Guerras, tensiones comerciales, desglobalización, inflación al alza y una relación cada vez más incierta con socios que durante décadas habían sido previsibles están dibujando un escenario económico en el que el próximo shock puede llegar por cualquier frente. Y el problema para las grandes economías no es tanto anticipar cuándo llegará como con cuánto margen fiscal lo afrontarán. Y hay malas noticias. Estados Unidos, Japón y varias de las principales economías europeas parten de niveles de deuda pública superiores al 100% del PIB y, en paralelo, se enfrentan a un encarecimiento de la financiación que eleva progresivamente el coste de mantenerla.

PUBLICIDAD

Esta combinación plantea dos problemas distintos pero conectados. Por un lado, cuanto mayor es la deuda acumulada, menor es el espacio disponible para responder con nuevo gasto público cuando aparece una crisis o surge una nueva necesidad estratégica. "No significa que mañana vaya a producirse una crisis de deuda. Pero sí que el Estado dispone de menos grado de libertad" para abordarla, advierte José Ignacio López Sánchez, catedrático de Organización de Empresas y director del Instituto de Innovación, Transformación Digital, Empresa y Defensa (CEU-INTEDE) de la Universidad CEU San Pablo.

Por otro lado, si los tipos de interés siguen creciendo, los Estados tienen que refinanciar los vencimientos de deuda a un coste mayor y dedicar una parte creciente de sus presupuestos al pago de intereses. De hecho, "en lo que va de 2026, el gasto neto por intereses del Gobierno estadounidense, de 827.000 millones de dólares, ya constituye la segunda mayor partida de gasto, por encima tanto de Medicare (780.000 millones) como del gasto en defensa (713.000 millones)", apunta Eiko Sievert, director ejecutivo del sector público y soberano de Scope Ratings.

Una deuda acumulada tras años de shocks

Según explica el investigador sénior de Funcas, Desiderio Romero, el endeudamiento actual es, en buena medida, el resultado de cómo los gobiernos respondieron a las sucesivas crisis de las últimas décadas: la crisis financiera, la pandemia y, posteriormente, la crisis energética derivada de la guerra en Ucrania. Los Estados utilizaron sus presupuestos para amortiguar el impacto sobre los hogares y las empresas; sin embargo, muchos llegaban a la siguiente crisis sin haber recuperado completamente el margen fiscal perdido en la anterior. Y según advierte: "Cuanto mayor sea el nivel de deuda de los países, más dificultades van a tener los países para poder hacer frente a shocks que son indeterminados".

Las consecuencias son deudas públicas mucho más elevadas que antes de la sucesión de estos shocks. En la Unión Europea, la deuda alcanzó el 81,7% del PIB al cierre de 2025, según Eurostat, aunque la media vuelve a esconder grandes diferencias entre países. Grecia ronda el 150% del PIB, Italia se acerca al 140%, Francia supera el 115% y España se mantiene ligeramente por encima del 100%. Y, fuera de Europa, Estados Unidos se sitúa alrededor del 126% y Japón supera el 200%.

Ahora bien, estos porcentajes, por sí solos, no determinan cuándo puede producirse una crisis de deuda. El catedrático de la CEU San Pablo explica que "no existe un número mágico" a partir del cual una deuda pase automáticamente a ser insostenible. Y añade que "lo relevante es quién posee esa deuda, en qué moneda está denominada, cuánto cuesta financiarla, qué capacidad tiene el país para crecer y recaudar, cuál es la confianza de los mercados y qué capacidad tiene su banco central para actuar".

No obstante, una deuda superior al 100% del PIB sí hace que el coste de los intereses tenga un impacto presupuestario mucho mayor. Cuanto mayor es el volumen de deuda sobre el que se aplican los tipos de interés, mayor es también la factura cuando las condiciones de financiación empeoran por causas que no dependen necesariamente del propio país. Y como advierte López Sánchez, "cuanto más destinemos a intereses, menos recursos tendremos para educación, innovación, inversión, defensa, políticas sociales o margen de actuación frente a futuras crisis".

La inflación encarece la deuda que ya existe

Esta segunda parte del problema ya está ocurriendo. La guerra en Irán ha vuelto a presionar los precios energéticos y ha complicado la tarea de los bancos centrales, cuyo principal objetivo es devolver la inflación a niveles compatibles con la estabilidad de precios. Por ello, en Europa, el repunte de la inflación ha llevado al Banco Central Europeo a endurecer de nuevo su política monetaria. Y vuelve a haber malas noticias. Después de la subida de junio, el mercado ya anticipa una segunda subida de tipos en septiembre.

Así, cuando el banco central eleva los tipos, el efecto termina trasladándose al mercado de deuda. Los inversores exigen una mayor rentabilidad para comprar los nuevos bonos soberanos y los Estados, cuando estos títulos vencen, tienen que sustituirlos por deuda emitida en condiciones más caras. Y, aunque "el impacto no sería inmediato sobre toda la deuda, porque los Estados tienen vencimientos relativamente largos y el aumento de tipos se va trasladando gradualmente a medida que refinancian los bonos que vencen. Pero precisamente por eso el problema se vuelve acumulativo", remata el catedrático.

De hecho, el mercado ya refleja esta presión. Como explicó anteriormente El Independiente, entre el 31 de diciembre de 2025 y el 21 de agosto de 2026, la rentabilidad del bono a diez años pasó del 4,15% al 4,74% en Estados Unidos, del 2,86% al 3,26% en Alemania, del 3,56% al 4,13% en Francia, del 3,29% al 3,72% en España y del 2,08% al 2,88% en Japón. Es decir, esta mayor rentabilidad para los inversores implica un mayor coste para los gobiernos a la hora de financiar su nueva deuda .

El shock puede empezar fuera de Europa

El problema es especialmente relevante para Europa porque las necesidades de gasto no han desaparecido. Al contrario: defensa, seguridad energética, transición tecnológica, envejecimiento y autonomía estratégica obligan a los gobiernos a movilizar nuevos recursos, mientras los mayores costes de financiación presionan sus presupuestos. Y, mientras "los gastos financieros en los que hay que incurrir para pagar la deuda se disparan", la necesidad de ajustar las cuentas, requiere otras "medidas de ajuste: aumentar impuestos o reducir gastos", añade el investigador de Funcas.

Y si Europa afronta este escenario con un margen fiscal cada vez más reducido, ¿qué ocurrirá cuando llegue el próximo shock? De hecho, el ejemplo de Japón este verano muesta que el shock ni siquiera tiene que originarse dentro de las propiar fronteras para impactar en la economía.

Con una deuda pública cercana al 200% del PIB, los japoneses sufrieron una fuerte presión sobre el yen y el Gobierno nipón tuvo que intervenir para frenar su depreciación. Tokio utilizó sus reservas en divisas para comprar yenes y contó con la coordinación de Estados Unidos.

¿Por qué EEUU participó? Porque Japón es uno de los grandes tenedores extranjeros de deuda estadounidense. Si para obtener dólares con los que sostener el yen hubiera vendido una cantidad importante de bonos del Tesoro de EEUU, estas ventas podrían haber presionado a la baja su precio y al alza su rentabilidad, encareciendo la financiación de Washington. Para evitarlo, el secretario del Tesoro estadounidense, Scott Bessent, animó a Japón a utilizar líneas de intercambio de divisas en lugar de vender bonos estadounidenses. Un episodio que muestra cómo una tensión en el mercado de una gran economía puede trasladarse a otra a través de los mercados de deuda.