Vivir sin trabajar puede ser algo a lo que la sociedad deba adaptarse. “Por ejemplo”, dice, mirando por la ventana de su casa en San Francisco, Jerry Kaplan, profesor de Inteligencia Artificial en la Universidad de Stanford y uno de los expertos más prestigiosos en los efectos robotización: “Es improbable que ese jardinero que veo ahora cortando el césped vaya a estar ahí dentro de 20 años. Una máquina podrá hacer sola ese trabajo fácilmente”. Y añade: “Pero los robots no roban trabajos, no son un ejército. Sólo son máquinas. ¿Van las máquinas a robar trabajos? No. La robotización reduce costes y a largo plazo nos hará más ricos como sociedad. Se eliminan unos y crean otros“. Ésa es la buena noticia. 

Pero hay una mala. Y el título del libro de Kaplan da una pista: “Abstenerse Humanos. Guía en la era de la inteligencia artificial” (Editorial Teell): “La Inteligencia Artificial eliminará el trabajo de algunos humanos, puede que muchos, porque en las tareas rutinarias los robots son más rápidos y más baratos”. Y esto, advierte Kaplan, además de muchas ventajas para quienes se lo puedan permitir va a crear “un problema social porque mucha gente se va a quedar sin trabajo si no se ponen medios suficientes para que puedan reciclarse para volver a ser productivos”.

A la desaparición del jardinero de Kaplan habrá que sumar, por ejemplo, muchos millones de empleos relacionados con el transporte. Cerca de medio millón de empleos que en España se dedican a ello (más del doble que la media europea) y los expertos en robotización advierten que tienen los días contados con la inminente llegada de estos coches sin conductor.

 

Si en la Revoluciones Industriales anteriores fueron los trabajos físicos y de fábrica los más afectados, en la llamada Cuarta Revolución Industrial son los servicios los que más peligro corren. También el trabajo administrativo porque todas las tareas rutinarias (y las oficinas están llenas de ellos) son las que más fácilmente puede sustituir un algoritmo. 

De hecho, según las estimaciones de CaixaBank Research, un 43% de los puestos de trabajo actualmente existentes en España tiene un riesgo elevado (con una probabilidad superior al 66%) de poder ser automatizados a medio plazo. La tecnología ya es capaz de automatizar profesiones como contables, analistas financieros y economistas, mientras que aquéllas en las que la empatía y la creatividad tienen más importancia (médicos de familia, músicos) son las que están más protegidas.

“Llevamos muchas décadas oyendo que las máquinas acaban con el empleo”, dice Florentino Felgueroso, investigador asociado de Fedea, consultor como experto en temas laborales y educativos para la Comisión Europea, la OIT, la OCDE y el Banco de Desarrollo Interamericano. “Pero siempre se acaban generando nuevos yacimientos de empleo y nuevas necesidades”.

Es el escenario más optimista, el que pinta un futuro en el que dejaremos de ver los robots como competidores para considerarlos compañeros y seremos perfectamente complementarios. Pero ésta suele ser una predicción compartida a largo plazo. A corto, sin embargo, muchos expertos avisan de un shock brutal porque durante décadas la sociedad no sabrá qué hacer con toda la gente que va a perder su empleo.

Por eso cada vez más expertos abogan por una renta universal que ayude en la transición para evitar que millones de personas queden excluidas. Si el Estado de Bienestar, tal y como lo conocemos, se desarrolló a raíz de la Revolución Industrial, no parece tan descabellado entonces imaginar que la nueva revolución requiera reinventarlo de nuevo.

Una renta universal

Si los robots vinieran con un salario bajo el brazo se les perdería, sin duda, el miedo a la automatización. “Hay que encontrar el modo de financiar modos en los que la gente pueda aprender otras habilidades más relevantes”, dice Kaplan.

De hecho, una de las grandes soluciones a que la automatización acabe con muchas de las profesiones que ahora conocemos, es que no trabajar deje de ser un problema y se convierta en un tránsito natural. Al menos, temporalmente.

Y Combinator, una de las incubadoras de empresas más importantes de San Francisco, ha comenzado en 2017 a invertir decenas de millones (la cifra exacta no ha sido revelada) en pagar a un grupo de dos mil personas elegidos al azar para que puedan vivir sin trabajar. Y no, no va a pedirles nada a cambio por ello.

Los elegidos por Y Combinator para vivir sin trabajar pueden aprovechar ese colchón económico para estudiar, seguir en sus empleos si los tienen o viajar por todo el mundo. Cada individuo decide libremente qué hacer con ese dinero porque ése es precisamente el objetivo del experimento: averiguar qué sucede cuando le ofreces a la gente un salario a cambio de nada.

El gobierno de Ontario, la provincia más poblada de Canadá, también acaba de poner en marcha este programa piloto para probar la efectividad del ingreso mínimo básico. El proyecto, que durará tres años y alcanzará 4.000 hogares elegidos al azar, ofrece entre 16.989 y 24.027 dólares canadienses al año (entre 11.400 y 16.100 euros) dependiendo de cuántas personas formen el núcleo familiar.

También hay varios países europeos que han comenzado a probar algo parecido. Desde enero de este año, Finlandia ofrece a dos mil personas un sueldo mínimo de 560 euros al mes para probar el efecto de una renta de este tipo. También Holanda está probando algo parecido.

La propuesta de establecer un salario universal trasciende la vieja división derecha e izquierda. Aunque en España se asocia a partidos como el PSOE y Podemos, que llevan propuestas parecidas en sus programas. Sin embargo, sus mayores defensores están entre los millonarios de Silicon Valley y nada tienen que ver con la socialdemocracia a la europea.

Para la izquierda es una extensión de la red de seguridad social y para la derecha una forma de escapar al intervencionismo y la maraña burocrática de los programas tradicionales de bienestar. En Finlandia, de hecho, está impulsado por la extrema derecha.

La duda ahora que han comenzado todos estos programas pilotos es qué efectos tendrá. ¿Aprovechan los ciudadanos para reciclar sus capacidades especializándose en profesiones con futuro? ¿Le dedica más tiempo a cuidar de su familia? ¿O engorda 20 kilos comiendo pizza y viendo tele en el sofá?

Adiós al paro

El sistema de prestaciones sociales actual, forjado en el siglo pasado, considera implícitamente que quien no trabaja es porque no quiere. Es a tener un empleo a lo que se vinculan gran parte de los derechos ciudadanos. ¿Tiene sentido mantener ese esquema en un mundo en el que la mayoría de las actividades productivas las hagan las máquinas? Los defensores de la renta universal defienden que no tendría sentido recibir prestaciones sociales en función de lo que se trabaja. Porque eso se estableció cuando había trabajo para todos y hacía falta incentivar.

El economista Tyler Cowen, de la Universidad George Mason, cree que de no hacer nada para remediarlo, la automatización agudizará una profunda desigualdad que acabará con la clase media. Sin programas serios de reciclaje para los desempleados del futuro, los salarios se desplomarán y el trabajo humano se dividirá en dos velocidades muy diferenciadas: el de los profesionales mejor cualificados capaces de aportar valor en un mundo automatizado y el de los relegados a las actividades peor pagadas del sector servicios.

“Los estados de bienestar deben adaptarse a esta realidad”, reconoce Felgueroso. “Estaban pensados para una sociedad con pleno empleo a tiempo completo. Esa sociedad no tiene visos de seguir existiendo. O reorganizamos el mercado laboral repartiendo mejor el empleo, o nos replanteamos el sistema de prestaciones sociales”.

La propuesta de Sam Altman, presidente de Y Combinator, pasa por preparar a la sociedad “para el fin del trabajo”. Cuanto antes asuma la sociedad que los robots van a liberar a la gente de las tareas rutinarias (ya lo están haciendo), antes crearemos un entorno en el que dedicarnos a tareas más creativas y emocionales, aquéllas puramente humanas.

Entre los académicos, incluso entre los que están a favor del concepto de renta universal, todavía hay escepticismo. “Hasta ahora sólo se han hecho experimentos controlados con efectos poco concluyentes”, dice José Antonio Noguera, profesor de Sociología de la Universidad Autónoma de Barcelona. “Ni incentiva ni desincentiva el empleo. Ninguno de los que hay ahora, como en Finlandia o Silicon Valley, nos va a dar conclusiones muy sólidas políticamente”.

Sin embargo, no será fácil ese cambio de mentalidad que propone Altman. “Las posibilidades de una renta universal pura son escasas en la próxima década”, reconoce Felgueroso. “La ética del trabajo sigue siendo dominante. No dar algo a cambio de nada concreto genera mucha reticencia en el contribuyente, aunque la idea de que las prestaciones desincentivan es más una idea moral que económica que viene de la ética victoriana. Lo que habría que replantearse es si la condición para que te saque de la pobreza sea vincularlo al empleo. Se puede avanzar en un mejor diseño de las prestaciones mínimas”.

¿Un impuesto a los emails?

¿De dónde saldría el dinero para la  renta universal? Una opción sería los impuestos. El Parlamento Europeo está estudiando, en su Informe sobre Personas Electrónicas, la idea de que sean las máquinas inteligentes las que paguen impuestos y coticen a la Seguridad Social para compensar la destrucción de empleos.

“La eliminación de puestos de trabajo llevaría a la disminución de la recaudación de impuestos y al aumento de los gastos para hacer frente al pago de las prestaciones sociales”, afirma Daniel Viader, profesor de Economía y Empresa de la UOC y experto en fiscalidad.

Bill Gates, fundador de Microsoft y el hombre más rico del mundo, está entre quienes más fervientemente ha defendido la creación de una tasa sobre los robots que reparta parte de la riqueza y garantice el bienestar general, para asegurar un sustento digno a las personas, trabajen o no.

Tasar a los robots, sin embargo, tiene muchos problemas. El primero y más evidente de todos, definir qué es un robot. ¿Todas las máquinas o procesos que sustituyan puestos humanos? En absoluto, porque según eso, también los emails (que ahorran carteros) y las hojas Excel (que sustituyen contables) deberían serlo.

El siguiente problema es quién los paga. Viader alerta de que si el impuesto lo tienen que pagar las empresas, perderán competitividad ante países donde no se graven con ninguna carga respecto a los países que no tienen un sistema de pensiones como Europa. Esto podría representar una pérdida de inversiones y por lo tanto un menor crecimiento económico. El reto está en conseguir ingresos y no perjudicar la innovación tecnológica. “Imponerlo al fabricante también castiga la I+i que se quiere potenciar”, alerta Viader.

El fundador de Microsoft responde a los críticos que precisamente retrasar la velocidad de la innovación es parte de la ventaja de ponerle una tasa a las nuevas máquinas. Los humanos, según Gates, necesitamos más tiempo para adaptarnos al cambio actual, que está siendo más vertiginoso que nunca.

El Comité de Asuntos Legales del Parlamento Europeo ha presentado un informe pidiendo que la Unión Europea obligue a que los robots inteligentes sean registrados, para que su carácter ético pueda ser valorado.

Reciclarse o no ser

El fin del trabajo no es nuevo. John M. Keynes lo pronosticaba en 1930. Decía que los avances tecnológicos del capitalismo reducirían la semana laboral a quince horas en el próximo siglo (o sea, en éste) y ocupar el tiempo libre se convertiría en nuestra mayor preocupación. Todavía parece difícil de creer, pero su profecía podría cumplirse un siglo después, antes incluso de 2030.

La teoría dice que los avances aumentan la productividad, los productos bajan de precio y los trabajadores que son desplazados encuentran otras ocupaciones a medida que la economía crece. Así fue entre 1871 y 2011, según un estudio de Deloitte muy optimista con la robotización. 

Kaplan está convencido de que los humanos nos adaptaremos como lo hemos hecho siempre. Y las transformaciones profundas del mundo laboral tampoco son algo reciente. Hace algo más de un siglo, más del 90% de la población trabajaba en el campo. Trabajar significaba plantar comida. Hubo que cambiar las habilidades de la gente porque vieron esa transformación.

“Esta vez es diferente”, afirma Jerry Kaplan. En parte, porque el cambio es más rápido que nunca. “Por eso es necesaria una red de seguridad para que la gente no se preocupe de cuándo comerá después y pueda correr riesgos. La gente lo invierte en crear pequeños negocios”, dice Kaplan.

Los mayores impedimentos en implantar esta renta básica, más que económicos, son culturales. Dicen Nick Serney y Alex Williams en Inventing the Future, uno de los últimos libros que defiende la necesidad de instaurar este salario universal, que la principal resistencia viene del rechazo social a la idea de dar dinero a cambio de nada. El trabajo está tan enraizado en nuestra identidad que es difícil disociar uno de otra.

Por eso los defensores de la renta universal insisten en que permitiría que la gente pudiera dedicar más tiempo a formarse para descubrir nuevas ocupaciones que ahora ni siquiera existen. Sobre todo si un grupo masivo de personas va a quedarse sin empleo de forma estructural.

“No sería la primera vez”, dice Felgueroso. “En los 90 hubo prejubilaciones masivas que retiraron a mucha gente a los 48 años. Se canalizaron recursos por parte de las empresas y el INEM para que todos ellos pudieran enlazar su jubilación. Fueron las empresas las que asumieron en la práctica algo que los políticos no dicen en público, que es muy complicado reinsertar la carrera de alguien a cierta edad”

Según Felgueroso, es más probable que sigamos viendo “parches a la situación cuando se presente el problema a que se haga una reforma sustantiva del estado de bienestar”. Y el gran problema es que la educación sigue siendo la asignatura pendiente. 

Asignatura pendiente

“En España estamos haciendo muy poco para ese proceso de adaptación, porque las tasas de formación continua son realmente muy bajas”, dice Felgueroso. En edades de entre 25 y 64 años solo un 10% hace formación continua y de 45 para adelante no llega al 3%. “Y la gente de bajo nivel educativo que son las que más lo necesitan no llega al 1%”, resalta Felgueroso. “Los escandinavos están cerca del 25% y eso que su nivel educativo medio es más alto que el nuestro”.

En los últimos cien años, el mundo entero se ha organizado en torno al trabajo asalariado. Tiene mucho sentido que los magnates tecnológicos promuevan este nuevo sistema de renta universal. Además de nuevos derechos para los ciudadanos,  puede que en realidad lo que estén buscando sea asegurarse la solvencia de los consumidores para que mantengan el sistema circulando.

Advierten los críticos de la renta universal que recibir dinero a cambio de nada crearía millones de parásitos del sistema. Y tal vez tengan razón. La alternativa, dicen los defensores de estos programas, es permitir que la automatización genere millones de trabajadores excluidos y sin cobertura.

Puestos a correr riesgos, no es extraño que cada vez haya más empresarios en Silicon Valley que prefieran regalarle dinero a una sociedad apática a enfrentarse a una revolución de luditas sin nada que perder decididos a quemarles sus robots.

Las máquinas se podrán apropiar de los trabajos, pero nunca nos arrebatarán el impulso de comprar, siempre y cuando dispongamos de la renta necesaria. Los robots podrán producir productos y servicios de forma más barata y eficiente. Pero importante es que haya alguien que pueda comprarlos. Y para eso, claro, los humanos no tenemos rival.