Durante un discurso en la Liberty University, en Virginia, el recién elegido presidente de Estados Unidos Donald Trump dijo que quería que Apple «fabricara sus malditos ordenadores» en Estados Unidos. Su idea para ello es implantar unos aranceles del 45% a todos los productos llegados desde China.

Para ello tendrá que convencer primero al CEO de Apple, Tim Cook. Pese a que esa tasa para los productos llegados de China que quiere instalar Trump es un magnifico acicate, Cook ya declaró en 2012 que «no fabricamos en Estados Unidos por el coste, sino porque el personal no está suficientemente cualificado».

Los costes de hacerlo aumentarían al menos un 50%, tal y como recoge el diario japonés Nikkei. Los dos mayores fabricantes del iPhone son Foxconn y Pegatron, que de momento se han mostrado reticentes a trasladar su producción a Estados Unidos. La primera ha afirmado que está estudiando la posibilidad, pero Pegatron ya ha dicho que los costes serían demasiado elevados.

El iPhone no sería el primer miembro de la familia Apple que se fabricara en casa. En 2013 Apple invirtió 100 millones de dólares para empezar a producir una parte de los Mac Pro en Estados Unidos, aunque su peso en los balances del gigante de Cupertino es infinitamente inferior al que tiene el iPhone.

Peligroso precedente

En mayo de 2013 Motorola tomó una decisión bastante sorprendente. La compañía, que por entonces era propiedad de Google, anunció que comenzaría a producir uno de sus modelos estrella, el Moto X, en una fábrica de la localidad texana de Fort Worth.

Motorola no escatimó en gastos. Adquirió una planta de producción que había sido propiedad de Nokia y contrató a 2.500 personas con la idea de poner en el mercado 100.000 modelos del Moto X cada semana. Las cosas no iban mal y, de hecho, la plantilla de trabajadores llegó a alcanzar picos de 3.800 personas. «Es un mito que no se pueda fabricar en Estados Unidos porque sea muy caro», afirmó el entonces CEO de Motorola, Dennis Woodside.

El Moto X tenía la peculiaridad de que el usuario podía elegir entre muchas opciones para diseñar la apariencia de su teléfono. Esa característica sirvió a Motorola para afirmar que el traslado a Estados Unidos sería rentable, pese al fuerte incremento en los costes que eso supondría. La versión oficial aludía a una mejora en la rapidez de la producción bajo demanda.

Pese al gran esfuerzo, los números no respondían. En el primer trimestre de su ejercicio fiscal de 2013 Motorola colocó en el mercado 900.000 terminales de su Moto X, que comenzó a un precio de 600 dólares y acabó bajando hasta 399 dólares. En ese mismo periodo Apple vendió 26 millones del iPhone 5S.

El modelo era insostenible y, cuatro meses después de la apertura de la fábrica, Google vendió Motorola a la firma china Lenovo por 2.900 millones de dólares. Por entonces, finales de 2013, comenzaron las reducciones de plantilla y en la primavera de 2014 Motorola anunció que a finales de ese año cerraría la fábrica, en la que ya sólo quedaban alrededor de 700 trabajadores. Las declaraciones del entonces presidente, Rick Osterloh, mostraban la magnitud del fracaso: «Nos hemos dado cuenta de que el mercado estadounidense es muy duro».

Amenaza de China

Ante la posibilidad de que Trump imponga un arancel del 45%, una cantidad arbitraria, a los productos fabricados en China, el gigante asiático ya ha comenzado a amenazar con posibles consecuencias. Según un editorial de diario Global Times, un medio propiedad del Gobierno, China comenzaría a reducir sus pedidos de iPhone y podría cancelar acuerdos que afectan a otras empresas estadounidenses.

En concreto, esta publicación hace alusión a la cancelación de pedidos al gigante de la aviación Boeing, que luce bandera estadounidense y tiene su sede en un rascacielos de Chicago, para otorgarle los contratos a Airbus, la alianza europea que tiene su sede en Toulouse y en la que participa España con un gran centro de producción en el municipio madrileño de Getafe.