Hay gestos que en diplomacia pesan más que una cumbre. Condecoraciones que no funcionan como una simple cortesía, sino como una contraseña de acceso a la zona noble del poder. El Toisón de Oro, la máxima distinción de la monarquía española, es uno de ellos. Un símbolo reservado. Un círculo casi hermético. Y, por eso, también un termómetro: dice tanto por quién lo recibe como por quién queda fuera.

El Toisón de Oro no es una medalla más ni un reconocimiento protocolario al uso. Se trata de una de las órdenes de caballería más antiguas y prestigiosas de Europa, fundada en 1430 por Felipe el Bueno, duque de Borgoña, y vinculada históricamente a la monarquía hispánica desde los Austrias. En España, la distinción depende directamente del Rey, como soberano de la Orden, y su concesión es extraordinariamente limitada: no se otorga por méritos administrativos ni por carrera política, sino como gesto de máxima confianza y cercanía entre jefes de Estado, especialmente monarcas. Recibir el Toisón equivale a entrar en un club selecto. Uno donde la política exterior se escribe, a veces, en voz baja.

“Los reyes conforman un club selecto (o incluso una red) de jefes de Estado, ligados a menudo por estrechos lazos de parentesco o amistad, lo cual puede facilitar la relación diplomática entre sus gobiernos”, explica Charles Powell, director del Real Instituto Elcano, en El rey Juan Carlos I y la proyección exterior de España, recién publicado por Galaxia Gutenberg.

Imagen del Toison de Oro, la máxima distinción de la monarquía española. | Mariscal / EFE

Una ausencia "sorprendente"

“En el caso español, este círculo europeo de monarcas se fue ampliando paulatinamente para incluir a quienes don Juan Carlos invitó a formar parte de la Orden del Toisón de Oro, en la que fueron ingresando el rey de Suecia, Carlos XVI Gustavo (1983); el gran duque de Luxemburgo, Juan (1983); el rey de Noruega, Olaf V (1985); el príncipe heredero, y luego emperador de Japón, Akihito (1985); el rey de Jordania, Hussein I (1985); la reina de los Países Bajos, Beatriz (1985); la reina de Inglaterra, Isabel II (1988); el rey de los belgas, Alberto II (1994); el rey de Noruega, Harald V (1995); el rey de Bulgaria, Simeón II (2004); el rey de Tailandia, Bhumibol Adulyadej Rama IX (2006); el gran duque de Luxemburgo, Enrique I (2007), y el rey de Arabia Saudí, Abdalá (2007)”, detalla el historiador.

Y sin embargo, hay una ausencia que resulta difícil de explicar. “Sorprendentemente, ni Hasán II ni su hijo Mohammed VI de Marruecos figuran en esta lista relativamente corta, lo cual no puede atribuirse a motivos religiosos”, arguye Powell en la obra, a la venta desde esta semana. “Creo que soy la primera persona que ha subrayado esto. Algunos pensaban que es porque son musulmanes. Pero no es así porque Abdalá de Arabia Saudí figura en la listas”.

Powell recuerda que “no hay nadie más riguroso como monarca islámico que los saudíes”. “Si Arabia Saudí sí lo tiene, Marruecos no puede quedar fuera por el islam. El problema es otro”, desliza. Una de las razones, esgrime, podría ser en clave doméstica: la sensibilidad de la opinión pública española respecto a Marruecos, con el trasfondo del conflicto del Sáhara Occidental o las reivindicaciones de Ceuta y Melilla.

“Los españoles tienen memoria. Por ejemplo, no han perdonado a Francia por obstaculizar el ingreso en la Unión Europea y no combatir a ETA, y todavía se acuerdan de La Marcha Verde. Y luego están Ceuta y Melilla, la inmigración ilegal y el narcotráfico. Creo que la gente no entendería bien esto. Es verdad que en teoría, esa es una de las pocas cosas que el rey puede hacer sin consultar a nadie, porque no es el Estado español, sino la Casa Real la que otorga el Toisón”, arguye Powell.

Juan Carlos I podía ser amigo personal de Hasán II -tal y como reivindica en Reconciliación-, y esa amistad podría ser útil a la diplomacia española, pero el Toisón habría trasladado esa amistad del plano privado al plano institucional.

Juan Carlos I junto a Mohamed VI en el funeral de Hasán II. | Efe

El club de monarcas: diplomacia informal y sombras

En el libro, Powell describe esa red de monarcas con el Toisón de Oro como una herramienta de poder informal, donde la Corona podía actuar incluso en crisis. “A lo largo de su reinado, la existencia de estos vínculos de parentesco y amistad ofrecieron a don Juan Carlos la posibilidad de ejercer una diplomacia informal al más alto nivel, complementando a menudo las iniciativas surgidas de la esfera gubernamental, sobre todo en momentos de crisis”.

Y subraya que esos vínculos tuvieron un papel especial durante la primera década del reinado para romper el aislamiento: ayudaron a que España fuese “aceptada en pie de igualdad por parte de las monarquías parlamentarias europeas”, superando “el ostracismo político” asociado al franquismo.

Pero Powell también abre otra puerta: las relaciones con monarquías donde el monarca sí tenía poder político. Una zona más controvertida, más difícil de auditar y más problemática. “Paradójicamente, quizá, dichos lazos jugaron en ocasiones un papel aún más importante —aunque también potencialmente más polémico— en las relaciones del rey con las monarquías en las que el portador de la corona todavía ejercía un considerable poder político”.

Los españoles tienen memoria y todavía se acuerdan de La Marcha Verde

Y ahí, Marruecos aparece entre los más estrechos: “Como vimos, don Juan Carlos desarrolló una relación inusualmente estrecha con varios de estos monarcas, sobre todo los de Irán, Marruecos, Jordania y los países del Golfo”. Powell descarta que el Toisón de Oro acabe en manos ahora de Mohamed VI. La relación actual con Juan Carlos o con su hijo Felipe VI no es ni de lejos tan estrecha como la que protagonizaron el rey emérito y Hasán II.

En su minucioso ensayo sobre el reinado de Juan Carlos, Powell recupera algunos de los episodios intermitentes de tensión entre España y la monarquía de Mohamed VI en los que el emérito sirvió como mediador. “El joven monarca alauí era famoso por su sensibilidad ante posibles desaires, y en junio de 2010 su 'tío' tuvo que intervenir para calmarlo cuando denunció que un helicóptero militar español había realizado un vuelo rasante sobre su yate privado para diversión del piloto. Dos meses después, las autoridades marroquíes condenaron enérgicamente el comportamiento 'racista' e innecesariamente violento de la policía española que patrullaba la frontera de Melilla, obligando a don Juan Carlos a telefonear a Mohamed para asegurarle de la voluntad de su Gobierno de enmendar la situación”, rememora.