La historiadora británica Emily Hauser representa a una generación de investigadoras –y a una tradición historiográfica– capaz de combinar la más rigurosa investigación académica con la vocación divulgadora. Formada en la Universidad de Cambridge, donde se licenció con honores, culminó su doctorado en la Universidad de Yale y continuó su trayectoria postdoctoral en la Society of Fellows de la Universidad de Harvard. Especialista en el mundo antiguo y autora tanto de exitosas novelas históricas como de ensayos divulgativos, Hauser ha visitado España para presentar Mítica (Ático de los Libros).

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Pregunta: Resulta sumamente sugerente abordar la Ilíada y la Odisea desde una perspectiva femenina. ¿Cómo se llega a este enfoque a través de los textos antiguos?

Respuesta: No es un camino evidente a simple vista, pero está ahí. Una de las grandes paradojas de los poemas homéricos es que afirman explícitamente estar dedicados a los varones. En griego clásico existe una fórmula precisa para definir su propósito: klea andrōn, es decir, "historias de la gloria de los hombres". Estos relatos nacen porque los guerreros necesitan una compensación ante la certeza de una muerte prematura en combate. Es lo que Aquiles define como su kleos aphthiton (gloria imperecedera). La poesía épica les concede esa trascendencia más allá de la muerte. Y las mujeres habitan constantemente en el núcleo de estos poemas supuestamente masculinos. Son figuras complejas y revestidas de un enorme poder estratégico. En la Odisea, por ejemplo, queda claro que Odiseo necesita a Penélope; del mismo modo, la Ilíada arranca con la disputa por Briseida.

Emily Hauser, autora de 'Mitica'.

P.- Uno de los momentos más sobrecogedores de la Ilíada es la despedida entre Héctor y Andrómaca (Canto VI, versos 390-502). ¿Qué es lo que nos revela sobre el papel de la mujer en la obra?

R.- Esa escena resume de forma magistral la noción del "mundo dividido". Andrómaca acude desde el espacio interior del hogar, rodeada de sus sirvientas, el telar y el cuidado de su hijo Astianacte: todos los marcadores comunales y cotidianos que definen la esfera femenina de la paz. Y sube a la muralla, el límite físico que separa el ámbito doméstico del campo de batalla. Frente a ella aparece Héctor cubierto de sangre, polvo y armadura. Su aspecto es tan feroz que el niño ni siquiera lo reconoce y rompe a llorar asustado en los brazos de su madre. En ese instante colisionan frontalmente el mundo de la guerra masculina y el ámbito del hogar femenino. Homero se pregunta si es posible la reconciliación o coexistencia de ambos mundos en una sociedad dominada por el conflicto armado, y la respuesta es negativa. Andrómaca regresa a palacio para iniciar el planto fúnebre por su esposo como si ya hubiese muerto, y Héctor desciende para enfrentarse a su destino.

P.- Pero su investigación no se restringe al análisis literario, sino que aborda datos arqueológicos concretos. Por ejemplo el aplanamiento de la pelvis en las mujeres de la Grecia micénica y sus consecuencias en los partos.

R.- Es uno de los hallazgos materiales más elocuentes y desgarradores. Los esqueletos evidencian una desnutrición crónica y sistemática de las niñas en comparación con los varones durante la infancia. Ese déficit nutricional temprano provocaba hipoplasia en el esmalte dental, mayor propensión a infecciones y un menor crecimiento óseo que aplanaba la estructura pélvica y estrechaba drásticamente el canal de parto. En consecuencia, los partos se convertían en trances traumáticos y con frecuencia letales por obstrucción o hemorragia. Lo cual puede explicar el carácter de algunos personajes femeninos en las obras.

P.- Este planteamiento también está desmantelando viejas certezas sobre los ajuares funerarios, donde la presencia de armas se atribuía por defecto a guerreros masculinos.

R.- La arqueología tiene apenas un siglo y medio de historia como disciplina académica formal, y durante mucho tiempo asumió el método de determinar el sexo biológico a partir del ajuar funerario: si una tumba contenía espadas o armaduras, se catalogaba como masculina; si presentaba joyas, espejos o peines, se asignaba a una mujer. Hoy sabemos que esa catalogación respondía más a los prejuicios de género decimonónicos que a la realidad del mundo antiguo. Las técnicas modernas de extracción de ADN antiguo en piezas dentales y huesos no solo certifican el sexo biológico con rigor, sino que nos proporcionan mucha más información.

"En la Grecia micénica, los esqueletos evidencian una desnutrición crónica y sistemática de las niñas en comparación con los varones durante la infancia"

P.- ¿De qué manera se documenta históricamente la esclavitud y la violencia sexual de las mujeres durante la Edad del Bronce, más allá de la trama épica?

R.- Quienes controlan el poder controlan también los relatos literarios y las tumbas monumentales, por lo que rastrear la vida de unas simples esclavas es difícil. Sin embargo, hacia el 1200 a. C., la destrucción e incendio de los palacios micénicos provocó accidentalmente la cocción y conservación de sus tablillas administrativas de arcilla. En los archivos de lugares como Pilos (Grecia) encontramos a cientos de mujeres extranjeras que procedían del Egeo oriental, incluso se menciona a mujeres venidas de la región de Troya, que figuraban junto a sus hijos y se les asignaban raciones alimentarias para subsistir. Aunque los inventarios contables no las describan de forma explícita como cautivas de guerra, encajan con el patrón de mujeres capturadas y deportadas a los palacios griegos continentales para trabajar al servicio de las élites, exactamente la misma realidad de servidumbre forzada que la épica homérica atribuye a Briseida o Andrómaca tras la caída de sus ciudades.

P.- ¿Hasta qué punto figuras como Helena o Clitemnestra se inspiraron en reinas reales de los palacios micénicos?

R.- Los puntos de contacto entre la tradición mítica y la realidad material de la Edad del Bronce son tan estrechos que a menudo cuesta delimitar la frontera. Helena procede de Esparta, enclave donde existió un destacado complejo palaciego del Bronce Final. Su hermana Clitemnestra desposa a Agamenón en Micenas, un yacimiento real que conserva frescos de mujeres de alto rango, tumbas de élite con ricos ajuares. No se trata de una casualidad. La épica homérica es la culminación de una tradición oral diseñada precisamente para preservar el recuerdo de civilizaciones pretéritas tras el colapso del 1200 a. C. y la desaparición de la escritura. Los cantos homéricos se inician invocando a las Musas como la personificación de la memoria. La poesía oral constituía la única herramienta disponible para recordar a los antepasados, y de ahí emana su convergencia con los asentamientos arqueológicos reales.

P.- En su obra analiza también el panteón divino. A diferencia de las mujeres mortales, ¿qué margen de maniobra tienen las diosas homéricas?

R.- Los dioses olímpicos se rigen por un orden patriarcal encabezado por Zeus. Es cierto que frente a la indefensión y el silencio casi absoluto de mortales como Briseida o Criseida, divinidades como Atenea o Hera exhiben un poder notable e intervienen de forma activa en el campo de batalla. No obstante, su autoridad continúa supeditada a la jerarquía de Zeus. Al final del Canto I de la Ilíada, Hera descubre que Zeus ha cerrado un pacto secreto con Tetis para favorecer a los troyanos. Cuando Hera se lo recrimina, Zeus la amenaza, recordándole que podría colgarla de nuevo por los tobillos desde las nubes si no guarda silencio. Es un recordatorio inequívoco de que, incluso en el plano divino, la autoridad femenina queda constreñida por el poder supremo patriarcal.

P.- Personajes femeninos como Helena de Troya experimentan una transformación radical entre la Ilíada y la Odisea. ¿A qué responde ese contraste?

R.- En la Ilíada, Helena se encuentra recluida tras los muros de Troya, atrapada en una posición sumamente vulnerable. Es señalada como la culpable de la guerra y ella misma interioriza esa carga. En su reclusión, padece el aislamiento y la hostilidad de su entorno, e intenta rebelarse sin éxito contra los dictados de Afrodita. En la Odisea, en cambio, la encontramos de regreso en Esparta, instalada en su papel de reina y perfecta anfitriona junto a Menelao. Allí su prioridad es tomar el control de la memoria colectiva sobre el conflicto. Llega a suministrar a sus invitados un narcótico para inducir el olvido del sufrimiento de la guerra, y al despedirse del joven Telémaco le entrega un tejido confeccionado por ella misma pidiéndole que sea conservado como un monumento al recuerdo de las manos de Helena.

P.- En la Odisea, el reencuentro de Penélope y Odiseo suele leerse como la consumación del amor conyugal. ¿Comparte esa lectura?

R.- Es comprensible que queramos cerrar el relato con ese reencuentro en el Canto XXIII; de hecho, ya algunos críticos alejandrinos propusieron fijar allí el final del texto. Resulta tentador pensar que Odiseo regresa a casa, recupera a Penélope y el orden queda restablecido. Sin embargo, la obra homérica ofrece una resistencia deliberada a los cierres complacientes. La guerra abierta con la nobleza de las islas solo se detiene gracias a una intervención divina in extremis de Atenea. Reducir la Odisea a la reconciliación romántica de Penélope elude la responsabilidad moral de las decisiones del héroe y la precaria estabilidad de un hogar que vuelve a quedar expuesto al abandono.