En aguas gaditanas y a 16 kilómetros del cabo Trafalgar, tal día como hoy hace 221 años, cerca de 45000 hombres se enfrentaron en mitad del mar. En esta fecha, la memoria histórica española regresa para rememorar la Batalla de Trafalgar, un episodio nacional fundamental. Actualmente, lejos de la visión trágica y fatalista que popularizó la literatura del siglo XIX, la investigación historiográfica ofrece una lectura de la batalla radicalmente opuesta. Según explica el historiador Agustín Guimerá Ravina, uno de los mayores especialistas en la contienda, calificar el choque como un ejemplo de decadencia nacional es ignorar la realidad del momento. "Trafalgar es el caso de estudio perfecto sobre lo que jamás debe hacerse frente al enemigo", subraya el investigador.
El falso mito de una Armada obsoleta
Uno de los tópicos más arraigados sostiene que la Real Armada salió al mar con buques decrépitos y mandos incompetentes, algo muy alejado de la verdad. España poseía algunos de los mejores navíos de línea de dos y tres puentes del mundo, armados con baterías que podían sumar entre 74 a 120 cañones. Todos salidos de magníficos astilleros como La Habana, Ferrol o Cartagena, y una oficialidad de vanguardia, encabezada por marinos-científicos ilustrísimos como los capitanes de navío Cosme Damián Churruca, Dionisio Alcalá Galiano o Antonio de Escaño.

La verdadera ventaja que mantenía la Royal Navy radicaba en la economía y en la demografía marítima. Ahí es donde sobresalía por encima de cualquier país. Gran Bretaña disponía de un Parlamento que respaldaba presupuestos masivos para el Almirantazgo, complementados por una marina mercante colosal capaz de movilizar a más de 100.000 marineros e infantes de marina. Por contra, la monarquía hispánica arrastraba una grave crisis de hacienda desde 1795 y carecía de marinería profesional suficiente para tripular más de 25 navíos.
Como detalla Guimerá y otros expertos en el libro: Trafalgar, una derrota gloriosa, un navío de línea era el equivalente a un portaaviones actual, una máquina formidable que dependía por entero de la pericia de sus dotaciones. Por ello, con sus apostaderos bloqueados durante años por la flota británica, las tripulaciones aliadas apenas tuvieron ocasión de ejercitar la maniobra en alta mar.
El choque de egos que precipitó la batalla
La estrategia aliada falló especialmente por la incompetencia de sus gobernantes y políticos. Almirantes experimentados como José de Mazarredo abogaban por una estrategia indirecta: eludir el combate frontal en inferioridad de condiciones y jugar al desgaste. No obstante, las decisiones quedaron supeditadas a Napoleón Bonaparte, a quien Guimerá define como un líder brillante en tierra pero "un ignorante absoluto de la guerra naval", incapaz de comprender que los vientos y las corrientes no siempre coincidían con sus intereses.

El plan napoleónico de distraer a la flota británica en el Caribe para luego despejar el canal de la Mancha y poder realizar un desembarco de tropas masivo en Gran Bretaña resultó inviable. Tras el combate de Finisterre, donde Federico Gravina y Antonio de Escaño lograron rechazar a la escuadra de Robert Calder en una victoria táctica, la combinada franco-española recaló en Cádiz, desaprovechando su ventaja. Ahí, el consejo de oficiales aliados del 8 de octubre acordó unánimemente permanecer en puerto a la espera de que un temporal dispersara el bloqueo. Sin embargo, al enterarse el almirante francés Pierre Villeneuve de que Napoleón lo tildaba de cobarde y enviaba a un sustituto, forzó la salida a la mar para limpiar su honor. La batalla de Trafalgar fue fruto directo de esa colisión de vanidades.
Caos táctico y violencia artillera
El 21 de octubre de 1805, el desastre estaba cantado antes de darse el primer cañonazo. La flota aliada navegaba en línea recta pero Villeneuve, que no estaba capacitado para comandar una flota de semejante envergadura, al divisar la flota inglesa que salía a su encuentro ordenó una virada simultánea en redondo de toda la línea. Esto desordenó la formación aliada de 33 navíos e hizo caer a varios barcos a sotavento (en contra del viento), lo cual provocó que varios navíos no pudieran ni participar en la batalla. En medio de este caos, Horatio Nelson, el comandante en jefe inglés, aprovechó los huecos para avanzar en dos columnas perpendiculares y quebrar la línea defensiva de parte a parte. El objetivo principal de Nelson era el de capturar los buques insignias de la flota, el Bucentaure comandado por Villeneuve y el Santísima Trinidad con Federico Gravina al frente.
El cruce resultó demoledor. Al carecer las popas del blindaje de los costados, las andanadas británicas barrieron las cubiertas de proa a popa provocando una auténtica masacre entre la marinería por el impacto de las astillas de madera. A pesar de las bajas y a la pasividad inicial de la vanguardia francesa de Dumanoir, la resistencia aliada sorprendió a los atacantes. El propio Nelson murió en combate y la Royal Navy sufrió más de 1.600 bajas entre muertos y heridos. No obstante, el golpe para el esfuerzo franco-español fue terrible. Cerca de 7.000 marinos fueron baja en la escuadra combinada, perdiendo España a magníficos marinos como Churruca, Galiano y Alcedo, además del comandante Gravina. Todos muertos defendiendo sus navíos, negándose a arriar la bandera y rendirse. Las pérdidas materiales también fueron grandes, siendo 18 navíos capturados por los británicos.

El contraataque del 23 de octubre
El desenlace de la batalla de Trafalgar encierra una gesta poco divulgada: el contraataque del 23 de octubre. En medio de un violento temporal que amenazaba con estrellar los buques desarbolados (sin mástiles con velas, necesarios para dirigir un barco) contra la costa, Antonio de Escaño reorganizó las fuerzas en Cádiz y zarpó para recuperar cuantos presas capturadas por los ingleses pudiera. Una reacción insólita que obligó a Cuthbert Collingwood (sustituto de Nelson) a hundir navíos como el Santísima Trinidad y permitió rescatar buques insignes como el Santa Ana o el Algésiras.

Pero también hubo héroes ese día que no tocaron el mar. En tierra, los ciudadanos de Cádiz auxiliaron a los náufragos de ambos bandos en los hospitales locales, demostrando una humanidad que fue alabada por todos los contendientes. Para Agustín Guimerá, el combate encierra una lección plenamente vigente: cuando los dirigentes adoptan decisiones estratégicas guiadas por la soberbia y desconectadas de las capacidades reales sobre el terreno, el coste lo pagan siempre quienes combaten en primera línea.
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