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Estas son las industrias a las que nadie quita ojo en 2026

Hay años en los que el dinero se dispersa y años en los que se embuda hacia unos pocos sitios; 2026 es de los segundos. Basta mirar dónde coinciden los grandes fondos, los ministerios y la economía de a pie: media docena de sectores acapara casi todo el oxígeno, casi todos en torno a lo mismo. La inteligencia artificial pasó de promesa de laboratorio a centro de gravedad que tira de la energía, los semiconductores, el capital y hasta el ocio, mientras la geopolítica, a su aire, empuja un rearme que hace diez años habría sonado a ciencia ficción.

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La magnitud se entiende mejor en euros que en titulares. El capex de los cinco grandes de la tecnología estadounidense en infraestructura de IA rozará los 650.000 millones de dólares en 2026, comparable al PIB de Suecia o Argentina y cercano al 2% del de Estados Unidos. Nada de esto es humo: es hormigón, silicio y megavatios. Solo entre julio y septiembre de 2025 la inversión mundial en centros de datos se disparó un 59% interanual, octavo trimestre seguido en doble dígito. El reverso incomoda. Unas pocas compañías sostienen media bolsa, y en enero vimos lo deprisa que se evaporan los billones cuando alguien insinúa que tanto desembolso quizá no rinda pronto.

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La factura llega en megavatios

El primer cuello de botella llega pronto, y no es de chips, sino de enchufes. Mantener esos modelos en marcha devora tanta energía que ha torcido el mapa de la inversión mundial. El gasto global en energía tocó un récord de 3,3 billones de dólares, y por primera vez las tecnologías limpias se llevan el doble de capital que el petróleo, el gas y el carbón sumados, en lo que ya se bautiza como la era de la electricidad. La solar manda con 450.000 millones; la nuclear, que muchos daban por amortizada, ha crecido la mitad en un lustro, otra vez por el hambre de cómputo. Hasta el gas natural entra en la cuenta: su inversión repuntó para alimentar la sed eléctrica de los nuevos servidores, mientras las redes de transporte, congeladas en torno a 400.000 millones anuales, se quedan atrás.

El ocio digital cabalga la misma ola

Esa misma corriente está rehaciendo sectores que parecían de otra galaxia, y el entretenimiento digital es el más vistoso. El juego online europeo, que se queda con cerca de la mitad del mercado mundial y crece a doble dígito, ya no se parece al de hace cinco años: crupieres de carne y hueso en directo, recomendaciones que afina un algoritmo y una experiencia pensada para el pulgar, no para el ratón. Y aquí viene lo interesante. En un negocio que se hincha tan deprisa, una plataforma no vale por lo abultado de su catálogo, sino por cuánto enseña sin que se lo pidan: licencia a la vista, porcentajes de retorno auditados, software con sello de laboratorio independiente. Es el ángulo que subrayan los analistas del ramo, cuyas reseñas de casinos en línea funcionan ya como una auditoría informal de la transparencia: pendientes de qué operadores enseñan sus números y lucen una licencia comprobable. La confianza técnica, cuando el dinero corre así, se vuelve el bien más cotizado.

El rearme que pocos esperaban

La otra gran corriente de 2026 no le debe nada a ningún algoritmo, sino a un mapa con demasiadas grietas. El gasto militar mundial trepó hasta los 2,89 billones de dólares en 2025, undécimo año seguido de subidas y la mayor mordida sobre el PIB global desde 2009, con un rearme europeo que engordó la partida un 14%. El caso español pone los pelos de punta: el gasto subió un 50% hasta los 40.200 millones de dólares y cruzó el umbral del 2% del PIB por primera vez desde 1994, mientras Alemania se coronaba como mayor potencia de Europa occidental. Estados Unidos, que sigue gastando más que nadie, recortó su factura un 7,5% al no renovar la ayuda a Ucrania; un respiro engañoso, porque el Congreso ya ha aprobado más de un billón para 2026.

Conviene bajar el plano hasta casa, porque España se cuela de pronto en el cruce de casi todas estas corrientes. El país se ha vuelto un imán para la infraestructura digital europea: su parque de centros de datos creció un 23% el año pasado y podría sextuplicar su capacidad para 2030, con Aragón, donde Amazon y Microsoft han prometido decenas de miles de millones, pisándole los talones a Madrid. Quién lo habría dicho de Teruel. El reverso es el de siempre: una red eléctrica saturada que amenaza con cortar la fiesta y un consumo de agua y de luz que ya se nota en las cuentas del país. Lo que parecía cosa de ingenieros es, de un día para otro, asunto de todos.

Ese es el hilo que cose todos estos sectores, ni la inteligencia artificial ni la guerra por separado, sino algo más viejo, la escasez: de potencia eléctrica, de chips, de seguridad, de confianza. Cada billón volcado aquí es, a la vez, una apuesta y una hipoteca a treinta años, y los sectores que prometen blindar el porvenir podrían, si las cuentas no salen, arrastrar al resto en la caída. Nadie sabe aún si 2026 se recordará como el año en que se echaron los cimientos de la próxima década o como aquel en que una burbuja, inflada por el puro miedo a quedarse fuera, empezó a hincharse de más. La respuesta, como casi siempre, llegará cuando ya hayamos dejado de mirar.

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