“Que de noche le mataron / al Caballero, / la gala de Medina, / la flor de Olmedo”. Sabiendo desde el principio lo que va a ocurrir, El caballero de Olmedo te mantiene en vilo de principio a fin. Es una obra escrita con un verso sencillo, bello y de una musicalidad apabullante. Una obra de oscuridad y muerte, pero a la vez alegre, luminosa y vital, como muchas otras de nuestro Siglo de Oro. Una obra marcadamente dramática que se funde con sutiles elementos cómicos, un equilibrio maestro como solo sabía trazarlo el ingenio inigualable de Félix Lope de Vega.
Una obra guiada por un fondo trágico, sombrío y premonitorio, que le anuncia constantemente al espectador un destino inexorable. Una obra profundamente romántica, empapada de un amor arrebatado e imparable que desafía a la lógica. Una obra de lenguaje afilado y palabras cortantes que también hieren las entrañas tanto o más que las espadas sobre la arena.
Una obra imperecedera que recoge, con pulso firme y maduro, los elementos más destacables, vivos y funcionales del Arte nuevo de hacer comedias. Una obra de orfebrería teatral donde las sombras hablan, murmuran entre las esquinas y se erigen casi como un personaje corpóreo más.
Una obra donde late con fuerza el espíritu de aquel Federico García Lorca, donde habita la pureza nómada de La Barraca y la verdad del teatro del pueblo. Una propuesta de la Compañía Nacional de Teatro Clásico bajo la dirección de la siempre impecable Laila Ripoll, quien firma una de sus puestas en escena más personales e inspiradas.
Teatro áureo
Una obra de envidias soterradas y celos enfermizos; retrato fiel de un mal endémico que parece grabado a fuego en nuestra propia naturaleza. Una obra donde el oficio de Toni Misó y la frescura escénica de Víctor Sáinz sobresalen con luz propia en cada intervención, otorgando al texto una verdad tangible. Una obra donde el resto del elenco, cómplice absoluto de la propuesta, se muestra cargado de emociones sinceras e interpreta el verso con una maestría y una naturalidad que se agradece.
Una obra de pasión desmedida y de misterio rural. Una obra con alusiones directas a La Celestina en la siniestra naturaleza de su alcahueta y en el simbólico collar donado como premio y condena. Una obra de contrastes absolutos, con un noble caballero que representa la virtud y un caballero rastrero movido por el rencor.
Una obra donde el sueño premonitorio y los avisos del más allá no logran que el protagonista se retire de su empeño fatal. Una pieza perfecta con dama y con hermana, con padre protector y con soberano justiciero, para no ser menos en el engranaje del teatro áureo.
En definitiva, una obra de referencia obligada y estudio constante del teatro bien hecho. Una obra con una puesta en escena delicada, de buen ritmo, elegante y respetuosa con un texto excelente. Una joya que uno nunca, por muchas veces que regrese a ella, se cansa de ver si nos la ofrecen sobre las tablas con tanto talento dentro.
El caballero de Olmedo, de Lope de Vega, adaptada y dirigida por Laila Ripoll, en el Teatro de la Comedia de Madrid hasta el 22 de noviembre
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