Desde hace años venimos oyendo el mismo mensaje, comer bien y hacer ejercicio es la clave para vivir más y mejor. Superalimentos, modelos de entrenamiento y estilos de vida saludables se han transformado en una auténtica e ineludible obsesión colectiva. Pero hay otro hábito diario mucho más sencillo que no se suele comentar y que puede suponer una auténtica diferencia en la forma en la que envejecemos.

El sueño como freno del envejecimiento

Dormir entre siete y nueve horas cada noche hace posible que el organismo repare tejidos, logre el equilibrio hormonal y consolide la memoria. Cuando el descanso se debilita, el cuerpo se encuentra en un estado de alerta lo que provoca un desgaste físico y mental con el tiempo.

Un hábito muy poderoso

Numerosos estudios sobre la salud han concluido que una falta de sueño se asocia a una menor esperanza de vida. De hecho, el mal sueño puede ser más perjudicial que una mala alimentación o el sedentarismo, solo por detrás del tabaquismo.

El envejecimiento empieza por la noche

El sueño tiene efectos en forma directa en la salud cardiovascular, el sistema inmunitario y el cerebro. Dormir poco de forma habitual aumenta la probabilidad de sufrir enfermedades crónicas y resta el potencial del propio organismo para defenderse y regenerarse.

Cómo afecta a las células las horas de sueño

Cuando el tiempo de descanso se acorta de forma continua, los procesos de envejecimiento de las células son mucho más acelerados y se percibe en nuestro organismo. La privación de sueño afecta el metabolismo, el control del estrés y la homeostasis que mantiene al organismo en estado óptimo.

Priorizar el sueño en la vida diaria

Descansar de manera adecuada no supone recuperar horas de sueño que se han perdido en algún momento determinado. La regularidad en los horarios y un entorno propicio, y son los que producen efectos a largo plazo y ayudan a que el cuerpo se comporte de manera estable durante mucho más tiempo.

Dormir mejor para vivir más años

Dormir adecuadamente debe ser una prioridad del día a día que tendrá repercusiones en profundidad a largo plazo. Dormir lo suficiente nos ayuda a tener más energía, más concentración y, en general, sentir un mayor bienestar, además de considerarse un pilar esencial para una vida más larga.

En una sociedad que aprecia el trabajo incesante, el sueño parece quedar excluido. Sin embargo, los datos nos indican que un buen descanso se convierte en una necesidad básica para mantener la salud a medida que transcurre el tiempo. Valorar el descanso tiene que ver con pequeños cambios que deben mantenerse en el tiempo.

Apagar las pantallas antes de dormir, respetar horarios y establecer rutinas relajadas son todo un conjunto de hábitos que favorecen y producen un descanso de calidad, gestos simples que ayudan a desestresar, a una mejor recuperación física y mental. Cuando se duerme bien, el cuerpo recupera sus fuerzas, responde mejor, envejece más lentamente y mantiene durante más tiempo la regulación de sus funciones esenciales, que se traduce en mayor vitalidad y bienestar a largo plazo. Con la edad, esta prestación se convierte en un aliado a lo largo de toda la vida y supone un refuerzo para la salud a lo largo de los años.

Por lo tanto, dormir bien ya no es un aspecto secundario, sino que se convierte en un potentísimo pilar para retardar el envejecimiento y vivir más y mejor. Un simple gesto mantenido a lo largo del tiempo marca la verdadera diferencia en la forma de envejecer. Cuidar el sueño y dormir las horas necesarias cada jornada es cuidar la vida desde dentro cada noche.