Trump se pasea por Davos como el señorito gordo y Bovino se pasea por Minnesota como un Himmler de Los Simpson. El mundo va camino de ser otra vez un balón de playa (Chaplin) o una gran pieza de caza con los cuernos nevados, y Estados Unidos, la democracia más antigua al menos sobre el papel, que siempre miró a los demás como desde sus altas y canas pelucas y águilas, va camino del estado policial. No era tanto tomar Groenlandia para plantar bases lunares o minas de niobio, sino tomar Minnesota para plantar un fascismo corporativo con milicias de white trash. Trump se pasea con tirantes atómicos o económicos, como barras del signo del dólar que se le meten en los calzones, amenazando con aranceles o con la guerra como con la barriga, y Bovino se pasea con sus correajes finos como bigotillos finos, con sus botas y sus abrigos pesados y sobrecompensadores como bragueros, con su sonajero de insignias y espuelas, al mando de una milicia que detiene y ejecuta arbitrariamente a los ciudadanos. Algunos no quieren decirlo, pero este discurso de la fuerza y esta estética de la fuerza ya sabemos lo que significan. El imperialismo yanqui siempre fue hipócrita, pero la hipocresía ahora les parece un melindre. Ahora, un tío como empachado de anillos da órdenes al mundo y otro tío forrado de hebillas y cromados da órdenes para asesinar en la calle a los ciudadanos.

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Vemos a Trump y a Bovino y ya no podemos fingir que no sabemos qué es lo suyo, así que los tontos o los malvados que los defienden en España o Europa van a tener que reconocerlo también.

El liderazgo de Estados Unidos ha terminado, cosa que no significa que hayan terminado su imperio ni su dominio, sólo la excusa moral que tenían para desplegar portaviones, alas, banderas y hasta cantantes folk con su metralla de margaritas y flecos. El imperialismo americano, con bases puritanas, económicas e ideológicas, siempre fue matoncillo y pirata, pero también era consciente de la importancia de las alianzas estables y de mantener las esencias en las que fundaba su superioridad moral y su supuesta misión civilizadora. Era inevitable que hubiera en esto un componente de cinismo, pero se intentaba tapar con mitología, propaganda y un poco de lo que se podría llamar el filtro blanco. Quiero decir que la república americana inspira con sus pergaminos, mármoles y hasta trompetazos salvo que consideremos que todo ese grandilocuente humanismo, anterior incluso a la Revolución Francesa, sólo fue aplicable, al menos hasta mediados de los 60, a la gente blanca. Y a partir de ahí, tampoco estamos del todo seguros.

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La república estadounidense era de blancos y era de puertas hacia dentro, porque fuera no tuvieron muchos problemas en patrocinar dictaduras y colocar a sus “hijos de puta” con gorra, pistolón y maracas de huesos. Además del filtro blanco, y del filtro del dólar, o sea del negocio, funcionaba algo así como la deuda histórica europea, eso de que nos solventaran dos guerras mundiales y nos protegieran en la Tercera, o sea la Guerra Fría, y en la Cuarta, o sea la guerra contra el terrorismo islamista. Estados Unidos nunca fue, en realidad, tan inspirador, aunque quizá queríamos creer que esos bostonianos con sombrero de tres picos, esas frases de sus frontispicios y documentos y hasta ese George Washington con palustre masónico eran mejor fundamento democrático y liberal que la guillotina. Todas las excusas que podía tener Europa para consentir u olvidar lo que hacía Estados Unidos han desaparecido. Si el comercio es sólo piratería, si Estados Unidos ya no protege a sus aliados porque el concepto de aliado ya no existe, sólo el de socio momentáneo y siempre pactable; si la democracia como ideal o siquiera como negocio ha dejado de importarles, no ya en el Caribe o en el Monzón sino en su propia tierra; si Washington se ve más cerca de Weimar que de Filadelfia; si los Estados Unidos ya sólo son un peligro con sus actos, sus motivaciones y su inspiración, ya no queda alianza, deuda, interés ni ceguera que se pueda mantener por parte de Europa.

Trump se pasea en tacataca atómico por un Davos que parece un lago congelado y Bovino se pasea en sidecar por una Minneapolis de cristales rotos. Si teníamos dudas sobre la vuelta del fascismo, ahí lo tenemos con amenazas, expansionismo, pistolera, pantaloncito tirolés, guerrera llena de chapas, sobrecompensadoras como zapatos con alzas, y muertos en los bordillos. Estados Unidos, o su gobierno al menos, es ahora un enemigo de la democracia, de la moral y hasta del orden internacional que antes impulsó sus negocios e incluso sus injusticias. Es un enemigo de Europa también, no sólo porque nos abandone a Rusia o porque amenace con aranceles o con llevarse nuestras islas como si raptara a unas indígenas. Lo es, sobre todo, porque allí han resucitado unos fantasmas que aquí creíamos que no volveríamos a ver.

Trump y Bovino ya no se esconden, son lo que parecen. El nuevo orden mundial a lo mejor es que los crueles ya no sienten necesidad de la hipocresía ni excusa para su crueldad. Ahí están, con sus salivazos de plomo, con su correaje animal, con sus capotes negros, con su fetidez histórica, con sus armas en la ingle y en las sienes. No se puede caer en esa superioridad o esa pereza de pensar que esto pasa en Estados Unidos porque no tienen historia, porque al lado de la vieja Europa lo suyo es sólo como una película de vaqueros de hora y media. Lo nuestro es peor, es más peligroso todavía, porque pasamos por todos los totalitarismos y hemos demostrado que no aprendimos nada. Vemos a Trump y a Bovino y ya no podemos fingir que no sabemos qué es lo suyo, así que los tontos o los malvados que los defienden en España o Europa van a tener que reconocerlo también. Aquí aún no van con cincha para el cojón descolgado y pistola por los tobillos, como un bajito que arrastra el espadín. O quizá sí, que tampoco se puede decir que no los vimos venir.