Manuel Valdivia debuta en la novela con Querer o no querer, un relato sobre memoria, enfermedad y familia. El creador de series como Médico de familia y Compañeros, narra la historia de su familia a partir de la Guerra Civil y el impacto que el trauma arrastra en varias generaciones. 

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La novela parte de la figura de su madre, María Concepción Santiago López (Martos, 1932) marcada por los traumas de infancia que dejó la Guerra Civil y por una psiquiatría todavía condicionada por el marco moral y social del franquismo. Aunque nace de una experiencia profundamente íntima, el libro abre una reflexión más amplia sobre la memoria, la enfermedad y la vida cotidiana de quienes aprendieron a convivir con ambas sin llegar a comprenderlas del todo.

Pregunta. Querer o no querer nace de una historia íntima, pero acaba convirtiéndose en un relato sobre memoria colectiva. ¿En qué momento deja de escribir como hijo y empieza a escribir como autor?

Respuesta. Nunca he dejado de escribir como hijo, es imposible separar ambas identidades. Lo que sí me ha servido de coraza para que no me afectara emocionalmente es mi oficio como guionista. La historia es tan poderosa que me volqué en contarla con las herramientas y los recursos que aprendí en la ficción. Y no me propuse de antemano escribir un relato sobre la memoria colectiva. Para mí ha sido una gratificante sorpresa que muchos lectores se hayan conmovido porque esto o aquello también les concernía. Supongo que esa mirada transversal ha surgido de manera natural porque la historia concreta de mi familia representa muy bien las vivencias de la gente de varias generaciones. 

"Viví con mis abuelos paternos hasta que falleció mi abuela Encarna, unos cuatro años después de mi primera comunión. Mi abuelo Juan Ramón era un hombre sencillo que leía y escribía con dificultad. Encarna, aunque ayudaba"

P. La figura de su madre está en el centro. ¿Cómo se escribe sobre alguien tan cercano sin suavizar ni juzgar?

R. Mantuve con ella durante meses muchas conversaciones para reconstruir nuestra historia. Y apliqué en esos encuentros unas reglas simples que aprendí en las obras de Svetlana Aleksiévich: la escucha atenta y la búsqueda de la verdad. Cuando pretendes reflejar la verdad, no hay miramientos, incluso conmigo mismo, que salgo bastante malparado. Los hechos hablan por sí mismos. No es necesario juzgar.

Con su hermana Mariví, "uno de los raros días que nos dejaban estar juntos. Con once meses, me separaron de mi familia porque mamá estaba 'mala de los nervios'"

P. Hay una tensión constante entre lo que se cuenta y lo que se calla. ¿Hasta qué punto escribir este libro ha sido también una forma de romper ese silencio?

R. Salvo con mi pareja, yo nunca había hablado con nadie de lo que ocurrió con mi familia. Lo tenía enterrado. Me era muy difícil expresarlo, incluso con mis mejores amigos. Hablar de todo ello en una entrevista como esta me hubiese parecido imposible no hace mucho tiempo. Escribir, darle forma en una novela, me ha servido para abrirme y romper ese silencio.

P. La novela plantea una cuestión incómoda: cuánto de lo que somos pertenece a nuestra propia vida y cuánto a lo que heredamos. ¿Le ha cambiado la respuesta después de escribir el libro?

R. Mis hermanos y yo mismo estamos marcados por algo que sucedió cuando ni siquiera habíamos nacido, pero también somos responsables de nuestras propias decisiones, de nuestros errores. Eso ya lo intuía y lo he confirmado.

P. Al leer la novela, es fácil imaginarla como una serie. ¿Es algo que tenía en mente o es una consecuencia inevitable de su forma de narrar?

R. Muchos lectores me han dicho que la novela les enganchó desde las primeras páginas, el efecto adictivo atribuido a las series. Claro que me ha servido mi experiencia como guionista para narrar esta historia de manera interesante. Ahora bien, yo no la concebí como un guion audiovisual, sino con una estructura y unas formas literarias. Para adaptar la novela a cine o televisión, me plantearía una estrategia narrativa diferente. Ya sea en películas, series, en novelas... lo que importa es contar una buena historia.

P. En un momento en el que la memoria histórica vuelve al debate público, su libro se sitúa en un lugar más íntimo, menos declarativo. ¿Le interesa más comprender que posicionarse?

R. En el día a día, yo me posiciono sin tapujos, a todas horas, cada vez que escucho las noticias, tan desquiciantes. Cuando escribo una historia real como esta, sí, me importa más comprender sin juzgar, escudriñar con rigor la verdad de cada cual, tan escurridiza.

P. Después de todo el proceso de escritura, ¿queda alguna zona de la historia que haya preferido no abordar?

"Mi padres, el mismo día que se casaron, sin dinero para celebraciones, abandonaron su pueblo para siempre y emigraron a Madrid en autobús con unas maletas de cartón"

R. Ha habido pasajes muy dolorosos, conversaciones con mi madre y con mis hermanos muy delicadas. Pero era necesario: para tratar de entender qué nos pasó para que la familia se desmoronase, para tratar de pasar página de una vez.

P. En la presentación contó que todo empezó con una escena muy concreta: el momento de dudar si pulsar o no el portero automático después de años sin ver a su madre. ¿Hasta qué punto ese instante contiene ya todo el libro?
R. Fue una encrucijada esencial, una situación que se convirtió en metáfora del tema subyacente de la novela: querer o no querer. Así he contado nuestra historia, como una sucesión de encrucijadas donde a menudo tomamos, o nos obligaron a tomar, decisiones equivocadas.

P. Ha hablado de la importancia de hacer preguntas que nunca se habían hecho dentro de la familia. ¿Qué fue más difícil, preguntar o escuchar las respuestas?R. Sin duda, escuchar ciertas respuestas. Hubo momentos muy duros, de no poder contener las lágrimas. Otros donde sentí mala conciencia, como el relato que me hizo la cuidadora de mi padre durante sus últimos años; en especial, su muerte en soledad.