A estas alturas quedan pocas ganas de escribir de David Uclés y de su libro, si es que alguna vez las hubo. Pero es el hombre del momento –"el chico", diría Pérez-Reverte–, y en los periódicos casi nunca escribimos de lo que queremos sino de lo que no nos queda más remedio. Nos guste o no, debemos atender la actualidad. Idealmente filtrarla, aunque no siempre es posible. Esta pepita es muy gorda y sigue en el cedazo. 

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En otras circunstancias, y como viene sucediendo en los últimos años, la publicación esta semana del Premio Nadal habría pasado inadvertida para los medios generalistas. Cabe suponer que la intención de los organizadores al elegir a Uclés, la última gran sensación editorial española tras el éxito de La península de las casas vacías, era que en esta ocasión no sucediera lo mismo y que se hablara del Nadal. Y desde luego lo han conseguido, gracias en parte al don de la oportunidad y al talento promocional de su autor.

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Resulta difícil escribir honestamente de La ciudad de las luces muertas sin un ápice de culpabilidad. Sin tener la sensación de formar parte de la pandilla de abusones, de la cultureta de amiguetes que espera a Uclés a la puerta del colegio para tomarle el pelo o algo peor. Perdón de antemano. Todo esto es el resultado de una serie de acontecimientos recientes: la estentórea espantada de Uclés de las jornadas organizadas en Sevilla por Pérez-Reverte, la no menos ruidosa reacción del creador de Alatriste y sus acólitos, la cancelación de las jornadas, el engolfamiento general de la conversación, devenida una vez más en enfrentamiento entre “fascistas” y “ultraizquierda”. Pero también del relato de sí mismo difundido por Uclés, ese niño que sobrevivió a las burlas y el acoso que padeció por ser distinto. 

Durante la presentación de su nuevo libro este miércoles en la Casa Batlló de Barcelona, Uclés intentó desactivar las demoledoras críticas que ya está recibiendo vinculándolas con la campaña de odio de la que dice ser víctima. No es fácil jugar al victimismo si se cuenta con el respaldo del primer grupo editorial de España –de Iberia, que diría él–, hablando desde el Paseo de Gracia, en esa joya de Gaudí cerrada para ti, y después de haber ejecutado con frialdad de veterano una jugada maestra contra el gran mandarín de la cultura española –o de la península, siguiendo su refitolero manual de estilo–.

Lo cierto es que ni siquiera los críticos que han reconocido simpatizar personal e ideológicamente con Uclés, como Jordi Gracia en El País, han sido capaces de decir algo bueno de este libro disparatado y sofocante. La vieja y dudosa bandera del realismo mágico, que el autor enarbola sin complejos, se hace jirones al leer este cuento juvenil hipertrofiado y tremendista, un "caos espaciotemporal", según propia definición (página 85), que salta de la trama a la prosa y de ahí contagia la maltratada sensibilidad del lector empeñado en llegar hasta la última página.

Uclés parece haber leído todas las guías de Barcelona, todas las cartelas de todos los museos municipales, ha pateado la ciudad, seguramente ha hecho alguna de las rutas literarias dedicadas a La sombra del viento con la ambición y la esperanza de tener pronto la suya propia, y todo eso lo ha digerido como en un mal sueño después de una cena copiosa. Carlos Ruiz Zafón es uno de los autores a los que Uclés secuestra violentamente para construir La ciudad de las luces muertas, una historia hecha a base de nombres propios y anécdotas malversadas en nombre de la imaginación y la literatura.

Que ni una ni otra son valores absolutos queda sobradamente demostrado leyendo este texto afectado, que parece escrito con el diccionario de sinónimos en la pestaña contigua del navegador, donde Julio Cortázar dice "che" y a Mario Vargas Llosa se le somete a una operación para cambiarle el corazón del lado izquierdo al derecho, porque "había dejado no solo de pensar como un hombre progresista, sino también de sentir como tal". Como Bernanos, Céline o Koestler, dice Uclés, a bulto. "¿No has pensado que tras la operación ya no te saldrán metáforas tan rotundas?", le advierte Cortázar. "Eso espero", podría haberle respondido Vargas Llosa, que en gloria está, hojeando este libro repleto de ellas.

Aunque la víctima principal de Uclés es Carmen Laforet, en lo que a ratos parece una venganza retorcida y gratuita contra la primera ganadora del Nadal. A la autora de Nada "la atmósfera de la ciudad le era lóbrega y lúgubre, atenazadora", porque se había criado en "la amplitud de las islas Canarias" y en Barcelona "la instauración de la dictadura había propiciado que las umbrías se tornaran más tupidas y las calles más estrechas". Pero Laforet ve la luz cuando es invitada a los juegos florales, "una celebración en la que se alzan unas voces contra otras", convocados clandestinamente y de madrugada en un lugar tan poco clandestino como el Ayuntamiento. Allí, la joven recibe una hoja mágica: el deseo que escriba en ella se hará realidad después de quemarla. Eso es lo que aparentemente precipita por accidente el "caos espaciotemporal", la oscuridad en la ciudad, la superposición de épocas, la promiscuidad de personajes ilustres de varios siglos y la muerte de miles de personas por aplastamiento de eras. "Delincuencia, vandalismo, checas republicanas, sacas nacionales, altercados por la turistificación; tiros de tropas napoleónicas; trifulcas por la droga", se describe en la página 206 sin ápice de ironía.

A medida que avanza la novela la fantasía se politiza y se descubre la verdadera razón del caos que reina en Barcelona. Aparece el fascismo. Un fascismo sin fascistas, eterno, omnisciente. "La oscuridad tenía una causa, y era política", descubren los intelectuales en cónclave que tratan de resolver el apagón sobrenatural.

El final de la novela, con una "boina de fuego" sobre Barcelona, es tan confuso que ni siquiera se corrobora el hallazgo causal de la oscuridad fascista. Lo único que queda claro al lector es que Destino, Planeta, quería darle el Nadal a Uclés, capitalizar su momento de éxito, y lo ha hecho a toda costa. Aun premiando una obra quizá rematada precipitadamente, y que desde luego no ha contado con la celosa labor editorial de la que su autor gozó en Siruela con La península de las casas vacías.

En noviembre escribíamos del discutido Planeta de Juan del Val, sus virtudes, sus defectos, sus muchas insuficiencias. Vera, una historia de amor no era el peor Planeta, pero evidenciaba que el Planeta va de mal en peor. El Nadal de Uclés demuestra que la lógica estrictamente marketiniana del premio mayor del grupo se ha contagiado a los premios más literarios. Hasta el punto de premiar un libro peor que aquel. Todo esto no es culpa de Uclés, que escribe así y está en su derecho de hacerlo, sino de la editorial que le premia y le edita y le hace un muy flaco favor en unas circunstancias que se han vuelto endiabladas por culpa de la polémica sevillana.