Como pronosticaban todas las quinielas, Will Smith fue nominado ayer a un Óscar como mejor actor principal por su interpretación en ‘El método Williams‘ (‘King Richard‘ en inglés), la película sobre Richard Williams, el padre de las tenistas Venus y Serena, y cómo consiguió transformarlas en leyendas del deporte.

Técnicamente hablando, en realidad Will Smith fue nominado dos veces: como actor y como productor (‘El método Williams‘ está nominada también a mejor película), lo que supone todo un hito: es el segundo actor negro de la historia que consigue dos nominaciones en una misma convocatoria por la misma película. Aunque más allá de este éxito, seguramente a él lo que más ilusión le debe hacer es alzarse con la ansiada estatuilla. Ya ha estado nominado dos veces antes (en el 2022 por su papel de Muhammad Ali y en el 2007 por su rol de Chris Gardner en ‘En busca de la felicidad‘) y en estos momentos debe estar cruzando los dedos para que se cumpla aquello de a la tercera va la vencida.

Fácil, desde luego, no lo va a tener. Enfrente suyo tiene a pesos pesados, entre ellos a Benedict Cumberland, Andrew Garfield, Javier Bardem y a un Denzel Washington en estado de gloria en ‘La tragedia de Macbeth‘. Además, hay un signo de mal agüero: Washington ya estuvo nominado con él en el 2002 (por ‘Training Day‘) y se alzó con el Oscar.

Éxitos, fracasos y escándalos

De la primera vez que nominaron a Will Smith a un Oscar por Ali hasta ahora han pasado quince años y en ellos la carrera del actor ha vivido grandes éxitos, pero también sonados fracasos y más de un escándalo. De hecho, toda su carrera ha sido un vaivén de subidas y bajadas: su paso de estrella adolescente del rap a actor de televisión y, de ahí, a estrella mundial ha sido de todo menos lineal y fácil.

Will Smith reconoce que es un trabajador metódico y que lo planea todo con una meticulosidad que bordea lo psicótico. No da un paso sin haber sopesado todos los pros y los contras y se esfuerza al máximo en cada proyecto. Pero esa dedicación extrema no explica por sí sólo su éxito. Más bien, lo que ayuda a explicarlo es su capacidad para adaptarse al cambio. Más que cualquier otra cosa, Will Smith es un actor tan camaleónico como mutable, un tipo que se encuentra cómodo bajo varios sombreros.

De joven, Will Smith quería convertirse en la mayor estrella de cine del mundo

Empezó, como hemos dicho, como estrella del rap y del hip-hop. Willard Carroll Smith o Will Smith, como sería mundialmente conocido, era un chaval de Filadelfia, nacido en 1968 y al que sus compañeros apodaban «príncipe» por su encanto, humor y magnetismo. Sin embargo, bajo esa fachada de tipo ultrasimpático se escondía un ser herido y con muchas heridas internas. Tal como desveló en su libro de memorias, Will (aquí publicadas por Planeta), su padre era violento y alcohólico, y su relación con él fue sumamente compleja. «Cuando tenía nueve años», explica en el libro, «vi a mi padre golpear a mi madre en la cabeza con tanta fuerza que se derrumbó. La vi escupir sangre. Ese momento en esa habitación, probablemente más que cualquier otro momento de mi vida, ha definido quién soy (…). En todo lo que he hecho desde entonces, los premios y los elogios, los focos y la atención, los personajes y las risas, ha habido una sutil cadena de disculpas hacia mi madre por no haber actuado ese día. Por fallarle en ese momento. Por no hacer frente a mi padre. Por ser un cobarde».

Sus padres se separaron cuando él era un adolescente (se acabarían divorciando años más tarde). Un poco más tarde, su carrera despegó: antes de acabar el instituto ya había grabado un disco, en 1989 ganó su primer Grammy (junto con su compañero Jeffrey Townes, fue el primera artista de hip-hop en lograrlo) y a los 18 años ya era millonario.

Arnold Schwarzenegger le dio un gran consejo: «Piensa en ti mismo como si fueras un político que se presenta al puesto de ‘Mayor estrella de cine del mundo'».

Estuvo a punto de perderlo todo por problemas con Hacienda y, tras saldar sus deudas a tiempo, se mudó de Filadelfia a Los Ángeles, donde sabía que iba a tener más oportunidades. Llegó con talento, sin apenas dinero y con un sueño: convertirse en la mayor estrella de cine del firmamento. Para lograrlo, estudió las carreras meteóricas de otros actores y analizó las películas más taquilleras. En un artículo en el británico The Guardian, Will Smith reconoció que aprendió cómo promocionarse de Tom Cruise y que Arnold Schwarzenegger le dio un gran consejo: «Piensa en ti mismo como si fueras un político que se presenta al puesto de ‘Mayor estrella de cine del mundo'».

Y eso hizo. Al poco tiempo ya estaba protagonizando El príncipe de Bel-Air, un auténtico fenómeno televisivo, y en 1993 dio el salto a la gran pantalla con Seis grados de separación, del director Fred Schepisi. Hacía el papel de Paul, un tipo que finge ser el hijo de Sidney Poitier para codearse con los ricos, y según algunos expertos, sigue siendo su mejor interpretación.

Su primer gran éxito en el cine llegó dos años más tarde, en 1995, con Bad Boys, una comedia dirigida por Michael Bay sobre una pareja de policías de narcóticos de Miami (la película tuvo tanto éxito que le siguieron dos secuelas: Bad Boys II en el 2003 y Bad Boys for Life en el 2020).

Bad Boys recibió críticas de todo tipo y. básicamente, se le echó en cara ser una nueva vuelta de tuerca de producciones muy conocidas, como Arma Letal o Superdetective en Hollywood. Pero triunfó en la taquilla y permitió a Will Smith pasar de actor de televisión a actor de cine, algo que en aquel momento no era tan fácil como ahora. Mentalmente, también supuso un cambio para él. Cuando apareció en pantalla con aquella icónica camisa abierta, el director, Michael Bay, le dijo: «Ahora pareces una estrella». Y él contestó: «Pues sí, es verdad».

Un tipo simpático que triunfa cuando se pone serio

Hollywood empezó a explotar esa imagen de tipo entre duro y frágil y, sobre todo, extraordinariamente simpático. Más que otra cosa, Will Smith cae bien y llena la pantalla de alegría. Lo vimos en Wild Wild West (1999), un western con toques steampunk (Will Smith, por cierto, cree que es su peor película); en Men in Black, donde combatió a alienígenas junto con Tommy Lee Jones; y en Independence Day (1996) donde siguió combatiendo a alienígenas y, de paso, salvó al planeta. Más recientemente, explotó su vena cómica en Hancock (2008), donde dio vida a un superhéroe caótico que provocaba accidentes más que los resolvía.

Pero Will Smith no sólo sabe provocar risas. Sus papeles «serios» han demostrado que es un actor de primera, versátil e imposible de encasillar. Lo demostró en La leyenda de Bagger Dance (2000) y, sobre todo, en Ali, la película sobre la historia de la leyenda del boxeo Cassius Clay / Muhammad Ali. El film no logró buenas críticas, pero su interpretación ganó aplausos. El prestigioso crítico de cine estadounidense Roger Ebert comentó que supo «capturar la personalidad enigmática de Ali». Smith supo darle el toque justo ente tipo duro, un boxeador implacable, un hombre de un carisma descomunal y un ser en privado más reservado y distante de lo que muchos podían pensar. En ocasiones, Will Smith aparecía superficial, ligero, propenso a las bromas y a reírse de la fama; en otras resultaba profundo, espiritual, serio y reflexivo. Justo como Muhammad Ali era en realidad.

Otro de sus grandes éxitos fue ‘En busca de la felicidad‘ (2006), dirigida por Gabriele Muccino e inspirada en la historia real de Chris Gardner, un hombre con un hijo a su cargo que lo pierde todo y se queda en la calle, pero se recupera milagrosamente: consigue un trabajo como becario en una de las mejores firmas financieras del país y logra triunfar contra pronóstico a pesar de que cada día, al salir de la empresa, tenía que ir a dormir a un albergue.

Sonoros fracasos

Will Smith ha sabido alternar como pocos películas taquilleras con proyectos personales ambiciosos y más de un film arriesgado. Pero no siempre le ha salido bien la jugada. Después de tener una racha sorprendente de buenas películas, con En busca de la felicidad, Soy Leyenda y Hancock, grabó Siete Almas (un desastre de crítica). Tras Men in Black 3 vino After Earth (otro desastre de crítica). Belleza oculta (2016), a pesar de contar con un elenco de actores y actrices de primera (aparte de Will Smith aparecían Edward Norton, Keira Knightley, Kate Winslet y Helen Mirren), no convenció a nadie. A Géminis, la película que protagonizó en el 2019 bajo la dirección de Ang Lee, le pasó lo mismo: factura impecable y buenas interpretaciones pero el conjunto no funcionaba.

Rompiendo la mala racha

De hecho, últimamente parecía que sólo salía en malas películas. Menos mal que ‘El método Richard‘ ha roto la mala racha. La interpretación de Will Smith, desde luego, es de Oscar: consigue reproducir a la perfección a un padre tan ambicioso como comprometido, tan obtuso como sacrificado. Will Smith le da el toque justo entre ser un tipo insufrible, un verdadero sargento implacable sin tolerancia para los errores, y ser también un genio de la publicidad, un estratega formidable y una persona básicamente muy agradable.

La película parece que le está trayendo buena suerte, aunque sólo sea por su nueva nominación al Oscar. Y porque parece que le ha puesto en el camino de la buena racha. Will Smith ya tiene en mente un nuevo proyecto, Emancipation, la vida de un esclavo que logró escapar de una plantación de Louisiana y sufrió mil y una desventuras hasta que llegó al Norte.

De nuevo, la película huele a Oscar.