Lo que pasa en el Ártico no se queda en el Ártico, es un mantra que se lleva años repitiendo para avisar de que los cambios es en el ecosistema Ártico -motivados por el el impacto del cambio climático antropogénico- no se quedan allí y afectan de muchas maneras al clima de todo el mundo en forma de fenómenos meteorológicos extremos, mayor calentamiento global o subida del nivel del mar.
El cambio climático también está reconfigurando el tablero geopolítico en torno a una región que, sin hielo, ofrece recursos mineros, pesqueros y nuevas rutas comerciales. La ambición de Putin y Trump se extiende por esta región que, paulatinamente, deja atrás la época de colaboración entre naciones árticas en materia de investigación científica y económica para entrar en competencia.
Lo que no está claro es si su ambición les deja ver que los cambios que se están produciendo en la región no son tan previsibles. Sorpresas que pueden limitar todo las explotaciones que puedan tener previstas para la región.
El cambio climático se aprovecha, pero no se estudia
El negacionismo de Trump sobre el cambio climático no es una posición intelectual, sino una posición política interesada. El anuncio de la Casa Blanca de la salida del país de la Convención Marco sobre Cambio Climático de la ONU, así como varias instituciones e iniciativas científicas que abordan los cambios que sufre el planeta por el uso de combustibles fósiles no significan que el país no sea consciente de la realidad climática.
“Las Fuerzas Armadas y los servicios de inteligencia de EE UU han realizado durante décadas análisis sobre el impacto del cambio climático a nivel mundial, incluido su efecto en el Ártico sobre las rutas marítimas, la solidez del agua, el equipo militar y las inversiones, así como sobre la dinámica de los conflictos. Aunque este aspecto quizá no esté presente de ese modo en la mente del presidente estadounidense, el cambio climático ha influido y sigue influyendo en el aumento de la importancia estratégica de la región ártica, incluido Groenlandia.”, asegura Jakob Dreyer, investigador en política climática y de seguridad en la Universidad de Copenhague.

“La región ártica ha sido un raro espacio de colaboración entre Rusia y Occidente, incluso durante la guerra de Ucrania. Las ambiciones de Trump apuntan en otra dirección: más competencia, menos cooperación. Además, Groenlandia alberga ya bases estadounidenses; la novedad es el lenguaje explícito de anexión. Ningún presidente lo había planteado con esa franqueza”, explica Mira Milosevich, investigadora del Real Instituto el Elcano.
También hay un factor ambiental: la explotación minera de Groenlandia solo será viable dentro de 20 o 30 años, a medida que el deshielo avance. Aunque Trump niegue el cambio climático, lo da por hecho porque ve oportunidades en él. “Sabe que el calentamiento global abrirá rutas y facilitará el acceso a recursos. De hecho, la obsesión de Trump tiene mucho que ver con China, que está invirtiendo masivamente en la región. Pekín participa en proyectos mineros, compra infraestructuras en puertos clave y aprovecha las nuevas rutas marítimas del norte, que acortan sus exportaciones en más de tres semanas”.
La administración estadounidense está asfixiando iniciativas de investigación de décadas. Michael Byers, profesor de Relaciones Internacionales en la Universidad de Columbia Británica, denuncia que “se ha producido una reducción sistemática de la financiación de la ciencia”, algo especialmente grave en una región que actúa como termómetro del cambio climático global.
Estados Unidos ha recortado el apoyo a programas de investigación climática, ha reorientado la planificación científica hacia objetivos de seguridad nacional y ha terminado condenando al cierre a instituciones clave de coordinación científica en el Ártico. El pasado septiembre el Consorcio de Investigación Ártica de los Estados Unidos (ARCUS, por sus siglas en inglés), con cerca de cuatro décadas de singladura y un papel vital en la coordinación de la investigación ártica, anunció su fin ante el tijeretazo de la financiación estatal.

“Tras casi cuatro décadas al servicio de la comunidad investigadora del Ártico, el Consorcio de Investigación Ártica de los Estados Unidos (ARCUS) ha llegado al final de su andadura”, reza el comunicado final. “En nombre de la Junta Directiva de ARCUS y de todo el personal de ARCUS, queremos agradecerles los muchos años de colaboración, apoyo y asociación que han hecho posible la existencia de ARCUS. Hemos disfrutado enormemente trabajando con esta comunidad y creemos que el objetivo de ampliar la participación en la investigación, la educación y las políticas centradas en el Ártico sigue siendo una misión importante que cumplir”, señaló como reproche velado al republicano.
Investigadores implicados en el consorcio declinaron comentar con este diario las repercusiones de su cierre. El consorcio había proporcionado apoyo a la estación de campo Toolik en Alaska, el mayor centro de investigación de Estados Unidos en la región. Su futuro y el de los estudios del Ártico plantea ahora un interrogante sin resolver. “Realmente necesitamos personal sobre el terreno para estudiar lo que está sucediendo”, señaló al New York Times Brian Barnes, profesor de la Universidad de Alaska Fairbanks y codirector científico de la Estación de Campo Toolik.
La eliminación de programas de observación -incluidos sistemas que proporcionaban datos esenciales sobre hielo marino, grosor de nieve y glaciares en el Ártico administrados por la Administración Nacional Oceánica y Atmosférica (NOAA) y el National Snow and Ice Data Center (NSIDC)- afectan ya a los investigadores europeos y a sus estudios sobre la zona. En ese contexto, Byers concluye que “no veo un interés realmente serio por parte de la administración Trump en el Ártico” más allá de la retórica de poder.
La ralentización de la AMOC
Cualquier negacionista diría que no es necesario investigar el cambio climático, las administraciones rusa y estadounidense aspiran al dominio de la mayor parte del Ártico porque los cambios del ecosistema favorecen sus ambiciones, pero el cambio climático previsto puede dar muchas sorpresas a los políticos, desencadenando fenómenos no esperados o escenarios como el derretimiento del permafrost y el posible colapso de la circulación del Atlántico, de la AMOC que podría afectar de manera determinante a Europa y al Ártico. Fenómenos que requieren mucha investigación científica para hacer seguimiento y previsión que puede salvar vidas.
“En la Tierra todavía nos quedan dos grandes masas de hielo. Esas dos masas, Antártida y Groenlandia, cuando colapsan, meten una cantidad tremenda de agua dulce en el mar”. Son las dos únicas zonas del planeta que no se está calentando el océano. “Están recibiendo agua de deshielo, agua fría; si no, también se calentarían. ¿Y qué pasa con esa agua de deshielo? En el Atlántico Norte provoca este colapso de la AMOC, que haría que las temperaturas medias en Europa bajarán unos 2 o 3 grados, que puede sonar poco, pero en realidad es una barbaridad”, explica Francisco Jiménez Espejo, geoquímico experto en paleoclima, coautor de El dios incomprendido. El desafío del clima en la historia de la humanidad (Desperta Ferro). En su libro, Jiménez Espejo aborda cómo el clima ha sido determinante la historia, llevando a imperios a profundas crisis.
El colapso de la AMOC llevaría a Europa, según el principal investigador de este fenómeno, Stefan Rahmstorf, codirector del Departamento de Investigación sobre Análisis del Sistema Terrestre del Instituto de Potsdam para la Investigación del Impacto Climático (PIK), a una situación peor de la que vivió Europa en la Pequeña Edad de Hielo. Además de las múltiples repercusiones sociales, políticas y económicas que tendría para Europa esta bajada de temperaturas, un cambio así afectaría a las rutas marítimas que se espera que se abran con el debilitamiento del hielo ártico. Algunos estudios apuntan a que el debilitamiento del AMOC podría retrasar la desaparición del hielo, lo que tendría un efecto en las rutas comerciales. Si bien no está claro en qué grado.
El colapso de la AMOC, una amenaza ignorada por el IPCC
La circulación meridional de vuelco del Atlántico Norte (AMOC, por sus siglas en inglés) preocupa cada vez más a los expertos. Se trata de un sistema de corrientes que conecta todos los océanos del planeta, y que juega un papel fundamental en el clima mundial, enfriando las aguas cálidas que llegan procedentes de las zonas tropicales y transportándolas hacia el sur, donde inician de nuevo el ciclo. Este proceso ayuda a equilibrar la temperatura tanto de las regiones más cálidas como de las más frías del globo para que no sean tan extremas.
El último informe del IPCC consideraba muy improbable que se produjera un cambio abrupto en la AMOC durante este siglo. Pero cada vez más estudios sugieren lo contrario, alertando que hay indicios de que su colapso está cerca.
“Un apagado o debilitamiento de la AMOC conduce a impactos climáticos a gran escala, incluido un enfriamiento en el hemisferio norte (NH), una expansión del hielo marino del Ártico y un desplazamiento hacia el sur de la Zona de Convergencia Intertropical (ITCZ). Sin embargo, la homogeneidad y heterogeneidad de las respuestas climáticas regionales a una desaceleración de la AMOC siguen siendo poco claras, aunque son cruciales para una mejor comprensión de los registros paleoclimáticos y la evaluación de los impactos sociales regionales”, apuntan el estudio Revisando los impactos climáticos de una desaceleración de la AMOC: dependencia de las fuentes de agua dulce en el Atlántico Norte. Algunos estudios sostienen que el hielo del Ártico no se ha derretido más rápido por la ralentización del AMOC. Tanta inconcreción lo que demuestra es que la necesidad de la existencia de investigaciones que Trump quiere que desaparezcan.
El permafrost, el suelo se derrite
El suelo de gran parte del territorio del círculo polar Ártico está congelado, se denomina permafrost, permanentemente helado hasta ahora, que las subida de las temperaturas lo ponen en peligro. El deshielo acelerado del permafrost está convirtiendo el Ártico en una fuente de vulnerabilidad creciente para Rusia, al socavar simultáneamente los pilares económicos y militares de su estrategia en la región. Esta es la conclusión del análisis del Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea, The Northern Frost, publicado por este organismo.
El deshielo afecta a infraestructuras críticas levantadas sobre terreno que antes permanecía permanentemente congelado y que ahora se vuelve inestable, con implicaciones directas para la capacidad del Kremlin de sostener su presencia en el llamado “escenario norte”.
Según el análisis del Instituto de Estudios de Seguridad de la Unión Europea, una parte esencial de la economía rusa depende de la explotación de hidrocarburos en el Ártico, donde se concentra la mayor parte de su producción de gas y una fracción significativa de su petróleo. Oleoductos, gasoductos y complejos mineros asentados sobre permafrost, incluidos grandes sistemas como los centros de procesamiento y licuefacción Yamal 1 y 2 y los gaseoductos Power of Siberia 1 y 2, están expuestos a hundimientos, deformaciones y fallos estructurales que pueden interrumpir el flujo de exportaciones energéticas que sostienen las finanzas del Estado.
El impacto no se limita al ámbito económico. El documento subraya que instalaciones militares estratégicas, entre ellas bases que alojan bombarderos y activos clave de la Flota del Norte, también están en riesgo por la degradación del suelo ártico. Este centro de investigación europeo considera que los costes de adaptación, que aseguran que los rusos tienden a infravalorar, se suman a las restricciones presupuestarias derivadas de la guerra en Ucrania y las sanciones, comprometiendo la capacidad de Moscú para mantener y modernizar su huella militar en la región.
Un problema al que no es ajeno EEUU que en su Informe sobre el impacto del cambio climático sobre el Departamento de Defensa señala al permafrost como un problema para las infraestructuras militares en Alaska. En este estado ártico de EEUU está construido uno de los dos túneles militares cavados en permafrost con fines militares. Se trata del Túnel de Permafrost en Fox, que mantiene el Laboratorio de Investigación e Ingeniería de Regiones Frías del Ejército de los Estados Unidos. Una infraestructura en la que se hacen estudios militares, geológicos, paleontológicos y de cambio climático. El otro túnel cavado en permafrost pertenece al Instituto Melnikov de Permafrost y está en Yakutsk en la Siberia oriental.
Los gobiernos de Putin y Trump son oficialmente negacionistas, que lo son por decisión política, no intelectual, saben que el cambio climático es una realidad, pero optan por que juegue a su favor. En el Kremlin idealizan con un futuro en el que Siberia esté lleno de tierras fértiles que harán más rica a la Gran Rusia, pero la realidad es que el cambio climático nos mete en territorios que no conocemos y por eso los científicos quieren investigar.
“El clima es un sistema un poco caótico donde, cuando cambia una variable, no sabes muy bien cuál va a ser el resultado final. A pesar de todos los esfuerzos y de todo el trabajo maravilloso del IPCC, sigue siendo un sistema muy complejo. Se ha avanzado muchísimo respecto a los modelos de hace 15–20 años comparados con los de ahora y cabe esperar que dentro de otros 20 años se conozca más. Pero cuando uno cambia los gases de efecto invernadero, cuando cambia un parámetro importante del clima, no sabe muy bien cuál va a ser la consecuencia final”, reflexiona Jiménez Espejo.
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