Ha llegado la cuesta de septiembre. Se acaban las vacaciones, toca volver al colegio, regresar al trabajo y afrontar la vuelta a la rutina. Y todavía quedan las rebajas de última hora, algún festival para hacer más llevadero el regreso o ese último viaje antes de guardar la maleta definitivamente. Gastos, gastos y más gastos.
Y cuando llega septiembre y toca mirar la cuenta bancaria, aparece una pregunta inevitable: ¿cuánto dinero hemos conseguido guardar? Si bien las familias españolas han elevado su capacidad de ahorro desde la pandemia, todavía están lejos de otros países europeos. Según Eurostat, la tasa de ahorro media de las familias españolas se situó en el 12% de sus ingresos al cierre de 2025, frente al 17% de Francia y el 19% de Alemania.
Sin embargo, la inflación va reduciendo poco a poco el valor de estos ahorros y hace que, con el paso del tiempo, la misma cantidad de dinero permita comprar menos. Y entonces surge la siguiente cuestión: ¿qué hacemos con todo el dinero que hemos conseguido guardar para no perder poder adquisitivo? Esta es precisamente la pregunta que aborda el libro Invertir te renta, de la periodista especializada en información económica y financiera Clarisa Sekulits, una guía para quienes saben que deberían mover sus ahorros, pero todavía no saben por dónde empezar.
1. Aprender a ahorrar
No hay que empezar la casa por el tejado. El primer paso es ir ahorrando: gastar menos de lo que ingresamos y reservar una parte de nuestros ingresos cada mes. Sekulits recupera incluso el término lonchafinismo, la vigilancia de los pequeños gastos para conseguir ahorrar al máximo. La clave no está en convertirse en un avaro, sino en detectar estos pequeños desembolsos que, sumados, terminan haciendo un agujero en la cuenta.
La autora propone un ejercicio muy sencillo para detectar estos gastos superfluos: pagar en efectivo durante una semana. Cuenta que llevar un billete de 50 euros en el bolsillo le hacía mucho más consciente de cuánto estaba gastando. Con la tarjeta, en cambio, podía desembolsar la misma cantidad sin tener la misma sensación. "Te ayudará a abrir los ojos", señala.
También propone revisar periódicamente los gastos y establecer un objetivo de ahorro. Una referencia puede ser la regla 50/30/20: la mitad de los ingresos para necesidades básicas, un 30% para gastos discrecionales y un 20% para ahorrar. "Lo importante es que asumas un compromiso" y, si un mes es inviable poder ahorrar, que eso no te desmotive para romper la constancia a partir de entonces.
2. Crear un colchón antes de invertir
Asimismo, antes de poner el dinero a trabajar, hay que protegerse frente a los imprevistos. La autora recomienda construir un fondo de emergencia capaz de cubrir "entre tres y seis meses de la economía familiar". Sekulits recomienda que solo una vez creado este colchón debería plantearse invertir el dinero que no se vaya a necesitar a corto plazo.
Porque ahorrar no es suficiente. Si los ahorros permanecen durante años sin generar ninguna rentabilidad, la inflación irá reduciendo su poder adquisitivo. Con los precios creciendo un 3,2% hasta agosto, mantener todo el dinero parado tiene un coste. "En términos reales, es decir, teniendo en cuenta la inflación, estás perdiendo dinero", resume Sekulits.
3. Quiero invertir, ¿por dónde empiezo?
Ya tengo el colchón, ¿y ahora qué? Lo primero que hay que tener en cuenta es que tampoco hace falta disponer de grandes cantidades de dinero para empezar. Lo importante es saber qué riesgo estamos dispuestos a asumir y durante cuánto tiempo podemos prescindir de este dinero.
Sekulits distingue tres grandes perfiles: conservador, moderado y arriesgado. El primero prioriza preservar el capital; el segundo busca un equilibrio entre rentabilidad y seguridad; y el tercero puede asumir mayores oscilaciones porque tiene más conocimientos o un horizonte temporal suficientemente largo. Ante estos perfiles, la regla fundamental es: "Cuanta más rentabilidad quieras obtener, mayor es el riesgo que deberás asumir, y a la inversa". Por eso, la autora advierte de que la rentabilidad que aspiremos a conseguir debe estar supeditada al riesgo que realmente podamos soportar.
También hay que tener en cuenta cuándo se pagan impuestos por una inversión. En general, la tributación llega cuando se obtiene una renta (como los intereses de un depósito, un cupón o un dividendo, o cuando se vende un activo con ganancias). Es decir, hasta que no se vende, no se tributa por la plusvalía. Los fondos de inversión tienen, además, una particularidad: se puede trasladar el dinero de un fondo a otro sin tributar en ese momento por las ganancias acumuladas, de modo que el pago de impuestos se difiere hasta el reembolso definitivo.
4. Ya sé mi perfil, ¿qué opciones tengo?
A partir de aquí llega el momento de elegir los activos. Bolsa, renta fija y liquidez son los principales ingredientes de una cartera, pero cada uno cumple una función diferente. Las acciones permiten participar en el crecimiento de las empresas y ofrecen un mayor potencial de rentabilidad a largo plazo, aunque a cambio de poder asumir fuertes oscilaciones en el corto plazo. La renta fija, a través de bonos emitidos por empresas o gobiernos, ofrece una vía más estable: el inversor presta su dinero a cambio de unos intereses y recupera el capital al vencimiento, aunque el precio de los bonos también puede variar antes de esa fecha. La liquidez, por su parte, reúne productos como las cuentas, los depósitos o los fondos monetarios, que permiten mantener el dinero disponible y asumir un nivel de riesgo reducido, aunque con una rentabilidad más limitada.
Y a estos tres grandes bloques se suman otras alternativas. Los inmuebles son una de las inversiones más habituales entre los españoles, aunque requieren una cantidad importante de dinero, pueden concentrar demasiado patrimonio en un único activo y son difíciles de convertir rápidamente en efectivo. Las materias primas, como el oro, pueden servir para diversificar una cartera, pero también están expuestas a movimientos de precios. Las criptomonedas presentan una volatilidad todavía mayor y, por tanto, un nivel de riesgo muy elevado. Y el capital riesgo permite invertir en empresas que no cotizan en Bolsa, con potencial de rentabilidad, pero también con una menor liquidez y un horizonte de inversión más largo.
La cuestión, por tanto, no es elegir un único activo, sino combinar distintos ingredientes en función del riesgo que estamos dispuestos a asumir y del tiempo durante el que podemos mantener nuestro dinero invertido. Para hacerlo existen distintos vehículos, como los fondos de inversión, ETF, planes de pensiones o seguros de ahorro, que permiten acceder a diferentes activos y construir una cartera. Y para quienes prefieren no tomar todas las decisiones por su cuenta, los roboadvisors ofrecen una alternativa para delegar la gestión a partir del perfil de riesgo del inversor.
5. ¿A quién confío mis ahorros?
Y todavía queda una decisión: quién va a llevar nuestro dinero. Podemos acudir al banco de toda la vida, buscar un asesor financiero, utilizar un roboadvisor o gestionar directamente nuestra cartera mediante un bróker.
En cualquiera de los casos hay dos elementos que no pueden faltar: comparar las comisiones y comprobar si existe algún conflicto de interés. Que nuestro banco nos haya concedido la hipoteca no significa que sea necesariamente la mejor entidad para invertir. Tampoco que un asesor nos recomiende un producto significa que sea el que más nos conviene.
Por eso, antes de decidir, la autora del libro recomienda hacer preguntas incómodas: ¿cuánto me cobran en comisiones?, ¿qué parte de mi dinero está en productos de la propia entidad?, si necesito acceder a mi dinero, ¿qué plazos y costes tendría que asumir?, ¿cómo actuarías si el mercado cayese o entrase en una fase bajista? o, si decido mover mis inversiones a otro banco, ¿hay penalizaciones o costes asociados?
6. Ya he invertido, ¿y ahora qué?
Pues bien, pongamos que has seguido todos los pasos y ya has puesto en movimiento tu dinero. Si bien invertir no significa comprar un producto y olvidarse de él, tampoco vivir pendiente de la cotización todos los días. Sekulits recomienda revisar la cartera cada tres o seis meses, comprobar que los productos siguen cumpliendo su objetivo, vigilar la diversificación y reajustar el nivel de riesgo cuando lo consideres necesario.
Y, sobre todo, mantener la cabeza fría. El miedo puede llevarnos a vender cuando el mercado cae y el exceso de confianza, a asumir más riesgo del que podemos soportar. Son algunos de los sesgos que pueden convertir una buena estrategia en una mala decisión.
La receta final es, quizá, la más sencilla de todas: empezar cuanto antes, invertir de forma recurrente y mantener controlado el gasto. Y cuando llegue el momento de recuperar el dinero, volver a hacer números, porque también entonces la perspectiva fiscal puede marcar la diferencia.
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