Cogimos el AVLO 02187 a las 18:54 desde Santa Justa, Sevilla, en dirección Madrid Puerta de Atocha, que debería haber llegado a las 21:45h del domingo 18 de enero.
A la hora de trayecto aproximadamente, nuestro tren frenó en seco, pasado Córdoba, en mitad de la nada, y algunos pasajeros directamente tuvimos un pitido en los oídos.
20:00h y el tren parado en mitad del campo y noche oscura. ¿Qué pasaba? ¿Por qué paraba el tren? ¿Era una avería normal?
Con cobertura regular, entre unos y otros pasajeros intentábamos calmarnos, y desde megafonía nos dijeron que había habido un descarrilamiento del tren que iba por delante de nosotros. Pero no nos podían dar más detalles. No nos imaginábamos la magnitud de ese accidente.
Varios guardias civiles que iban de paisano en el tren se pusieron a los mandos junto al personal de Renfe para intentar tranquilizar a los que estábamos allí; el tiempo pasaba y no había información clara: había habido un accidente y los recursos estaban destinados a ese tren accidentado, y ahora nosotros, claramente, no éramos la prioridad.
Desde Internet nos llegaba que había habido un choque entre dos trenes, y nosotros íbamos justo detrás. Nos habíamos salvado de algo peor. Whatsapps, llamadas, personas de pie comunicándose con sus familiares, y, sobre todo, mucha incertidumbre. También una especie de sensación de alivio y miedo a partes iguales… Podíamos haber sido nosotros los pasajeros del Iryo.
Uno de los guardias civiles repartió la poca agua que había en el tren, destinada con prioridad a grupos vulnerables, y comentó: “Cualquiera de los del otro tren se cambiaría por cualquiera de ustedes ahora mismo”. Buscaba calmar los ánimos, quedaban horas de espera aún.
Estábamos a 4 kilómetros de Adamuz, el epicentro de la tragedia que iba por delante en esos dos trenes de la muerte. Por lo tanto, el nuestro era el más cercano al desastre y el más complicado de auxiliar tras los accidentados.
Cualquiera de los del otro tren se cambiaría por cualquiera de ustedes ahora mismo”, dijo uno de los guardias civiles de paisano
Sobre las 22:30h nos avisaron de que la luz, y, en consecuencia, la calefacción de reserva desaparecería en media hora, por lo que teníamos que mantener la calma y prepararnos, nadie sabía cuándo, ni cómo, iban a llegar buscarnos. Al menos estamos bien y vivos.
Cundió brevemente el pánico cuando se fueron las luces, todo a oscuras y sin una explicación clara: solo el goteo de muertos que llegaba desde noticias de los medios de comunicación del choque de trenes. Y nosotros tan cerca, a sólo 4 km.
Niños, personas asustadas, móviles en modo avión debido a la falta de carga y solo quedaba esperar. Peo ¿a qué? ¿Cuándo llegarían? ¿Y cómo?
Afortunadamente no llegó el frío, debido al calor humano y a que Renfe decidió no abrir las ventanas de nuestro tren por miedo a que alguien escapara de allí. Había un salto de dos metros hacia abajo al salir, según nos contaron, por lo que no había otra: aguantar dentro. Y esperar. Las 21.30 horas de llegada a Atocha sólo era papel mojado. Pero allí estábamos todos.
("Cualquiera de los del otro tren se cambiaría por cualquiera de ustedes ahora mismo”, resonaba como una sabia reflexión entre tanta duda).
A eso de las 00:00h un tren de Córdoba vino al fin a remolcarnos hasta allí. Algo más de una hora después, entrábamos en la estación sin saber muy bien qué iba a pasar.
Momento de ir al baño y algo de comida, no la suficiente porque no daban abasto en Córdoba, y nos reubicaron en autobuses hacia Madrid y Ciudad Real a los casi 400 pasajeros que salimos desde Sevilla en ese AVLO que se libró de milagro. A sólo 4 kilómetros.
Finalmente, sobre las 2 de la madrugada, salimos hacia Madrid en autobús, y, con mucho miedo, cansancio y desconcierto, llegamos a las 8:15h de la mañana a la estación de Atocha, con el pertinente atasco de entrada a la capital de un lunes por la A-4.
Muchas horas después de lo previsto, y con mucha peor sensación en el cuerpo. Pero lo estamos contando.
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