La politóloga y periodista Estefanía Molina se ha metido en el el jardín de criticar que nuestro sistema de bienestar está en crisis. Lo ha hecho en Los hijos de los boomers (Destino), un manifiesto generacional que pone el foco en la ruptura del ideal de clase media grabado a fuego en nuestra joven democracia y el Estado del bienestar.

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Molina se pregunta por qué tantos jóvenes se sienten tentados por pulsiones antisistema, por qué crece la ultraderecha y por qué cada vez más chicos y chicas no quieren pagar impuestos porque sienten que el sistema ya no les devuelve nada. Los hijos de los boomers es el retrato de una fractura: la de una generación que crece entre salarios bajos, alquileres imposibles y un horizonte de precariedad y que empieza a mirar a la democracia con desconfianza.

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El ensayo entiende a los “hijos de los boomers” en un sentido amplio: millennials, centennials y quienes vengan detrás, no solo los descendientes biológicos de los boomers, si no de aquellos que ya no han disfrutado de las condiciones de partida que sí tuvo esa cohorte que construyó la democracia, generación del baby boom- los nacidos entre 1958 y1975.

Para los boomers, la combinación de igualdad, libertad y progreso material hizo de la democracia una experiencia tangible: salarios que permitían acceder a la vivienda, un ascensor social en marcha y un Estado del bienestar que funcionaba. Para sus hijos, en cambio, la democracia se vive desde la frustración: sueldos que no dan para emanciparse, estudios que no garantizan estabilidad y un horizonte vital en el que el esfuerzo parece no llevar a ninguna parte.

Ya no hay tanta diferencia entre la persona que cobra un salario mínimo y, a lo mejor, la que cobra el salario más común.

Molina se reivindica “clasemediera” y convierte su propio recorrido vital -hija de una familia humilde que pudo progresar gracias a la educación pública y a las herramientas del Estado del bienestar- en hilo conductor de un manifiesto político y generacional. Si la abuela que "no sabía leer ni escribir tiene hoy una nieta que se gana la vida leyendo y escribiendo, es porque hubo un sistema que abrió puertas; precisamente ese pacto de progreso es el que ahora está en riesgo".

Pregunta: ¿Qué es lo que no se ha entendido bien de tu libro que genera tanta polémica?

Respuesta: Cada vez que uno reivindica cuestiones generacionales parece que está en guerra de generaciones. No, no es verdad. Ha habido otros trabajos que abundaban mucho en si los boomers vivieron mejor o peor, pero mi trabajo busca explicar por qué estamos creando una generación antisistema que, si no se revierten las condiciones actuales, puede aupar a primera fuerza de este país a un partido de los extremos. Ni el PP ni el PSOE, un partido de los extremos. No busca enfrentar generaciones, como dicen, sino explicar lo que les pasa.

España encadena dos décadas de hundimiento de la clase media y predomina un sentimiento de que uno ya no se puede realizar en este sistema, ya no es un sistema que realice aspiraciones; es lo que explica el libro. Obviamente hubo una generación que sí pudo realizarse en esta democracia, que es la que la consolidó, la generación del baby boom, pero no busco tanto confrontar como explicar lo que pasa.

P: Mucha gente dice que se han muerto las clases sociales. ¿Qué hay detrás de ese mensaje?

R: Estos días he visto mucho que se dice que la clase media nunca ha existido y no puedo más que sonreír ante ello. Hay una frase que dice algo así como: “El sistema tiende a negarnos aquello que ya no nos puede ofrecer”. Claro que ha existido la clase media en este país. Yo me he criado en un hogar de clase media aspiracional. Podríamos tener un nivel de vida mejor o peor, pero había esa aspiración y esas oportunidades para progresar. Hoy sabemos que el ascensor social está averiado respecto a los años 70. Hoy pesa mucho más la influencia de la familia en el desarrollo de una persona. Unos padres con dinero pueden darle la entrada de un piso a sus hijos; eso ya va a hacer una diferencia. Claro que existen las clases sociales y claro que existió la clase media en España. Es la que legitimó el Estado del bienestar y la democracia, es el bipartidismo que nos hemos dado: dos partidos de pulsiones moderadas que tienden al centro.

La crítica que hago es que los hijos de los boomers no son clase media. Si acaso lo llegan a ser, lo son por los posibles de sus padres, porque les pagan las facturas, les dan dinero para un piso. Ya no es el Estado del bienestar el que provee bienestar, son las familias. Eso es un fracaso del Estado del bienestar. Se ha privatizado el Estado del bienestar. Se ha criticado que no es clase media, es clase trabajadora. Una cosa no invalida la otra: clase trabajadora con oportunidades de progreso y aspiración. Claro que las clases sociales siguen existiendo. Todo está muy deslizado a la baja. Hoy el Gobierno, por ejemplo, celebra y aboga por la subida del salario mínimo. Hay gente que lo necesita, pero es que cada vez el salario mínimo es más parecido al salario más frecuente. Eso nos habla de que las clases sociales en España, sobre todo el grueso de la gente, se han deslizado a la baja. Ya no hay tanta diferencia entre la persona que cobra un salario mínimo y, a lo mejor, la que cobra el salario más común.

P: Hablas de los boomers como un actor social.

R: Claro, un actor social que no puede actuar no es un actor social, pero sí que es verdad que se comporta como tal. Los boomers son una institución en sí misma porque hoy todavía son el garante, el seguro de que en este país no haya sido primera fuerza un partido de fuera del sistema o un partido extremo desde la izquierda o un partido extremo desde la derecha. Son actor social: están proveyendo de democracia y todavía les están dando el Estado del bienestar a sus hijos, que ellos no pueden alcanzar por sí mismos, y a la vez orientan un modelo de Estado del bienestar que es el que ellos han conocido. Y los políticos, como saben que son el mayor grueso de voto, no se lo van a negar, no les van a decir: “Pues mira, a lo mejor ya no tenemos las mismas condiciones que cuando se construyó en los años 60”, porque eso sería dar un susto y una pérdida de votos.

Entre los años 85 y 2005 el PIB per cápita subió un 69%. Entre el año 2005 y 2024, un 11%. Por tanto, vemos que hay un contexto de fondo económico que ya no es el mismo. Luego, otra premisa: la idea de que la esperanza de vida sería en torno a 60–70 años. Por suerte hoy es mayor. ¿A qué nos aboca todo esto? A una democracia muy envejecida que no tiene activos para sustentar ese Estado del bienestar, por lo cual necesitamos personas que vengan a tener hijos. El problema es que la política no quiere dar la mala noticia, no quiere nadie decirle: “Perdonen, tenemos que repensar cómo formulamos todo esto, porque los salarios son más bajos, no hay tantos cotizantes por jubilado”. Nadie quiere dar esta mala noticia. Como es una democracia envejecida, las partidas principales de gasto cada vez van a ir más orientadas a un dilema pasado–futuro, que es el siguiente: las pensiones y la sanidad son los dos servicios principales que consumen los baby boomers, si nuestro Estado del bienestar no produce riqueza y bienestar para los que suben, digamos que cada vez se van a ir detrayendo más recursos para esas partidas porque, por base electoral, son más personas mientras se descuidan otras.

El sistema vive cómodo como funciona. Obtiene votos de los baby boomers. Hay gente que le hace el discurso funcional al sistema mientras no se solucionan los problemas de los jóvenes, porque ya están estos padres tapando el problema. Yo también abogo por un entendimiento generacional, que es que entendamos que esto no es quitar a unos para poner a otros. Esto es: si lo que sube no genera bienestar, a estos baby boomers nadie les garantiza que no acudan a una sanidad pública mucho peor que la que conocemos ahora o que las pensiones sean mucho peores que las que conocemos ahora. Si el sistema no produce bienestar, la desviación de recursos nunca va a ser infinita. No hay impuestos infinitos. Esto no siempre puede salir a ganar a los baby boomers. Por eso no es una lucha generacional, es un aviso a todos los actores del sistema.

P: ¿Los boomers, el PP y el PSOE son la misma cosa?

R: Sí, de hecho, yo en el libro pongo mucho énfasis en por qué la impugnación que le hizo Podemos tras el 15M al sistema fue el bipartidismo. Y hoy la impugnación que le hace Vox al sistema es el bipartidismo. ¿Por qué? Porque el bipartidismo es un sistema en sí mismo. Yo creo que a la gente, a lo mejor a la que vota al PP, le parece muy incómodo que alguien les diga que no son tan distintos a los que votan al PSOE a partir de cierta edad. Pero en verdad, a nivel de necesidades y de preferencias, sí. Ambos se han criado en un sistema que salió de la dictadura y avanzó hacia la democracia. Confían en la democracia, creen en esta democracia. Ambos abogan por un Estado del bienestar como lo han conocido y lo defienden como lo han conocido. No quiere decir que los que suben no crean en eso, pero es que los que suben ya no se están encontrando ese Estado del bienestar. Hoy se percibe que la sanidad es peor, las infraestructuras son peores y el Estado del bienestar no se sustenta en el ascensor social, que se ha averiado.

Estefanía Molina, autora de 'Los hijos de los 'boomers'
Estefanía Molina, autora de 'Los hijos de los 'boomers' | Israel Cánovas

P: Dices que la generación de los baby boomers es un actor político. ¿Los jóvenes también?

R: Lo que define un actor político es el peso en el voto. Los baby boomers lo son por peso de voto. Los jóvenes, obviamente, no. Es decir, no lo son porque, si fuera por peso de voto, probablemente no estaríamos asistiendo a medidas estéticas como el bono cultural, el interrail, el cheque de emancipación, que luego lo capturan los caseros. Son medidas estéticas que indican que no son concebidos como un actor político. Aunque haya jóvenes de izquierdas y de derechas y haya baby boomers de izquierdas y de derechas, su peso en el voto y sus prioridades, también por su momento vital, lo que aspiran a obtener de un Estado del bienestar, es otra cosa. Hoy un joven de Podemos y un joven de Vox que hayan sufrido la precariedad se sentaran a hablar y llegarían a muchas conclusiones parecidas de cosas que pasan. No creo que fuera tan distinta la mirada que tienen del sistema. Otra cosa es la solución o el cauce que creen que se debe dar a los problemas.

Hoy un joven de Podemos y un joven de Vox que hayan sufrido la precariedad se sentaran a hablar y llegarían a muchas conclusiones

Cuando aparece Podemos ya fue una primera impugnación generacional; ya se dijo: estos jóvenes, fue la primera vez, no van a vivir mejor que sus padres. Esto rompió el paradigma de esta democracia o en el que creyeron los baby boomers, que es: “Nuestros hijos vivirán mejor que nosotros”, porque ellos vivieron mejor que sus padres. Lo que ocurrió fue que el sistema integró esas demandas, las metabolizó: más espectáculo, más partidos, apariencia de cambio político, pero, como digo en el libro con El Gatopardo, que todo cambie para que nada cambie. Quince años después del 15M los jóvenes no pueden alquilar una habitación en el piso de un tercero.

P: Podemos llegó después del 15M y aprovechó muy bien esa dinámica y parte del descontento y supongo que Ciudadanos también cogió de lo mismo.

R: La gente creyó que aquello llevaría a un cambio del sistema. Era una impugnación al modelo de democracia, una democracia que la gente pensaba que era muy bunkerizada, aquella idea de “no nos representan” por esto, porque hay casos de corrupción y aquí parece que hay impunidad siempre, nunca pasa nada; por esta idea de no sentirnos escuchados simplemente con votar cada cuatro años, si al final el poder es el bipartidismo y va cambiando de manos como si fuera una especie de turnismo pero democrático. Esta idea de “el sistema es poco transparente, se rinden pocas cuentas”. Ideología había, pero no en el eje izquierda–derecha. Luego ya se materializó en dos partidos, cada cual traía su impugnación desde el eje izquierda–derecha, Podemos y Ciudadanos.

P: Y en esta crisis del sistema de bienestar, ¿Cuáles son las soluciones del ala liberal? Encontramos a Albert Rivera, que tú lo nombras en el libro, que dijo que las pensiones son una estafa piramidal. ¿Qué aportaciones trae la parte liberal, ultraliberal, que viene a impugnar el sistema?

R: Yo no comparto que las pensiones sean una estafa piramidal. Creo es que las condiciones que las sustentan han variado y tenemos que procurar que esas condiciones vuelvan a ser las que sustentan el sistema de forma adecuada. Yo supongo que la impugnación liberal viene más desde el sentido de: si hoy hay más bajos salarios y somos menos personas, menos cotizantes por persona mayor de 65 años, probablemente haya que empezar a pensar fórmulas mixtas.

Quince años después del 15M los jóvenes no pueden alquilar una habitación en el piso de un tercero.

No creo que hoy lo que se proponga desde un ala liberal sea acabar con el sistema de pensiones. Bueno, habrá quien sí, ¿no? Pero creo que de lo que se está hablando tal vez sea de introducir fórmulas más mixtas que existen en otros Estados del bienestar que admiramos, como algún país nórdico donde no es 100% un sustento que viene del Estado. O no es un sistema solo de reparto: hay sistemas de capitalización, hay mochila austríaca, hay incluso a veces una parte más vinculada a fondos financieros. Entonces hay otros modelos que se pueden explorar. Eso es lo que creo que impugnan los liberales más reformistas. Luego habrá quien quiera acabar con el sistema.

Creo que en este país las cosas tenemos que empezarlas a ver desde el punto de vista propositivo. Es decir, todo aquel que tenga una propuesta para que esto funcione, que levante la mano y la diga, y se discutan las propuestas. Creo que lo que ahora está pasando es: tupido velo, aquí no ocurre nada y esto no se puede ni comentar. Si lo comentas, es que quieres acabar con ello.

El sistema tiene más interés en vender que señalar que los pilares que se están tambaleando es querer acabar con ellos. No es verdad. O sea, porque uno diga que una cosa está pasando, no está acabando con ella. Al contrario, al menos mi vocación —no puedo hablar por otros autores— es señalar los errores para que pongamos medidas para que se cumpla ese ideal de Estado del bienestar donde yo he progresado, porque al final la primera frase del libro es algo así como que toda vocación política nace y se nutre de un legado personal. Eso, mi aportación política a lo que pasa en España no está en el eje izquierda–derecha, está en la defensa de cómo hacer este Estado del bienestar sostenible y justo con las generaciones que suben.

Hoy se están subiendo impuestos a una clase trabajadora muy empobrecida o se están detrayendo recursos vía transferencias sociales de otras partidas de los Presupuestos Generales del Estado para hacer sostenible el sistema de pensiones. Esto también puede generar, a largo plazo, una carga para las generaciones que suben, más empobrecidas; o emitir deuda, pero eso también es un dilema pasado–futuro. Entonces creo que es muy fácil para el sistema decir: “Pongo etiquetas y aquí yo no distingo”. Esto no es una crítica al PSOE, como algunas personas piensan. Yo digo que mi libro es una crítica a PP y a PSOE porque son los que gobiernan el Estado.

Uno acaba con todas las autonomías, cierra todos los entes autonómicos y el problema de las pensiones persiste.

Si algún día Sumar gobierna y es la presidenta Yolanda Díaz, también habrá una crítica a Sumar. O, por ejemplo, yo digo que hoy Vox está absorbiendo la demanda generacional, pero eso no quiere decir que sus políticas sean generacionales. Por ejemplo, yo veo populismo en Vox cuando dice que para sostener las pensiones acabaremos con las autonomías. Uno acaba con todas las autonomías, cierra todos los entes autonómicos y el problema de las pensiones persiste. Entonces yo no digo ni siquiera que no sean sostenibles. Sostenibles pueden ser mientras uno quiera desviar todos los recursos hacia allí. Yo lo que digo es que tiene que ser un sostenimiento justo. Esa es mi crítica.

Estefanía Molina, autora de 'Los hijos de los 'boomers'
Estefanía Molina, autora de 'Los hijos de los 'boomers' | Israel Cánovas

P: Cuando llegue un gobierno distinto, ahora o cuando sea, que toque el sistema de pensiones, ¿va a haber conflictividad social? Porque los boomers tienen una conciencia social o unos intereses, como quieras definirlo, muy sólidos.

R: A ver, yo creo que nunca tenemos que verlo como “cuando llegue alguien y toque las pensiones” en el sentido negativo. De pronto puede llegar alguien y decir: “Mirad, tengo una nueva fórmula para hacer todo esto mejor, más sostenible y justo con las generaciones que suben”. Entonces, o de repente la inteligencia artificial puede llevarnos por unos derroteros que no conocemos o podemos estar nuevamente en un ciclo de crecimiento económico espectacular en Europa.

Entendido en el sentido de una reforma dura, probablemente, si ocurre, la impondrá Bruselas porque, de algún modo, hoy PP y PSOE. El Partido Popular no impugna las pensiones, no es cierto. Pero no impugnar en el sentido de “voy a recortarlas”, sino en el sentido de decir: si hoy hay una parte de lo que es de las pensiones que ya no se financia con cotizaciones sociales de empresarios y trabajadores, sino con impuestos y otras partidas del presupuesto, eso genera un dilema entre prioridades de la generación mayor y prioridades de la gente joven que sube o de otras partidas. O sea, yo creo que hay que dejar de verlo como “hay que recortar las pensiones, sí o no”, “son neoliberales o esto es más socialdemócrata, sí o no”, y verlo desde el punto de vista más racional de cómo hacer un sistema más óptimo y de más bienestar para todos a largo plazo.