La Tierra no será el mejor sitio para vivir, pero es el único sitio con vida que conocemos. Esa es la paradoja de nuestro planeta, que dejará de ser habitable –sí o sí– dentro de 1.750 millones de años. Abrasado por el Sol, antes de que nuestra estrella se convierta en una gigante roja, será un lugar inhóspito donde el agua líquida se habrá convertido en una quimera.

Sólo en 2016, el telescopio Kepler descubrió un centenar de planetas potencialmente habitables más allá de nuestro Sistema Solar. El descubrimiento más reciente y sonado ha sido el de los siete planetas que orbitan en la estrella TRAPPIST-1. Pero hacer las maletas hacia cualquiera de ellos resulta completamente imposible. “Con el actual progreso de la tecnología no podremos llegar nunca a cualquiera de ellos”, señala el astrofísico y divulgador Javier Armentia.

No viviremos en ninguno, pero de acuerdo a los cálculos de la NASA, en nuestra Vía Láctea podría haber más de 10.000 millones de planetas potencialmente habitables. El más cercano es Próxima b, descubierto en la constelación Centauro el pasado agosto. Está a 4,2 años luz: es decir, que nos llevaría ese tiempo llegar hasta él suponiendo que viajásemos a la velocidad más alta que la física permite.

La nave más rápida que existe, la sonda Juno, ronda los 60 km/s. Si se dirigiera a Próxima b, tardaría varios milenios en llegar. Eso, por no hablar de la cantidad de combustible y comburente que hay que utilizar, dependiendo del tipo de propulsión: “Necesitaríamos toda la materia del universo”.

“Con la tecnología actual y seguramente futura es imposible”, recuerda Armentia. Así que la única opción razonable es acortar las distancias con nuestra lejanísima estrella más cercana. Los viajes interestelares han alimentado la ciencia-ficción durante años. Y en ese terreno se quedarán por ahora, porque “teóricamente, siguiendo especulaciones razonables, podríamos llegar a crear una máquina que cree un pequeño agujero de gusano [acortar las distancias plegando el universo], pero necesitaríamos cantidades de energía superiores a la de nuestro Sol”.

Nos quedamos en casa

Nuestro hogar galáctico es la Vía Láctea. En el hipotético caso de que tengamos que hacer las maletas para dejar atrás una tierra inhabitable, tendríamos más posibilidades de sobrevivir dentro de nuestra propia galaxia.

“Europa, Encélado, etc. serían lugares que nos quedan accesibles a viajes tripulados”, dice Armentia. “Podríamos pensar en esas mariposas que presentó Stephen Hawking hace meses, nanorobots que viajarán a gran velocidad a otras estrellas y mandarnos imágenes, pero la idea de enviar a una población tan lejos es una escala demencial”.

En torno a cada estrella existe lo que se llama región habitable. Es la zona donde es posible la existencia de, al menos, agua líquida en la superficie: o lo que es lo mismo, ni demasiado calor ni demasiado frío. Para ello es determinante la proximidad a la estrella, en nuestro caso el Sol, pero además influyen las características de la atmósfera (más de 6,1 mbar de presión) o la masa del planeta o satélite (entre 0,5 y 10 veces la de la Tierra).

Cuando una estrella envejece, la zona habitable se mueve hacia afuera y básicamente lleva aires nuevos al sistema planetario

La Tierra actualmente no está en el centro de la región habitable, está en uno de sus extremos. Pero esta zona irá cambiando con el paso de millones de años. Cuando el sol crezca y devore Mercurio y Venus, el lugar en el que nos encontramos será extremadamente caliente y con un índice de otras radiaciones incompatibles con la vida. La zona habitable se desplazará hacia Júpiter.

Conforme a un estudio liderado por los doctores Ramses M. Ramírez y Lisa Kaltenegger, del Instituto Carl Sagan de Cornell (EEUU), las viejas estrellas –enormes– pueden dar una segunda oportunidad a la vida en sus inmediaciones.

“Cuando una estrella envejece, la zona habitable se mueve hacia afuera y básicamente lleva aires nuevos al sistema planetario. Ahora, en nuestro sistema solar, los cuerpos de esas regiones exteriores están congelados. Europa y Encélado, lunas de Júpiter y Saturno, son bolas de hielo”, dice Ramírez. Pero eso cambiará.

¿Podremos vivir en Júpiter? Para empezar, es un planeta esencialmente gaseoso. Pero sus satélites rocosos podrían tener, dentro de 8 millones de años, agua líquida. Es un buen comienzo.

Todo esto sólo tiene sentido si algún tipo de vida terrestre sigue existiendo dentro de 8 millones de años y, además, cuenta con la capacidad de llegar a Júpiter. La segunda condición podría ser. La primera, en parte, depende de nuestro propio presente.

Planeta KOI-4878

Recreación de KOI-4878.01, el planeta más parecido a la Tierra conocido. Ph03nix1986 (CC)