El doctor Alejandro Mirahonda, muy apreciado en su pueblo, Villabronca, afirma haber descubierto un suero maravilloso: “Este suero, o dígase antitoxina, goza de la singular propiedad de moderar la actividad de los centros nerviosos donde residen las pasiones antisociales: holganza, rebeldía, instintos criminales y lascivia. Al mismo tiempo, exalta y vivifica notablemente las imágenes de la virtud y apaga las tentadoras evocaciones del vicio”. Son tan claras las pruebas presentadas que el ayuntamiento decide establecer la inoculación del suero. Pasado un tiempo tanta tranquilidad en el pueblo se hace insoportable y todos quieren volver a su vida anterior.

Este suceso es un cuento, El fabricante de honradez, escrito a finales del siglo XIX por Santiago Ramón y Cajal, el primer español en recibir un Premio Nobel de Medicina, en 1906, por describir la anatomía de las neuronas y su mecanismo de conexión, la sinapsis. Es uno de los pocos relatos conocidos del histólogo y una evidencia de la inexistente barrera entre ciencia y letras.

Santiago Ramón y Cajal en Valencia en 1885. Instituto Cajal / CSIC

“Algunas de sus obras de ficción científica se perdieron durante su servicio en la Guerra de Cuba, otras no llegaron a publicarse y las que lo hicieron formaron parte de una edición de escasa tirada”, explica a El Independiente Jesús María Carrillo, psicólogo de la Universidad Complutense de Madrid, que ha revisado toda la obra literaria del científico aragonés.

Escribió 12 relatos de ficción, pero consideró dignos de publicar sólo cinco, que vieron la luz en 1905, un año antes de recibir el nobel. Tituló al compendio Cuentos de vacaciones. Narraciones pseudocientíficas. Tuvieron una repercusión mínima. El autor imprimió algunos ejemplares que distribuyó entre amigos y familiares.

“Su estilo se asemejaba al empleado por Julio Verne o H. G. Wells, ya que combinaba el rigor científico con elementos fantásticos. Hace hincapié en aspectos filosóficos, éticos, sociales y científicos”, añade. Sin embargo, las novelas de Wells, publicadas una década antes fueron grandes éxitos convertidos hoy en clásicos de la ciencia ficción, como El hombre invisible o La guerra de los mundos. “Con Verne compartió el afán de cientificidad, intentando dotar a sus relatos del mayor realismo, basándolos en hechos o hipótesis racionales relacionadas con la ciencia moderna o la psicología”, indica.

Santiago Ramón y Cajal con sus hijos en Barcelona en 1889. Instituto Cajal / CSIC

Los cuentos de Cajal tenían un fin pedagógico para combatir la superstición que imperaba en España. “Quería que la gente no aprendiera las cosas de memoria y que usara la razón para buscar las causas naturales de los problemas en lugar de recurrir a creencias supersticiosas”, apunta Susana Collado-Vázquez, investigadora de la Universidad Rey Juan Carlos, que también ha ahondado en la obra del científico.

Su intención queda retratada en La casa maldita. En este relato un médico arruinado como consecuencia de un naufragio compra una casa embrujada. Descubre que lo que sucede nada tiene que ver con una maldición. Los causantes de las desdichas de aquellos que pisaban la casa eran los mosquitos portadores del paludismo, las esporas de carbunco y la Escherichia coli. Conocida la explicación científica, la hacienda prosperó y recuperó el dinero perdido.

Cajal creció en una época y un entorno que consideraba la lectura de obras de ficción una pérdida de tiempo y una pernicie para la salud mental. El padre de Cajal permitía a sus hijos leer libros de divulgación científica, pero prohibía las novelas, poesía u obras de teatro. “Su madre dejaba a Ramón leer a escondidas algunas novelas románticas, pero para él, ávido lector, esto era insuficiente”, subrayan los autores. Cuando tenía 14 años descubrió la nutrida biblioteca de un vecino propietario de una confitería en Ayerbe. Allí empezó a leer a Dumas, Chateaubriand, Víctor Hugo, Lamartine, Cervantes, Calderón o Quevedo.

Santiago Ramón y Cajal Instituto Cajal / CSIC

“Un libro que le impactó de manera especial fue Robinson Crusoe (1719), de Daniel Defoe, por el espíritu de superación, el esfuerzo, la posibilidad de descubrir un paisaje virgen y la lucha de un hombre por vencer a la naturaleza”, señalan los investigadores. Por eso se atrevió con una novela de aventuras. En ella un hombre llegaba a Júpiter y allí se encontraba con seres gigantescos. Equipado con todo tipo de aparatos, decidía explorar su interior. Se movía por su cuerpo a lomos de un glóbulo rojo. Pudo presenciar el enfrentamiento entre leucocitos y parásitos, o descubrir de cerca las funciones visual y auditiva, la contracción muscular, el secreto del pensamiento o el del impulso voluntario.

“Hace unos años García Durán y Nana Ramón y Cajal rescataron uno de los cuentos que no llegó a publicarse, La vida en el año 6000. En ella muestra cierto poder de predicción en relación con el progreso científico”, comentan. Quién sabe cuántas otras páginas perdidas saldrán de algún empolvado cajón en los próximos tiempos para engrosar el legado literario de uno de los mayores genios de la ciencia.