Cuando pensamos en un incendio forestal, lo primero que imaginamos es la llama. Pero el verdadero daño para muchas personas no llega solo por el fuego, sino por el humo que se expande a kilómetros de distancia y que puede afectar a quienes nunca han estado cerca del frente del incendio. Ese humo contiene partículas finísimas y gases irritantes capaces de entrar en el aparato respiratorio, pasar a la sangre y desencadenar efectos que no siempre aparecen de inmediato.
La situación se vuelve especialmente delicada en verano, cuando coinciden incendios activos, temperaturas altas, viento variable y una peor dispersión de contaminantes. En ese escenario, respirar aire aparentemente "normal" puede convertirse en un problema de salud pública, sobre todo para personas con asma, EPOC, enfermedades del corazón, niños, mayores y embarazadas.
Qué lleva el humo
El humo de los incendios forestales no es solo "humo" en sentido coloquial. Está formado por una mezcla de partículas finas, compuestos químicos, gases y productos de combustión. Entre los elementos más preocupantes están las partículas PM2,5, tan pequeñas que pueden penetrar profundamente en los pulmones y, desde ahí, pasar al torrente sanguíneo.
Además, ese aire contaminado puede contener monóxido de carbono y otras sustancias irritantes que inflaman las vías respiratorias y alteran el intercambio de oxígeno. Por eso, incluso una exposición breve puede provocar síntomas molestos. Mientras, una exposición más intensa o repetida multiplica el riesgo de complicaciones respiratorias y cardiovasculares.
Cómo entra en tu cuerpo
La primera puerta de entrada es evidente, la inhalación. El humo irrita nariz, garganta y ojos, y puede generar tos, escozor, dolor de cabeza o sensación de opresión torácica. Si la exposición es más intensa, las partículas pueden llegar a los alvéolos pulmonares. Allí interfieren con el paso del oxígeno a la sangre y desencadenan una respuesta inflamatoria del organismo.
Esa inflamación no se queda solo en el pulmón. La evidencia científica citada por sociedades médicas y organismos de salud pública relaciona la exposición al humo con crisis asmáticas, empeoramiento de la EPOC, infecciones respiratorias, visitas a urgencias y un aumento del riesgo cardiovascular. En otras palabras, el humo no solo irrita, también puede alterar órganos y sistemas que no parecen conectados de forma inmediata con la respiración.
Efectos inmediatos
Los síntomas más frecuentes suelen aparecer durante la exposición a un incendio o poco después. Entre ellos destacan la irritación ocular, el lagrimeo, la congestión nasal, la tos leve, la flema, el dolor de garganta, el silbido al respirar y el dolor de cabeza.
En algunas personas, el cuadro es más serio; falta de aire, palpitaciones, mareo, dolor en el pecho o tos intensa. Si una persona con enfermedad respiratoria previa empeora claramente o nota síntomas cardíacos, los expertos recomiendan buscar atención médica sin esperar a que "se pase solo".
Lo que pasa con el corazón
Una de las claves más importantes, y también una de las menos conocidas, es que el humo de los incendios no solo afecta a pulmones. Diversos estudios y revisiones recientes han vinculado la exposición a las partículas del humo con un aumento de infartos, ictus, arritmias e insuficiencia cardiaca.
La razón es que las partículas finas pueden favorecer estrés oxidativo, inflamación sistémica y cambios en la coagulación, factores que elevan la probabilidad de eventos cardiovasculares. Algunas investigaciones incluso han detectado efectos que persisten días o semanas después del episodio de humo, lo que desmonta la idea de que "si ya no se ve la nube, ya no pasa nada".
Quiénes corren más riesgo
Aunque cualquier persona puede notar molestias, hay grupos especialmente vulnerables. Entre ellos están los niños, por tener un sistema respiratorio todavía en desarrollo; los mayores, por su mayor fragilidad fisiológica; las personas con asma, EPOC o cardiopatías; y las embarazadas, en quienes la exposición al humo se ha relacionado con parto prematuro y bajo peso al nacer.
También hay riesgo añadido para quienes pasan muchas horas al aire libre, como trabajadores agrícolas, repartidores, personal de emergencias o deportistas. Cuanto más tiempo y más cerca se esté del humo, mayor es la dosis inhalada y mayor la posibilidad de que aparezcan síntomas o empeoren enfermedades previas.
Qué hacer para protegerte
La recomendación principal es clara, reducir al máximo la exposición. Si hay aviso oficial o el humo es visible, lo más prudente es permanecer en interiores con puertas y ventanas cerradas, evitar ejercicios intensos al aire libre y seguir las indicaciones de las autoridades.
Si hay que salir, lo más útil es usar una mascarilla filtrante FFP2 o N95 bien ajustada, no una mascarilla quirúrgica ni un pañuelo, que no filtran las partículas finas del humo. También conviene consultar la calidad del aire en fuentes oficiales y prestar especial atención si se tiene asma, enfermedad coronaria o algún problema respiratorio crónico.
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