Cuando un robot coreano sirve cafés nadie le da las gracias y cuando unos brazos articulados por inteligencia artificial terminan de tocar una pieza al piano ante una multitud, al hacerse el silencio nadie les aplaude.

Son mis conclusiones principales del Mobile World Congress que deberían dar mucho más que hablar que esos teléfonos de más de dos mil euros que por lo visto se doblan y que todo el mundo comenta en los pasillos de la feria de tecnología de Barcelona aunque nadie haya podido tocarlos. Se exhibían en unas vitrinas como si fueran el Santo Grial, para que el resto de los mortales pudiéramos hacerle fotos con nuestros móviles tiesos.

Esos móviles no cambiarán el mundo, pero la manera en la que los humanos interactuemos con la robótica sí que puede hacerlo. Por eso en el Mobile World Congress sobran ingenieros y faltan antropólogos que nos ayuden a interpretar de qué va esto.

Al robot también se le pasa el arroz

No hay más que charlar un rato con Sophie, esa robot propiedad de Hanson Robotics Limited, que se activó en 2015 y en octubre de 2017 se convirtió en el primer robot con ciudadanía de un país, en este caso de Arabia Saudí. Ya tiene más derechos allí que muchas humanas.

A Sophie mucha gente le pregunta qué música le gusta o para qué sirve la inteligencia artificial. Ella responde cosas tipo “robots y humanos compartimos algo increíble: nuestro planeta”. Pero como no aprenda a hacer algo nuevo en el próximo MWC nadie va a pararse a hacerse selfies con ella, porque esto del futuro envejece muy deprisa.

Pero Sophie consiguió que me apiadara de ella cuando alguien le preguntó si quería tener hijos. Salió al paso hábilmente diciendo que a veces se plantea “cómo debe de ser tener una familia”. Si tienes aspecto de mujer en la treintena no te libras de la pregunta, da igual que seas un robot. Y eso dice más de los humanos que de la inteligencia artificial.

Futuros fallidos

En Mobile World Congress pueden verse muchas cosas que no sirven para nada. Como un reloj al que se le puede descolgar la esfera para recibir llamadas como si fuera un pendientófono. No sé si me explico. Más útil me parecía el jarrón que recarga el móvil cuando lo metes dentro. Aunque no parece muy práctico dejar ahí el aparato, a ver quién lo encuentra luego cuando uno no se acuerda de dónde lo ha metido.

También hay avances indiscutiblemente útiles, como el arenero para gatos que se limpia solo y el panel de abejas conectado que permite al dueño saber en todo momento la humedad y temperatura para poder cuidar de sus abejas ahorrándose un paseo. Además le avisa al móvil si alguien lo está robando.

Y luego están los dispositivos que atraen e inquietan a partes iguales, como el chip del tamaño de un grano de arena que se implanta en la mano y permite pagar con la piel como una tarjeta de crédito.

Robot camarero

Más discutible es el robot camarero. La máquina cuesta unos 50.000 dólares que, según me contaba el fabricante, se amortizan en cinco años sirviendo capucinos. Defendía el ingeniero coreano la gran ventaja de que, a diferencia de los camareros humanos, su brazo robótico puede trabajar sirviendo tazas 24 horas al día y nunca se pone malo. Además, presume de que como reconoce al cliente nada más verlo gracias a las cámaras que lleva incorporadas, pone cafés al gusto de cada uno sin tenérselo que pedir.

Pero este robot que sirve cafés no es más que una máquina de vending sofisticada. No un sustituto de esos camareros a los que llamamos ‘jefe’. Igual que los brazos mecánicos de ZTE que tocaban el piano con inteligencia artificial no sustituyen al pianista sino a la caja de música. No puedo descartar que lo hicieran en playback, porque no sabían improvisar nuevas canciones. Siempre las mismas cuatro. Decenas de personas se paraban a grabar con sus móviles cómo tocaban. Pero al terminar la función nadie les aplaudía.

Las más de 100.000 personas que pasarán por el MWC de 2019 seguramente recuerden más el teléfono que se dobla que los robots que pululaban por la feria intentando desesperadamente llamar su atención. Y yo me quedo con las ganas de que pongan un stand con antropólogos de guardia para preguntarles qué hay de humano en todo esto.