Víctor Hugo toma el pulso con Los miserables a una sociedad que gira en torno a las desigualdades, a las injusticias, a la rebelión, a modos de vida precarios, a la capacidad para salir de situaciones comprometidas, a la opresión en un estado y un tiempo decimonónicos donde la miseria es más contundente que el bienestar social general.

Y nos encontramos en escena con una producción de hace 40 años que no ha perdido en absoluto su vigencia. Tanto en los temas tratados como en su puesta en escena, con unas voces impecables, una escenografía cambiante sin chirriar, con una ambientación sobresaliente y una iluminación espectacular. 

Ciertamente, vi este montaje allá por los años 90 del pasado siglo y, a pesar de lo que recordaba, me ha sorprendido gratamente, y hay que valorar su gran calidad en todos los sentidos. 

La historia se centra en cómo la ley y la sociedad, desde sus estamentos policiales y jurídicos, castigan casi a perpetuidad a los desfavorecidos, a los que no pueden pagarse buenos abogados, a los que la necesidad convierte en delincuentes. Es un paso y un repaso por ciertas circunstancias que podrían darse hoy mismo. Ahora habría que añadir el tema del arraigo, de la pertenencia, de no ser de ningún sitio. 

Sentimientos y revolución

Lógicamente, en Los Miserables hay literatura sobre el bien y el mal, sobre la moralidad y la ética en un mundo injusto y en desequilibrio para bastante algunos. Sin embargo, ni Víctor Hugo ni los libretistas se olvidan de los sentimientos más profundos, los que han movido, desde siempre, al ser humano, el amor, el cariño, la familia, el vínculo afectivo que conseguirá sobreponerse a todas las desgracias. 

Tenemos los personajes ambivalentes, donde Jean Valjean, el considerado proscrito y fuera de la ley, es la buena persona, y el inspector Javert, el que debería estar del lado de la ley y de la equidad, es el vengativo, el que denota inhumanidad a favor de la norma establecida. 

El autor y los artífices de la versión musical aprovechan también la época en la que se desarrolla la acción para retratar la agitación social, las revoluciones, la inconformidad de los ciudadanos, aunque sea a través de la lucha y el combate efectivo.

Pero, volviendo al musical, y como gran espectáculo, la entrega a los espectadores es impecable. Magnífica composición musical, excelentes voces, y atrayentes coreografías, que atrapan, emocionan y sorprenden. Esos números corales, a mi modo de ver, impulsan emocionalmente la vibración que se siente en el patio de butacas, lo que hará que su valoración, más que la publicidad oficial, cale por el boca a boca y la gente se interese por ella. 

En aquel año 92 el protagonista fue Pedro Ruy Blas. Pero lo que me ha llamado la atención porque no lo tenía localizado ni por asomo, es que el personaje del inspector Javert lo interpretó el hoy prestigioso autor y director de escena Miguel del Arco. Hoy esos personajes están a cargo de Adrián Salzedo y Pitu Manubens, y conviene resaltarlo. 


'Los Miserables', en el Teatro Nuevo Apolo de Madrid hasta final de temporada