de marioneta que encarne mis opiniones del mundo”. Más aún, Cortés suele incorporar a sus personajes características u opiniones opuestas a las suyas, “me resulta más interesante explorarlas y defenderlas deportivamente. Es cierto que luego, aunque sea por omisión, acabas delatándote”.    

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