Situado en la desembocadura del río Cuyahoga, en el lago Erie, el puerto de Cleveland era a mediados del siglo XIX lugar de enorme trasiego, como punto clave para el transporte de mercancías a lo largo de la geografía estadounidense. Fue por esa época cuando un niño que merodeaba por sus alrededores se encontró con un compañero de colegio, que le preguntó qué quería ser de mayor. Su respuesta fue tajante: “Quiero tener 100.000 dólares y voy a tenerlos”.

Varias décadas después de ese episodio, en los primeros compases del siglo XX, aquel niño se había convertido en la primera persona de la historia capaz de acumular una fortuna superior a los 1.000 millones de dólares y en el patrocinador del mayor sistema filantrópico a nivel mundial. Su nombre era John Davison Rockefeller y su fortuna (equivalente a día de hoy a alrededor de 30.000 millones de dólares) representaba a su muerte, el 23 de mayo de 1937 alrededor de un 1,5% del PIB estadounidense, un poderío económico sin parangón.

La biografía de Rockefeller incluye todos los elementos esenciales del ideal del sueño americano. Nacido en julio de 1839 en el seno de una familia humilde, llegó a levantar el mayor monopolio de la época contemporánea, con el que puso bajo su control la práctica totalidad de la industria petrolera estadounidense y buena parte del negocio internacional.

Aquel hombre que solía preguntarse “¿quién ha empezado con menos que yo?” había llevado a su empresa, la Standard Oil, a convertirse en paradigma internacional del creciente poder económico estadounidense.

Pero el éxito empresarial no le valió a Rockefeller el respeto de la opinión pública. Al contrario, de él se llegó a decir que era “el mayor delincuente contemporáneo” y la animadversión de sus conciudadanos era tal que, cuando se conoció que padecía graves problemas estomacales, que le impedían llevar una dieta normal, “se produjo una exultación popular”, según detallan Peter Collier y David Horowitz en su obra Los Rockefeller.

De Rockefeller se llegó a decir que era “el mayor delincuente contemporáneo”

Eran los años finales de siglo XIX y Rockefeller venia sufriendo desde hacía tiempo el rechazo de gran parte de la sociedad estadounidense, plasmado incluso en persistentes amenazas de muerte, que provocaron en Rockefeller una enfermedad nerviosa, que además de trastornos digestivos le produjo una alopecia general que trató de disimular mediante pelucas.

El pueblo americano mostraba así su desprecio hacia un nuevo y reducido círculo de empresarios, de los que Rockefeller era el máximo exponente, a los que se acusaba de usar todo tipo de artimañas para poner los resortes del poder a trabajar a su servicio.

Y es cierto que la carrera del empresario de raíces alemanas estaba salpicada de episodios controvertidos que demostraban un indomable afán de éxito, sin reparos en cuáles fueran los medios necesarios para lograrlo ni quiénes sus víctimas.

Rockefeller dejó claras sus dotes para los negocios desde edad muy temprana. Con sólo siete años obtuvo sus primeros ingresos, con la venta de una bandada de pavos que había reunido y criado previamente. Tres años después ya contaba con suficientes ahorros para hacer un préstamo a un vecino de la familia, al que cobró un interés del 7%.

Con diez años tenía ahorros suficientes para hacer préstamos a intereses del 7%

De modo que, cuando en 1855 obtuvo el graduado, decidió dar por concluidos sus estudios para probar fortuna en el mundo empresarial. Se inició como contable en una firma dedicada al comercio de productos agrícolas y antes de cumplir los veinte años ya había montado su propia empresa asociado con un inglés llamado Maurice Clark.

Aquella aventura se vio favorecida por el estallido de la guerra en 1861. La creciente demanda de cereales por parte de los ejércitos contendientes propició un incremento de precios que impulsaría los beneficios de Clark & Rockefeller.

Pero no sería el negocio del grano el que llevaría al éxito más rotundo al joven empresario, sino la pujante industria del petróleo, que iniciaba por aquellos años un auge que le llevaría en pocas décadas a convertirse en principal fuente de energía a escala mundial.

Apuesta por el petróleo

Fue otro ingles, llamado Samuel Andrews, el que presentó a los socios en 1863 una propuesta para embarcarse en la floreciente industria del refino de petróleo. Escéptico en un primer momento, Rockefeller no tardaría en abrazar con entusiasmo el proyecto, convencido de que aquel boom petrolero era más que una moda pasajera.

Sólo dos años después, y ya con Clark fuera del capital de la compañía -por su negativa a expandir el negocio-, Rockefeller y Andrews era la mayor refinería de todo Cleveland, con una facturación que alcanzaba el millón de dólares.

Pero ese era sólo el principio del éxito de Rockefeller, que el 10 de enero de 1870 fundaba la Standard Oil, la compañía con la que se convertiría en amo y señor del negocio petrolero estadounidense. Por entonces ya había reforzado su posición dominante en la región, gracias a una serie de acuerdos con las compañías ferroviarias para obtener unas tarifas privilegiadas en sus envíos a cambio de garantizar unos volúmenes que no estaban al alcance de sus competidores.

Fue en estos años cuando realizó una de las jugadas más controvertidas de su carrera empresarial, fiel reflejo de su concepción darwinista del mundo empresarial, según la cual sólo debían sobrevivir los más fuertes. Para evitarse los efectos nocivos de la competencia, Rockefeller patrocinó varios intentos para crear una especie de consorcio en el que pretendía reunir a todas las refinerías de la región. Para impulsarlas a unirse, se les ofrecían descuentos considerables en sus tarifas ferroviarias; las que se negaban, sufrirían graves dificultades para seguir desarrollando su negocio.

“Vamos a comprar todos las refinerías de Cleveland. Les daremos a todos la oportunidad de incorporarse…Los que se nieguen se hundirán. Si no nos vendes tu propiedad, se hundirá”, llegó a decir el propio Rockefeller. Y no dudó en cumplir su amenaza incluso cuando el afectado era su hermano Frank, quien le guardaría rencor durante toda su vida por haber llevado a la quiebra la refinería en la que trabajaba.

Hacia 1880, la Standard Oil refinaba más del 90% del petróleo de Estados Unidos

Aquellos movimientos de Rockefeller provocaron una intensa contestación social que le obligaría a desbaratarlos. Pero ni siquiera eso impidió que durante los siguientes años, la Standard Oil acaparara cada vez mayor cuota de mercado. Hacia 1880, la compañía refinaba más del 90% del petróleo que se producía en Estados Unidos.

Lejos de refrenar sus esfuerzos expansivos, la compañía recrudeció en esos momentos su lucha contra la competencia, por muy débil que ésta fuera, sin escatimar maniobras como guerras de precios, extorsiones y sobornos. “Para él la venta de un barril de la competencia significaba una desgracia”, apuntan Collier y Horowitz.

Esta inclemente actitud sería un elemento esencial en la mala imagen del empresario que se iba abriendo paso entre la opinión pública estadounidense. A ello también contribuía la creciente presión judicial a la que se veía sometida la Standard Oil y que acabaría provocando que en 1911 el Tribunal Supremo dictaminara la disolución del gran conglomerado petrolero en 39 compañías subsidiarias.

En 1911, el Tribunal Supremo dictó la disolución del gran conglomerado petrolero

Aquello no supuso, ni mucho menos, el fin de los días dorados de la aventura petrolera de Rockefeller y sus socios, el revés judicial apenas supuso un contratiempo. El dominio de las nuevas empresas seguía en manos de los mismos accionistas, que durante años siguieron respetando sus mutuos intereses. Como si se tratara de una burla de los mercados a la justicia, cuando las acciones de las compañías segregadas de la Standard Oil comenzaron a cotizar en Wall Street se produjo una explosión alcista que incrementó el valor conjunto de las mismas en casi un 33% en tan sólo cinco meses.

De hecho, fue por estos años cuando Rockefeller se convirtió en el primer hombre de la historia en acumular un patrimonio superior a los 1.000 millones de dólares (el primer billonario, según la terminología contable estadounidense). El negocio petrolero se había adentrado a inicios del siglo XX en una nueva dimensión con la implantación del motor de combustión interna, que abría todo un mundo de posibilidades en la industria del transporte. Y por aquellos años, el magnate del petróleo había realizado algunas inversiones que le habían procurado importantes participaciones en algunas de las empresas más importantes del país, como el gigante del acero U. S. Steel Corporation o la General Motors.

Labor filantrópica

Pero lo cierto es que, cuando Rockefeller alcanzó el cenit de su poder económico, hacía ya tiempo que había dejado a un lado su actividad empresarial y se limitaba a incrementar su riqueza a través de los cuantiosos dividendos que le procuraban sus inversiones. Los problemas de salud le llevaron desde 1896 a ir soltando las riendas de la Standard Oil. A partir de entonces centraría sus esfuerzos en limpiar su imagen ante la opinión pública, para lo cual levantó, con la ayuda del clérigo Frederick Taylor Gates, el mayor sistema filantrópico que se haya erigido jamás y que tendría su brazo ejecutor en la Fundación Rockefeller.

Universidades, instituciones de investigación médica o iniciativas de inclusión social serían sólo algunos de los proyectos auspiciados por el multimillonario empresario, que entregaría a lo largo de su vida más de 500 millones de dólares a obras de beneficiencia.

Entregó a lo largo de su vida más de 500 millones de dólares a obras de beneficiencia

Esta actividad, unida a su longevidad, acabaron favoreciendo un cambio en la percepción que tenían de él sus conciudadanos. Cuando Rockefeller murió el 23 de mayo de 1937, a la edad de 97 años, la mayoría de sus contemporáneos pertenecía a una nueva generación, que tenía más presente el trabajo de la Fundación que sus antiguas polémicas como empresario.

El hombre que había dominado el negocio del oro negro, del que se había dicho que su dinero lo ensuciaba todo, había conseguido finalmente blanquear su imagen. Y dejaba a su estirpe un camino expedito para afianzarse como una de las familias estadounidenses más poderosas de la época contemporánea.