Cuando se habla de madres trabajadoras (perdón por la redundancia) se suele vincular con los retos y las desigualdades que sufren las mujeres en el mercado laboral. Menos conocidos son los efectos positivos en los hijos de que sus madres tengan una profesión.

Según la investigación de Kathleen L. McGinn, profesora de Administración de Empresas en la Universidad de Harvard, las hijas de mujeres que trabajan tienen más posibilidades de llegar a puestos de responsabilidad y logran salarios más altos que aquéllas cuyas madres no tuvieron un trabajo remunerado.

Las hijas de mujeres trabajadoras tienen más posibilidades de llegar a puestos de responsabilidad

Después de estudiar las respuestas de más de 30.000 hombres y mujeres de 24 países desarrollados (incluido España), la conclusión principal es que haber tenido una madre que haya trabajado cuando sus hijos eran menores de 14 años afecta positivamente en su vida adulta.

A ellas les influye en la carrera laboral (tienen un 4,5% más de probabilidades de tener un trabajo y ganar más dinero); y a los hombres en su vida familiar (dedican de adultos más horas a las tareas del hogar y pasan más tiempo con sus hijos).

“Mis hijas jugaban a que tenían apuntes, hacían que escribían con la carpeta aunque no sabían todavía ni leer ni escribir”, cuenta Cecilia de Molina, una maestra de Córdoba ya jubilada que ejerció la enseñanza durante 40 años. “Que los niños no te vean perdiendo el tiempo, sino trabajando, estudiando y teniendo responsabilidades transmite muchos valores”.

Cecilia, de 71 años, además de Magisterio, se sacó tres carreras (Filosofía y Letras, Educación Especial y Derecho) mientras sus dos hijas eran pequeñas. “Eran los años setenta y no era tan habitual que las madres trabajaran ni fueran a la Universidad. Contagiar las ganas de aprender y darles una buena educación es lo mejor que les puedes dar a los hijos”. Y añade: “Trabajar aporta mucho más que dinero, también unos valores”.

Los niños con una madre trabajadora pasan más tiempo con sus hijos cuando son adultos

El efecto de haber tenido una madre trabajadora, según el estudio de Harvard, también se deja notar en el futuro liderazgo de las hijas. Un 33% de ellas llegan a tener un puesto de responsabilidad en su empresa, frente al 25% de las hijas cuya madre no tuvo un empleo remunerado en su infancia. En el caso de los hombres con empleados a su cargo, sin embargo, no había diferencias significativas.

Según explica McGinn en Harvard Business Review, “no sólo estás ayudando económicamente a tu familia y desarrollándote profesional y emocionalmente si tienes un trabajo que te gusta, también estás ayudando a tus hijos. Tanto para las madres como para los padres, trabajar dentro y fuera de la casa da a tus hijos una señal de que las contribuciones en el hogar y en el trabajo son igualmente valiosas, tanto para hombres como para mujeres”.

Teresa San Segundo Manuel, directora del Centro de Estudios de Género de la UNED, lleva con orgullo que sus dos abuelas fueran universitarias, una farmacéutica y otra maestra: “Me transmitieron siempre una imagen de realización personal”. Su abuela (nacida en 1898), que estudió la carrera de Farmacia, iba a la Universidad “con una acompañante que la vigilaba por imposición de la residencia de monjas donde vivía y antes su padre tuvo que pedir permiso al Obispado para que le permitieran estudiar”.

Mi abuela tenía que ir con una acompañante a la Universidad para que la vigilara”, cuenta una catedrática

“En realidad, no hace tanto de aquello”, añade San Segundo, “pero parece mentira que todavía haya que explicar que tener una madre trabajadora es tener una madre poderosa, independiente y abierta al mundo. Y esa autonomía personal y económica es aún más importante ahora”.

A Valentín Martínez-Otero, profesor de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid, no le cabe duda de que “la realización profesional de los progenitores afecta de forma muy positiva en los hijos. Y no sólo porque mejora su estado anímico, también se asocia a valores beneficiosos como la responsabilidad, la independencia y el aprovechamiento del tiempo”.

Sentirse culpable

El beneficio para las mujeres de sentirse realizadas fuera de casa es enorme, “porque la independencia económica repercute en la felicidad individual y les da más libertad a ellas y a sus hijos de elegir la vida que quieren tener”, afirma Lupe Bohorques, profesora de Derecho Constitucional y Ética en la Universidad Europea de Valencia. “Sin embargo, hay un sentimiento entre las mujeres por la idea de no poder estar en todo, de no ser capaz de llegar a la función de teatro de los hijos. Las desigualdades no sólo están en los salarios, también en el imaginario colectivo”.

El reparto desigual en las labores del hogar explica que la sensación de no tener tiempo sea más frecuente entre las mujeres

No es sólo un sentimiento. Son matemáticas. La desigualdad que todavía existe en el número de horas dedicadas a las labores del hogar explica que la idea de no tener tiempo para todo sea más frecuente entre las mujeres. En países desarrollados, en familias donde tanto el padre como la madre trabajan fuera de casa, ellas dedican de media ocho horas semanales más al cuidado de los demás miembros de la familia y otras tantas a tareas del hogar. Es decir, más de 16 horas en total. O lo que es lo mismo, el equivalente a dos jornadas de trabajo a tiempo completo que se suman a las ya trabajadas fuera.

“El sentimiento de culpabilidad por no estar con los hijos, el estar preocupada minuto a minuto por no estar con ellos, es fundamentalmente social porque nos han educado en que la responsabilidad de la familia se carga sobre la mujer”, observa San Segundo.

“El problema es que todavía se atribuye socialmente a ellas la responsabilidad exclusiva o prioritaria del cuidado de los hijos y de las personas en general”, explica Nuria Sánchez Mira, doctora en Sociología Investigadora del Centre d’Estudis Sociològics sobre la Vida Quotidiana i el Treball de la Universidad Autónoma de Barcelona. “Esa responsabilidad es asumida de tal modo por las mujeres que tiende a traducirse en dicho sentimiento de culpa cuando las exigencias del mercado laboral y la debilidad de las políticas públicas de cuidado a las personas nos impiden llegar a todas partes”.

En consecuencia, la brecha entre la implicación de los padres y las madres todavía es desgraciadamente indisociable de las carreras laborales de las mujeres. “Prácticamente la totalidad de las personas que se acogen a permisos y excedencias por razones de cuidado son mujeres”, destaca Sánchez Mera. “Y muchos hombres no se están acogiendo a los 15 días de permiso de paternidad a los que tienen derecho”.

Opina Cecilia de Molina que las tareas del hogar no son sólo de los padres, también de los hijos. “Mis hijas se tomaban las tareas de casa como algo de todos. Como mi marido y yo trabajábamos, ellas ayudaban mucho en casa porque veían que los dos teníamos el tiempo justo”.

“Que no haya una asunción de responsabilidades igualitaria repercute en una sobrecarga de trabajo en la mujer”, afirma Valentín Martínez-Otero, profesor de Psicología Evolutiva y de la Educación de la Universidad Complutense de Madrid. “No es un problema derivado de que la mujer trabaje fuera, sino del machismo que no lleva a que se haga un reparto equitativo de las tareas”.

Los expertos destacan que es negativo que se asocie el concepto de conciliación a las mujeres

Además, es negativo que se asocie el concepto de conciliación a las mujeres. “Es un reto que engloba igualmente a los padres”, advierte Patricia Cauqui, profesora de Esade. “La conciliación no debería tener que ver con la mujer, sino con vivir una vida más racional”.

Según esta experta, la solución pasa por considerar la maternidad, igual que la paternidad, como un valor social. “No sólo es importante que la madre se realice en el espacio profesional, también que el padre se implique equitativamente en el privado. Eso deriva directamente en una mayor realización personal para ambos”. Y añade: “Tampoco hay que estigmatizar a las mujeres que deciden no trabajar. La clave está en estar en el sitio que uno quiere según sus expectativas personales”.

Además, más allá de las situaciones ideales de realización personal, a menudo los trabajos se tienen en situaciones poco satisfactorias. O, peor aún, no se tienen. “Es difícil generalizar, porque los efectos varían según el carácter de los padres y de los hijos”, explica Martínez Otero. “Pero no trabajar puede generar más estrés incluso que tener trabajo precario o absorbente. Es mucho más devastador psicológicamente no tenerlo cuando se desea o necesita”.

¿Por qué no hacen un estudio de tener un padre trabajador? Es perpetuar estereotipos”, opina una socióloga

De hecho, el estudio de Harvard no está exento de críticas entre algunos expertos en igualdad. “¿Por qué no hacen un estudio de tener un padre trabajador?”, se pregunta Sandra Dema, profesora de Sociología de la Universidad de Oviedo. “Porque lo damos por hecho. Estudiar los beneficios de tener una madre trabajadora es un arma de doble filo porque puede dar a entender que la crianza de los hijos son responsabilidad de la madre. Y es perpetuar estereotipos”.

 Niños horizontales

En España, además, tanto hombres como mujeres tiene una dificultad añadida asociada a los horarios. “Trabajar fuera de casa un número de horas razonable es maravilloso para todo el mundo, el problema es que sean jornadas eternas”, advierte Nuria Chinchilla, profesora del IESE y directora del Centro Internacional Women in Leadership. 

En vez de generalizar sobre los beneficios de que las madres trabajen fuera de casa, ella prefiere centrar la atención en las ventajas que tendría tanto para la sociedad como para las empresas conseguir horarios más racionales para todos. Ganarían tanto las familias como las empresas: “En España hay muchos padres y madres de lo que yo llamo los niños horizontales. Se van cuando los hijos aún están acostados y vuelven a casa cuando ya están en la cama. Y eso no puede ser bueno”.  

De poco sirve llegar a casa antes y luego pasarse la tarde cada uno con su móvil”

De los horarios se deriva un problema mayor incluso que la crianza de los niños. Porque para educar a los hijos primero hay que tenerlos: “Cuando las jornadas laborales son interminables y los salarios bajos, buena parte de las parejas deciden no tener hijos”, dice Dema. “Y en España las parejas tienen muchos menos de los que desearían por estos problemas, en proporción mayor a otros países”.

Los expertos insisten en que los niños tengan la oportunidad de estar con sus progenitores. Sin embargo, hay un aspecto más relevante que el tiempo. “La felicidad de los hijos no depende del número de horas que sus padres están con ellos”, afirma Martínez Otero. “No es un asunto cuantitativo. Aunque un número de horas mínimo es necesario; lo fundamental es el cariño, también la estimulación intelectual y cultural y la calidad. De poco sirve llegar a casa antes y luego pasarse la tarde cada uno con su móvil. Se trata de hacer actividades juntos”.

Cecilia de Molina está totalmente de acuerdo: “Estar pendientes de los hijos 24 horas y diciéndoles que te tienen harto no creo que ayude a su educación. Lo que hay es que cogerlos con ganas y disfrutar el tiempo que tienes con ellos. Puede que pasara poco tiempo, pero era de calidad”. Así lo recuerda, treintaytantos años más tarde, su hija May, que es diseñadora de joyas: “Mis amigas tenían a sus madres con la merienda esperándolas a la puerta del colegio y nosotras no, pero a mí no me importaba, porque luego hacíamos muchas cosas juntas: íbamos al teatro, a ver exposiciones… Mi madre era mi heroína”.

La otra hija de Cecilia es abogada: “Era directora general de la Junta de Andalucía y dejó su trabajo unos años para cuidar de sus hijos mientras eran pequeños”. “Mis nietos tienen 8 y 5 años y ha vuelto a trabajar, es consultora en la FAO (organismo de la ONU) y puede teletrabajar. Está muy contenta”.

Ahora que Cecilia es abuela, está encantada de echarle una mano a su hija, como hizo su madre con ella cuando ella trabajaba. Además, saca tiempo para escribir, dibujar, viajar, está en una asociación de cine, hace yoga, meditación y va a natación. “Me faltan días y horas”, dice riendo mientras mira el reloj para ir a recoger a sus nietos al colegio. “Supongo que, cuando aprendes a aprovechar el tiempo, ya no puedes parar nunca”.