La lógica económica no puede explicar que un pueblo decida voluntariamente empobrecerse a sí mismo. Tampoco la política parece capacitada para sacar a británicos y (demás) europeos del atolladero que supone extirpar Reino Unido de la Unión Europea.

Llegado este punto no queda más remedio que recurrir a la física cuántica para explicar el Brexit. Los británicos van a estar una temporadita dentro y fuera de la Unión Europea a la vez. Es, de momento, lo más parecido a una solución. Son el gato de Schrödinger del mercado común.

El experimento del físico austriaco dice que mientras el animal esté encerrado, a falta de saber si se ha activado el dispositivo que lo envenenaría, estará simultáneamente vivo y muerto hasta que no se abra la caja para comprobarlo. Y nadie se atreve en Reino Unido a abrir la caja del Brexit.

Los británicos tienen derecho a que sus políticos cumplan lo que votaron en 2016. Lo malo es que lo que les prometieron no existe. Votaron a favor de salir de la UE para ser más libres, más ricos y más soberanos. Y ahora resulta que nada de eso es posible en el mundo real del mercado global. Al menos en el corto plazo.

La Unión Europea también está paralizada. Tras más de dos años negociando la hoja de ruta de un callejón sin salida, el plan de Theresa May ha sido abrumadoramente rechazado por el Parlamento británico. La premier, con más vidas que el gato, sigue en su puesto mientras la vemos cada vez un poco más fuera de él. Por más que sobreviviera por poco a la moción de confianza, en su partido ya no la quieren. Aunque no tienen nada mejor. I’m afraid.

Ni los tories ni los laboristas tienen claro lo que quieren. Los conservadores no tragan el plan de May, porque a unos se les queda corto y para otros es demasiado duro. Los laboristas tampoco tienen una estrategia clara. En 2015 eligieron como líder a Jeremy Corbyn, un sindicalista cercano al proteccionismo de la vieja escuela antieuropeísta que no estaba previsto que liderase el partido en tiempos del Brexit. Y su liderazgo cada vez está más distante de los jóvenes de su partido, que se declaran anti-Brexit sin remilgos.

Tras meses negándose a encabezar la petición de un segundo referéndum, Corbyn por fin se ha animado a decir tras la debacle del plan de May que “habría que mirar otras opciones, incluyendo que la gente vote“. Sin embargo, se niega a hablar con la primera ministra mientras esta negocia contrarreloj un plan B que llevar el martes al parlamento. También los tories pro-UE presionan a May para un segundo referéndum. Pero a estas alturas esa opción ni siquiera resolvería el enigma de si los británicos están dentro o fuera de la Unión Europea.

¿Qué pasa si en una segunda votación ganan los anti-Brexit? ¿Pedirían los otros un tercer referéndum para desempatar? ¿Y si vuelven a ganar los del Leave pero los políticos son incapaces de negociar un acuerdo satisfactorio con la UE?

La única posibilidad es seguir ganando tiempo antes de abrir la caja. La UE teme tanto como los británicos el caos al que llevaría un Brexit sin acuerdo y busca la manera de negociar una prórroga al plazo que expira el 29 de marzo mientras países y empresas preparan planes de contingencia para lo peor.

No está claro que May y Corbyn sean capaces de entenderse y es la condición que la UE les está poniendo para dar un tiempo muerto hasta el verano. Al fin y al cabo, no deja de ser una exigencia comunitaria. ¿Por qué obedecer a quienes quieres abandonar? Y vuelta a empezar.

Tener de repente una frontera en el Canal de la Mancha con miles de camiones atascados llenos de naranjas pudriéndose en Calais no beneficia a nadie. Por no hablar del caos aéreo, la incertidumbre de los cientos de miles de expatriados y, por supuesto, el riesgo de reabrir las cicatrices de Irlanda del Norte. Pero la Historia está llena de consecuencias indeseadas que nadie quería y ninguno supo evitar.

Entre tanto los británicos seguirán dentro y fuera a la vez, no sabemos por cuánto tiempo. El gato de Schrödinger en realidad no muere porque no es más que un experimento imaginario. El Brexit, sin embargo, es de verdad.