Juan Enrique Soto llega puntual a la cita bajo una lluvia madrileña que define como “hostil”. Casi resulta irónico que ese sea el adjetivo elegido cuando la conversación va a girar en torno a su libro El rostro del mal y a la idea de cómo nace la violencia extrema. Desde esa perspectiva, Soto nos guía por un territorio donde la psicología y la criminología se cruzan con la experiencia policial.
Psicólogo y policía nacional con más de 30 años de experiencia, Soto fue el impulsor de la Sección de Análisis de Conducta (SAC), una unidad especializada que investiga homicidios, agresiones sexuales y desapariciones complejas desde una perspectiva psicológica. Su trabajo consiste en traducir comportamientos en pistas y convertir la intuición policial en método. Esto le ha llevado a formar parte de grandes investigaciones y tratar con personajes como José Bretón o Miguel Carcaño, asesino de Marta del Castillo.
“Cuando empecé en homicidios me di cuenta de que los agentes con experiencia ya hacían análisis de conducta, pero de forma intuitiva. La psicología aporta un plus que antes no se consideraba”, explica Soto en una entrevista con El Independiente. España no podía replicar el modelo del FBI, cuenta, porque ellos trabajan con bases de datos enormes y aquí no existen suficientes casos graves como para que ese sistema funcione. La alternativa fue analizar cada crimen como un “universo propio”. La SAC empezó con cinco personas y hoy son más de una docena.
Matar no es sólo cosa de psicópatas
Pero más allá del método, Soto insiste en una idea que atraviesa toda la conversación: la violencia no es patrimonio exclusivo de perfiles extremos ni de grandes psicópatas.
Pregunta.- ¿De verdad cualquiera podría llegar a matar?
Respuesta.- (J.E. Soto) Estoy absolutamente convencido. Desde niños competimos y adquirimos modelos de conducta de nuestros padres, de la escuela, de la televisión. Luego aparece lo que yo llamo el ‘pistoletazo’, una situación límite que lo activa todo. Sin haberte puesto en ese lugar, nadie puede asegurar que no lo haría.
Para Soto, el mal surge cuando se mezclan biología, experiencia y entorno. Como policía, investigador y psicólogo, reconoce que convivir a diario con esta realidad exige una coraza emocional. “Te creas un escudo. Ser parte del sistema judicial te da perspectiva. Después de 30 años veo que los policías se acercan al sufrimiento cuando lo natural sería alejarse”. Lo lógico sería alejarse de un trabajo que te hace vivir experiencias tan duras pero sin embargo, por su sentido de la responsabilidad, los policías se exponen a diario a estas circunstancias con el desgaste que implica.
Una de las claves que atraviesa todo el libro y que el investigador considera imprescindible para entender el comportamiento criminal es la empatía. “Es como un interruptor. Puedes ver a alguien siendo agredido y empatizar automáticamente. Pero si te dicen que esa persona es un estafador, tu cerebro desconecta esa zona y activa otra relacionada con la justicia y entonces empiezas a pensar que igual se lo merece”.
P.- ¿Eso mismo ocurre en los agresores?
R.- (J.E. Soto) Exactamente. En el criminal se apaga el interruptor de la empatía para buscar, generalmente, autosatisfacción o venganza. No es que no sepan distinguir el bien del mal. Reorganizan su sistema de valores para justificar sus actos. Cuanto peor es lo que hacen, más convencidos están de que tienen razón y de que está justificado.
ETA y el "mal estructural"
Durante el libro, Soto explica que existe un “mal estructural” que se ha dado a lo largo de la historia. Es aquel en el que “no se requiere a nadie que odie o desee destruir nada, basta con que se acepte el estado de las cosas”. Ese entorno condiciona profundamente cómo se desarrolla una persona. “No es lo mismo crecer en un lugar seguro y estable que hacerlo en uno donde la violencia se normaliza desde joven”, señala. Esa violencia cotidiana, integrada en la vida diaria, moldea tanto las creencias sobre lo que está bien o mal como la forma de relacionarse con los demás. En esos contextos, ejercer control sobre otros deja de percibirse como algo excepcional y pasa a formar parte del paisaje habitual.
P.- Usted habla del mal estructural. ¿Criarse en un entorno como el País Vasco durante los años de ETA condiciona?
R.- (J.E. Soto) La educación y el entorno pesan muchísimo. Cuanto más radical es el lugar donde te crías, más fuerte es esa mentalidad y más difícil resulta romperla. El individuo acaba asumiendo como normal lo que en realidad es violencia justificada.
P.- ¿Y existe espacio para el arrepentimiento en esos casos?
R.- (J.E. Soto) Depende mucho del contexto. No es lo mismo cumplir condena rodeado de personas que refuerzan tus ideas que estar solo y recibir otros mensajes. Ahí es donde entra la justicia restaurativa, que es cuando un condenado pide perdón a su víctima y hay detrás un proceso emocional real. En esos casos sí podemos hablar de remordimiento y sentimiento de culpa.
El mal como algo adictivo y burdo
En ese tipo de entornos, explica Soto, no solo se moldean ideas, también cambia la manera de mirar al otro. La violencia cotidiana deja de parecer excepcional y se integra en la rutina. Por eso, controlar, humillar o imponerse deja de sorprender, se convierte en parte del paisaje habitual.
“El poder es adictivo”, afirma. Igual que existen adicciones con sustancia, también hay adicciones sin ella. Y quien ha experimentado el poder no quiere perderlo. No hace falta llegar al delito para verlo: aparece en gestos cotidianos como desprecios, humillaciones o insultos. Son pequeñas formas de ejercer control que revelan que el mal puede ser mucho más burdo y cercano de lo que imaginamos.
Soto subraya que la clave para evitar la violencia y la crueldad cotidiana no está solo en la ley o en la fuerza policial, sino en la educación emocional y social. “Pasar del ‘yo’ al ‘nosotros’ significa reconocer que el otro tiene derechos, que no es un simple instrumento para nuestros fines”, explica. Antes de actuar, debemos pensar en cómo nuestras decisiones afectan a los demás. Este aprendizaje social y emocional ayuda a contener impulsos dañinos y a construir relaciones más responsables.
Bretón y Carcaño: dos maneras de seguir haciendo daño
Enrique Soto ha trabajado con algunos de los crímenes más mediáticos de España como José Bretón y Miguel Carcaño. En el caso de José Bretón fue condenado por asesinar y quemar a sus dos hijos pequeños, Ruth y José, en 2011, en un crimen premeditado que simuló una desaparición para causar daño a su expareja. Fue uno de los casos más mediáticos de violencia vicaria.
Miguel Carcaño fue condenado por el asesinato de Marta del Castillo, una adolescente de 17 años desaparecida en 2009, en un caso que conmocionó a España ya que, tras declarar que había cometido el delito, decidió no decir dónde estaba el cuerpo de la joven.
P.- ¿Por qué actúan de manera tan distinta tras cometer sus crímenes?
R.- (J.E. Soto) Porque parten de motivaciones muy diferentes. José Bretón tiene una motivación de venganza: quiere hacer sufrir, y esa intención lo mantiene incluso en prisión. Cada acción que toma sigue dirigida a ejercer control y prolongar el dolor. (Como la publicación del libero Odio). Miguel Carcaño, en cambio, se mueve desde el cálculo. Su motivación negativa es más “práctica”, el silencio le resulta más barato que la verdad. Para él, callar evita consecuencias personales más graves, aunque suponga un daño infinito para la familia de Marta del Castillo.
P.- ¿Todos los perfiles criminales responden igual a la rehabilitación?
R.- (J.E. Soto) No. Con ciertas personalidades perversas, la terapia basada en empatía puede ser inútil. Si le explicas a un sujeto cuánto sufre su víctima, puede usar esa información para perfeccionar el daño. Tampoco existen soluciones rápidas como la castración química: puede anular la función sexual, pero el individuo puede canalizar su agresión por otros medios.
P.- ¿Se puede cortar el círculo de la reincidencia?
R.- (J.E. Soto) Sí, pero requiere generar sensibilidad y nuevas actitudes. El cambio real llega cuando el impulso de hacer daño se ve contenido por aprendizajes y reflexiones. En otras palabras, lo que mueve a la persona debe transformarse, no solo limitarse su acción.
La banalización del horror
El true crime se ha convertido en un fenómeno cultural, hay series, podcasts, documentales y memes que giran en torno a crímenes atroces. Pero, alerta Soto, esta exposición constante al mal tiene un efecto inquietante ya que hace que nos acostumbremos a él, lo normalizamos y, sin darnos cuenta, podemos convertirlo en algo trivial.
“El mal puede parecer banal, pero es horrendo, lo banal somos nosotros por cómo participamos en él”, recuerda, citando a Hannah Arendt. Por eso, valora especialmente trabajos como No está sola, sobre el caso de La Manada, que desplazan el foco del agresor hacia la víctima, mostrando el daño real en lugar de alimentar el morbo o la fascinación por el criminal.
P.- ¿Deberíamos sentir pena o justificar a quienes cometen un crimen tan grave? R.- (J.E. Soto)- Pena, no; justificar, tampoco. Lo que sí debemos hacer es comprender. Analizar las circunstancias, las motivaciones y las emociones que llevan a alguien a hacer daño grave nos permite prevenir futuros casos y actuar con eficacia.
Pero comprender no elimina la responsabilidad, lo que se hizo está mal y quien lo hizo debe responder por ello. La empatía y la observación del comportamiento ajeno son herramientas de prevención e intervención, no excusas. Todos somos capaces de cruzar la línea, y entender cómo surge el mal, cómo se gesta en la mente y en el entorno de una persona, es la mejor manera de contenerlo. La prevención comienza cuando dejamos de mirar hacia otro lado y enfrentamos aquello que preferimos no reconocer.
Soto termina la entrevista con El Independiente al igual que cierra el libro, con “la bondad como acto de resistencia”, recuerda que aunque la unidad que creó se dedica a intentar entender el mal, también hay que centrarse en entender cómo es posible el “triunfo social” de que la mayoría de las personas sean buenas.
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