Pensamos que estamos muy bien informados, vivimos en la sociedad de la información, nada se escapa a nuestro radar. O eso creemos. Ángel Gómez de Ágreda, coronel en la reserva y experto en ciberseguridad disecciona cómo la tecnología, la desinformación y la geopolítica están reconfigurando lo que entendemos por realidad. Gómez de Ágreda sostiene que ya vivimos en un ecosistema sintético, fabricado a medida por algoritmos y grandes corporaciones tecnológicas, donde la verdad compite en desventaja con relatos diseñados para influir en nuestras emociones.

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A modo de homenaje a Un mundo feliz, de Aldous Huxley, Gómez de Ágreda ha publicado Un mundo falaz (Ariel) un volumen con el que aborda desde la manipulación cognitiva y la guerra de los datos hasta el papel de las grandes potencias en el nuevo orden global. En el mundo en el que vivimos la carrera de la inteligencia artificial, la ciberseguridad y la desinformación vertebran nuestra realidad, de la que cada vez somos menos soberanos.

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P: ¿Cómo es el ‘mundo falaz’ que describes en tu libro?

R: Es el mundo en el que estamos viviendo ahora mismo, un mundo en el que coges la realidad y la modificas: le introduces fake news, desinformación y relatos manipulados. Es un mundo que viene construido de forma sintética por la inteligencia artificial, hecho a la medida de las personas. Lo que se hace es generar un guion coherente dentro de sí mismo en el que vivimos. Como vamos por la calle mirando el móvil y casi nunca miramos fuera, prácticamente todo lo que percibimos nos llega desde los teléfonos móviles, las pantallas y las redes sociales, que condicionan el escenario en el que estamos. El mundo falaz no es solo un mundo con mentiras aisladas, es un mundo irreal, mentiroso de por sí, artificial y sintético.

P: Estructuras el libro siguiendo un poco Un mundo feliz, con alfas, betas… Explícame eso.

R: Un mundo feliz, la novela de Aldous Huxley, describe un mundo con clases sociales muy claramente separadas, determinadas por condicionamiento genético y psicológico desde antes de nacer. Naces ya como alfa destinado a ser dirigente o directivo; beta, destinado a ser técnico cualificado; gamma, delta y épsilon, casi sin características humanas. Lo que hago es relacionar el mundo en el que vivimos con ese mundo: un mundo actual con cada vez más desigualdades. Aprovecho las categorías alfa, beta, gamma, delta y épsilon como títulos de los capítulos, en homenaje a la obra de Huxley.

P: ¿Quién estaría dentro de ese mundo alfa?

R: El mundo alfa hoy es muy restringido. Para estar en él, para tener capacidad real de control -lo que serían los Alfa Plus de la novela-, tienes que ser uno de los que controlan las grandes empresas tecnológicas. Son los que tienen los datos y la inteligencia artificial para manejarlos y construir la realidad que los demás vemos. Hablamos de los grandes nombres y compañías tecnológicas que dominan el ecosistema digital.

P: ¿Cómo encaja lo que pasa en Irán en este ‘mundo falaz’ que describes?

R: La situación actual encaja con el libro en varios aspectos. Primero, por el cambio geopolítico que se está produciendo -o que ya se ha producido- y al que ahora nos estamos adaptando. Vemos cómo Estados Unidos asume un papel en el que ya no cuenta con las instituciones multilaterales, especialmente Naciones Unidas, que habían sido protagonistas en las relaciones internacionales tras la Segunda Guerra Mundial. Ese viejo orden -ONU, OTAN, FMI, las instituciones nacidas de Bretton Woods- está siendo abandonado. El mundo y la forma de relacionarse los países han cambiado en pocos años. Trump no es quien provoca ese cambio, sino uno de los primeros en adaptarse a las nuevas reglas. Europa es de los pocos que se resisten y debe decidir si sigue apostando por el modelo tradicional o se suma a una nueva tendencia de relaciones más directas y de poder duro.

En segundo lugar, la guerra es relevante por el control del relato y de la información. Todas las guerras surgen después de una narrativa: vender una idea, una imagen, una supuesta necesidad de que exista esa guerra. Esas narrativas se construyen a partir de la interacción con el público en redes sociales y medios. La prensa actual bebe muchísimo de la información que sale de las redes y de los medios digitales. El relato que justifica la guerra se construye ajustando informaciones al interés de quienes quieren que se produzca esa situación, como Estados Unidos, Israel u otros actores. Eso no es nuevo; lo que ha cambiado es que ahora puede hacerse de forma mucho más sofisticada, con mensajes personalizados que llegan a cada uno de nosotros. Nuestros datos, a nivel individual, de grupo y de sociedad, están en manos de grandes empresas que pueden estudiarlos y extraer conclusiones personalizadas para actuar sobre nuestros puntos débiles o sobre las ventanas de oportunidad que les ofrecemos en nuestras emociones.

P: Pero parece que ya nadie se cree nada. Aun así, ¿funcionan estos relatos?

R: Funcionan porque ya no son relatos genéricos. Antes se construía un relato y te lo vendía Disney en una película: era un relato para masas, y tú te lo creías o no. Ahora los relatos se personalizan. Las redes sociales tienen ese papel: personalizar el relato para cada uno en función de sus intereses.

P: ¿Cuál es el “soma” de nuestro mundo? Esa droga que en la distopía de Huxley mantiene a las clases sociales controladas. 

R: Hoy tenemos varias somas. No es solo una droga, ni solo el alcohol, aunque también están ahí: tenemos las redes sociales, los vídeos de TikTok, el fútbol… toda una serie de entretenimientos que desvían nuestra ira y nuestros intereses hacia temas intrascendentes para quienes detentan el poder. Mientras nos entretenemos con eso, ellos controlan lo que realmente importa.

P: No solo nos entretiene, ¿también limita nuestra capacidad cognitiva?

R: Totalmente. Cuanto más masticada te dan la realidad, menos esfuerzo haces tú. Igual que dejamos de recordar los teléfonos de la gente porque los llevábamos apuntados en el móvil, ahora casi ni necesitamos entender la realidad, porque nos la explica directamente la inteligencia artificial. Cuando buscamos en Google, nos aparece el resumen que nos da ya la respuesta, igual que el antiguo botón de “voy a tener suerte”, pero llevado al extremo. Antes, al menos, tenías variedad de fuentes entre las que elegir; ahora cada vez pedimos más inmediatez y esa respuesta nos viene dada. Eso nos priva de explorar el mundo, de analizarlo y de criticarlo; nos quita el espíritu crítico que es lo que realmente nos hace libres.

Las empresas necesitan al Estado para legislar y mantener el control, y los Estados necesitan a las empresas porque tienen los datos y les proporcionan los instrumentos para gobernar

P: Estos alfas, los tecnoligarcas de las redes y la IA, ¿tienen la tentación de superar el poder de los Estados nación, incluso creando sus propios Estados?

R: Estamos en un mundo muy parecido al de la película Robocop, donde una gran empresa es en realidad la que manda en la ciudad. El ayuntamiento y el alcalde trabajan de alguna manera para ella, haciendo las leyes y gestionando la policía, pero quienes proporcionan la seguridad y la tecnología, quienes realmente gobiernan y dictan las reglas, son los de la empresa. A estas compañías no les interesa acabar con los Estados, sino utilizarlos en su propio beneficio. Ahora mismo hay un momento de equilibrio: las empresas necesitan al Estado para legislar y mantener el control, y los Estados necesitan a las empresas porque tienen los datos y les proporcionan los instrumentos para gobernar. Este equilibrio tiene pinta de romperse a favor de las empresas, pero no creo que quieran crear Estados propios separados, sino apoyarse en los Estados existentes.

P: A la vez vivimos una carrera armamentística clásica. ¿Cómo se combina ese “hierro y acero” con la nueva tecnología y la IA?

R: Una cosa es el hierro y el acero, y otra la tecnología que va dentro. Cogemos el ejemplo de los drones: un dron lo puede fabricar casi cualquiera, es un juguete al fin y al cabo. Lo importante es lo que lleva dentro: la tecnología. La inteligencia artificial que lo puede hacer autónomo, que le permite tomar decisiones por su cuenta; los sensores que detectan al enemigo, lo siguen, comprueban que es él y lo atacan. Todo eso está muy vinculado a las grandes empresas tecnológicas. El resto son juguetes, plataformas sobre las que se monta esa tecnología. Un tanque, un buque, un avión, ahora son plataformas para albergar sistemas tecnológicos. Los aviones de sexta generación vuelan con un piloto en un avión y una veintena de drones a su alrededor; el piloto está en una especie de despacho que viaja a vez y media la velocidad del sonido, desde el que controla toda esa tecnología. La clave del gasto en defensa, para que sea inversión y no solo gasto, es invertir en tecnología e industria. Esa industria es la que te da autonomía estratégica: sin autonomía industrial y sin autonomía lógica (de conocimiento), no puedes ser autónomo estratégicamente. Comprar solo hierro y acero es gasto; desarrollar las industrias y tecnologías que visten ese hierro es inversión.

Cualquier ejército es caro si no tiene unos intereses que defender. No podemos tener defensa ni ejército europeos si no hay intereses europeos que defender

P: ¿Europa está en una liga inferior a Estados Unidos y China?

R: Sí, entre otras cosas porque estamos exportando mucho talento, porque hasta ahora no hemos hecho las inversiones necesarias y porque nos hemos desindustrializado en buena medida. Ha disminuido el peso de la industria en el PIB global de los países europeos, algo que también ha pasado en Estados Unidos. Externalizamos producción a China, sobre todo a partir de 2001, cuando entra en la Organización Mundial del Comercio. Industrias europeas y estadounidenses se van allí; fabricantes como Volkswagen o BMW llegaron a producir más de la mitad de sus coches en China. Hemos perdido capacidad productiva propia. Necesitamos recuperarla y, además, añadirle la capa tecnológica asociada. Ese es el paso que tiene que dar Europa, y debe darlo como una Europa con criterio e intereses comunes. Tenemos valores comunes; necesitamos también intereses comunes. Lo digo en el libro: cualquier ejército es caro si no tiene unos intereses que defender. No podemos tener defensa ni ejército europeos si no hay intereses europeos que defender.

Ángel Gómez de Agreda.
Ángel Gómez de Agreda. | Asis Ayerbe

P: Europa está siendo atacada con mentiras y desinformación para desestabilizarla. ¿Cómo se compagina eso con su desarrollo?

R: Es un problema de educación y concienciación. Nos llega desinformación, por ejemplo, desde Rusia, y de eso están muy concienciados finlandeses, estonios y otros países cercanos, como si la desinformación viajara a caballo y llegara antes a Finlandia que a España. Evidentemente no es así: la distancia para un ciberataque es la misma hasta Finlandia que hasta España. Lo primero es concienciar de que eso existe y del peligro que entraña. Pero además recibimos ataques a nuestra soberanía y forma de vida también desde algunos aliados, que comparten parte de nuestros intereses, pero no todos. Europa necesita tener muy claros sus intereses y priorizarlos por encima de los ajenos. Hay que buscar formas de cooperación, sí, pero siendo muy conscientes de que lo que nos llega desde fuera sirve a intereses de fuera. Eso vale a nivel Europa y a nivel países, pero también a nivel individual. 

P: ¿Qué quieres decir a nivel de las personas?

R: A nivel personal nos pasa lo mismo: estamos dejando que la información y las ideas nos lleguen desde fuera. Cuando dejas que tu libertad y tu seguridad te las proporcionen otros, al final dependes de ellos para mantenerlas. La única forma de ser libre y estar seguro es hacer tú el esfuerzo de conseguir los medios para ser libre y seguro: informarte, analizar y mantener un espíritu crítico.

P: En esta situación, quienes deberían mediar son los políticos. ¿Están los políticos españoles a la altura de estos retos?

R: El problema de implicar a los políticos y al Estado en la defensa de la individualidad y de la libertad individual es que esa capacidad de influir en la ciudadanía suele servir más a los intereses de los gobiernos que a los del Estado. Muchas veces pesa más el interés partidista que el nacional. Por eso la iniciativa para mantener libertad y seguridad a nivel individual tiene que partir de la sociedad civil. La prensa, por ejemplo, tiene un papel fundamental de concienciación, educación, oferta de diversidad y de estímulo del espíritu crítico. Es clave que sea la sociedad civil la que haga el esfuerzo de mantenerse libre y segura.

P: Pero en España precisamente la sociedad civil no está muy desarrollada.

R: Es cierto que en España la sociedad civil no es de las más desarrolladas, pero sigue siendo el elemento clave. El Estado debe proporcionarnos seguridad física, seguridad frente a otros Estados. Sin embargo, la seguridad de nuestra libertad individual, entendida como protección de nuestros datos y características personales, tiene que ser asumida a nivel individual o por la propia sociedad.

P: Si hemos detectado que los vídeos nos están dejando el cerebro “frito” a todos, no solo a menores, ¿no hace falta una legislación invasiva?

R: Las familias tienen un papel importante, la prensa también, y, por supuesto, hay que legislar. Los vídeos, utilizando tu expresión, nos están friendo el cerebro, entre otras cosas, porque es muy cómodo seguir ese camino. El problema, cuando hablamos de libertad, es la delgadísima línea entre proteger al ciudadano y censurar la información. Limitar el alcance de los vídeos, el tiempo que alguien puede pasarse viéndolos o el tipo de contenido, siempre roza la posibilidad de que se convierta en censura, que es igual de mala en el otro extremo.

P: Has comparado esto con los bomberos privados en Estados Unidos. ¿Qué quieres subrayar con ese ejemplo?

R: En Estados Unidos hay bomberos privados; aquí no. Si en tu pueblo no has pagado un cuerpo de bomberos, no tienes servicio. Esa fue la forma en que se hizo rico Craso, el socio de Julio César: tenía una compañía privada de bomberos, llegaba al incendio y, o le pagabas, o dejaba que se quemara el edificio. La lección es que lo importante es que cada comunidad de vecinos tenga su propio servicio de bomberos: que cuando se produzca el incendio pueda afrontarlo por sí misma. Si externalizas esa protección en ‘un Craso’, el que se enriquece es Craso, no la comunidad.