En la actualización de sus previsiones de crecimiento económico, el FMI ha sido sensible a la acumulación de señales favorables en el entorno global. Llevamos 15 meses consecutivos de indicadores datos positivos, en especial en la parte final del pasado año. Algunos datos, como los índices de sentimiento empresarial, el comercio mundial o el consumo de las familias, apuntan a una nueva aceleración del crecimiento económico, con un claro reflejo en la evolución de los mercados financieros y, en especial, los bursátiles.

Todo hace pensar que el PIB mundial avanzará este año a una mayor tasa que el pasado, que ya supuso una subida respecto a la cifra de 2016. De esta forma, la economía mundial estaría en el mejor momento de la última década, es decir, desde que empezó la Gran Recesión. En términos puramente estadísticos 2010 fue un año más dinámico, pero las cifras de entonces estaban distorsionadas al alza por la intensa contracción del año anterior.

El FMI contempla que el PIB mundial crezca este año un 3,9%, frente al 3,7% de 2017 y al 3,2% de 2016. Las nuevas previsiones se revisan al alza en un 0,2%, que recae sobre las economías desarrolladas. Es cierto que las emergentes crecerán más (un 4,9% frente al 2,3%), pero es en las primeras donde se está produciendo la mejoría cíclica, en especial en el Área euro.

La revisión al alza para el PIB de EEUU es más potente (de 5 décimas, hasta el 2,7%), pero se debe en su mayor parte al impacto positivo del plan de estímulo fiscal de Trump y no tanto a lo que podríamos llamar una recuperación económica sostenida. Este sí es el caso de la UME, que nos ha sorprendido positivamente a la mayoría de analistas.

Como consecuencia, también el BCE ha comenzado a endurecer su mensaje: la contrapartida de esta mejoría cíclica es que, con alta probabilidad, el próximo mes de septiembre finalizará el programa de compra de bonos (el denominado APP, por sus siglas en inglés). A partir de ahí comenzará el debate sobre en qué momento subirá nuestro banco central los tipos de interés, un escenario que no debería ser antes de mediados de 2019 y, desde luego, en una cuantía muy reducida.

Sobre lo que me gustaría llamar la atención es sobre el contraste que supone que, en este contexto de revisión al alza de previsiones en los países de la UME (Alemania +5 décimas, Italia +3 y Francia +1), se recorte la de España y, además, se sitúe en una cifra, en nuestra opinión, demasiado baja: el 2,4%. A la hora de realizar previsiones sobre el PIB se deben tener en cuenta dos condicionantes: el puramente económico y el “político”.

Las decisiones de consumo e inversión no solo dependen de la renta disponible o el coste de financiación, también de la confianza

El primero es la razonable pérdida de dinamismo de nuestro PIB que, de forma lógica, no puede mantener los ritmos de avance de los 3 últimos años. Un crecimiento anual superior al 3,0% solo ha sido posible gracias al efecto simultáneo de los famosos vientos de cola: depreciación del euro, caída del precio del petróleo y reducción de los tipos de interés. Los dos primeros están cambiando ya de dirección y el tercero ha dejado de soplar. El sector exterior, que ha sido un motor del crecimiento, va ir perdiendo intensidad, por lo que la demanda interna gana protagonismo a la hora de predecir el avance del PIB. Y para esta demanda interna no se pueden esperar registros superiores al 2,0% – 2,5%.

Por lo tanto, es un hecho que el PIB español debe ir perdiendo ritmo, pero de forma gradual y paulatina, a no ser que otros factores aceleren esta pérdida de dinamismo. Nos referimos al impacto de la situación en Cataluña. Como es sabido, las decisiones de consumo e inversión no solo dependen de variables como la renta disponible, la capacidad o el coste de financiación, sino también de la confianza. Y esta es tremendamente sensible a la incertidumbre.

El vínculo causal entre dudas y paralización de decisiones de familias y empresas es claro, y tiene un impacto negativo en el PIB

El vínculo causal entre dudas y paralización de decisiones de familias y empresas es claro, y tiene un impacto negativo en el PIB. ¿Hasta qué punto? Es muy difícil afinar en la previsión, ya que depende de la percepción de los agentes. Es muy posible que la caída del PIB durante la crisis fuera de una magnitud superior por el temor generado, en la primera fase (2008 y 2009), por la intensa destrucción de empleo y, en la segunda (2011 y 2012), por la incertidumbre sobre la ruptura del euro o la salud del sistema bancario, que se reflejaron en los máximos de la prima por riesgo frente a Alemania (por cierto,actualmente en zona de mínimos). El debate se centra ahora en cuantificar el impacto de la tensión en Cataluña, un ejercicio especialmente difícil dado que para ello necesitamos claridad sobre los escenarios políticos y su probabilidad de ocurrencia.

En conclusión, la economía mundial está en un momento dulce, con una aceleración del crecimiento en prácticamente todos los países. Apenas encontramos excepciones, si bien España es una de ellas. La pérdida de dinamismo es lógica si tenemos en cuenta el fuerte crecimiento acumulado en los últimos años y la finalización de varios estímulos. La intensidad de esta reducción en el crecimiento podría ser superior en función de la incertidumbre asociada a Cataluña, que es, en gran medida, la que explica las diferencias en las previsiones de los distintos agentes. En Afi contemplamos un avance del PIB del 2,8%.

 

David Cano es socio de Analistas Financieros Internacionales (AFI)