El Brujo ha vuelto a obrar el milagro, aunque no ha necesitado convertir el agua en vino, sino que a partir del Evangelio de San Juan, pero desde el punto de vista de Paramahansa Yoganda, interpreta un monólogo de sintonía casi cósmica. Con La segunda venida de Cristo o el yoga de Jesús, Rafael Álvarez se planta sobre las tablas para demostrarnos que el Mesías, o cualquiera de los nombres que se le atribuyen, no solo era capaz de hacer multiplicar los panes y los peces, sino que, probablemente, lo hacía en la postura del loto y estáticamente, como se le pinta en todos los cuadros que hacen le hacen referencia.
Asistir a un espectáculo de El Brujo es entregarse voluntariamente a un secuestro humorístico y, en este caso, también casi místico. Su capacidad histriónica sigue intacta: esa voz que modula del susurro confidencial al trueno bíblico, esos ojos que buscan el cómplice en la última fila y ese balanceo corporal que encandila. En realidad, a estas alturas de la vida, a su público ya no nos importa tanto qué nos está contando, sino cómo demonios nos lo cuenta. Rafael Álvarez no recita ni declama; engatusa, moldea el aire con las manos y convierte el patio de butacas en el salón de su casa o en una taberna fantástica.
En esta ocasión, el viaje de la palabra nos lleva de Nazaret a la India, pasando por Nueva York y tomando como brújula la exégesis de Paramahansa Yogananda, del que ya interpretó Autobiografía de un Yogui. El Brujo nos explica la ciencia del yoga y el espíritu oriental oculto tras los textos sagrados, intercalando proyecciones de obras de arte y cuadros clásicos que analiza con su particular agudeza. Pero no busquen una conferencia académica. La genialidad de la función radica en su caótica estructura, aunque se mofe de los críticos que hablamos de ello, ja, ja. Precisamente por ello lo saco ahora a colación y lo menciono. Quizá en otro momento y en otras crónicas no lo hubiera hecho, ni lo hice.
'¡Que no lo digo yo!'
El Brujo se sale de la historia constantemente, abre infinitos paréntesis, se pierde en digresiones sobre la política actual (esta vez no demasiado, pero cualquiera sabe en otras funciones), recuerda anécdotas de su paso por algún pueblo o recuerda al gaditano que le pedía un huevo frito, al cura de su localidad cuando él era monaguillo, para luego retomar el hilo con una naturalidad pasmosa. Es un bufón del monólogo que domina el tempo como nadie.
Fiel a su liturgia escénica, no se presenta solo. A un lado del escenario, su inseparable Javier Alejano acaricia el violín, adornando una atmósfera lírica que eleva el espíritu y subraya los versículos del evangelio, justo antes de que el actor nos devuelva a la realidad con algún chascarrillo. Y como escudo ante cualquier prominente pensador que curve el gesto ante tanta audacia teológica y filosófica, El Brujo repite su ya icónico mantra, ¡que no lo digo yo!, parapetándose en ello como un niño travieso.
Hay en esta nueva propuesta una poética profunda, un aroma al teatro de la esencia, del bululú clásico, donde la palabra es alimento y la risa es el camino más corto hacia el alma. El Brujo nos recuerda que la espiritualidad y la meditación no tienen por qué ser solemnes ni aburridas; pueden ser perfectamente juglarescas, vibrantes y rabiosamente divertidas y actuales. El cielo y la tierra se unen en una necesaria carcajada.
'La segunda venida de Cristo o el yoga de Jesús', de Rafael Álvarez, El Brujo, en el Teatro Alcázar de Madrid hasta el 27 de septiembre y de gira por España
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