No ha decepcionado. Hace menos de cinco años los médicos de medio mundo tenían puestas sus ilusiones en una terapia incierta contra el cáncer. Consiste en estimular de manera artificial al propio sistema inmunológico del paciente para que ataque y elimine las células malignas. La investigación era minoritaria, los ensayos clínicos incipientes y los fármacos dudosos. Hoy es el tratamiento habitual de varios tipos de cáncer.

«La inmunoterapia consiste en quitar los frenos que impiden al sistema inmunológico hacer su trabajo», explica a El Independiente el oncólogo Antoni Ribas de la Universidad de California en Los Ángeles. Los tumores están blindados frente a las defensas del organismo. Lo logran secuestrando y neutralizando a los linfocitos T, encargados de destruir a las células tumorales. Las células cancerosas atrapan a los linfocitos con una cadena: la proteína PD-L1. Esta proteína encaja a la perfección con otra que está situada en las células inmunes, la PD-1. Cuando se unen ambas proteínas, los linfocitos quedan inhabilitados para ejercer su cometido.

Junto a su equipo, este investigador catalán afincado en Estados Unidos desde hace 20 años, ha descubierto algo revolucionario: la manera de bloquear a esas proteínas para que el sistema inmunitario recupere la capacidad de reconocer al tumor como algo extraño y devorarlo. Ha probado varias moléculas, algunas con rotundo éxito, que ya están aprobadas para su uso en melanoma, el tumor cutáneo más mortífero. «Son inhibidores que bloquean la proteína PD-1, que está frenando el sistema inmune. Una vez eliminado este obstáculo, el sistema inmunitario reconoce el melanoma y lo combate», explica.

La inmunoterapia consiste en quitar los frenos que impiden al sistema inmunológico hacer su trabajo»

«Hasta la llegada de la inmunoterapia, el 80% de los pacientes de melanoma solían morir en menos de un año», indica la bióloga Marisol Soengas, del Centro Nacional de Investigaciones Oncológicas, que también trabaja en esta rama de la investigación. Su incidencia cada vez es mayor. Se ha multiplicado por 10 en los últimos 20 años. En su mayoría se produce por la exposición excesiva y descontrolada a los rayos solares. Es la única enfermedad en la que lesiones de apenas 2 milímetros de grosor son capaces de diseminarse y provocar metástasis.

Con estos tratamientos con inhibidores de la PD-1 y de otra proteína con el mismo rol, la CTLA4, ha disminuido el cáncer a largo plazo en un tercio de los pacientes con melanoma, una quinta parte de los pacientes con cáncer de pulmón y hasta el 80% en enfermedad de Hodgkin. «La inmunoterapia tumoral se ha establecido ya como un tratamiento estándar contra el melanoma y pulmón», añade. «Y están en marcha estudios sobre otros tipos de cáncer, con buenas perspectivas», añade.

No funciona con todo el mundo. «La respuesta es positiva en alrededor de un 60% de los pacientes», puntualiza Soengas. En esos casos la eficacia de los tratamientos con anticuerpos inhibidores de la PD-1 y la CTLA4 perduran durante años sin apenas efectos secundarios. Se administra mediante inyecciones cada dos o tres semanas. Hay casos en los que el melanoma desaparece en tan solo un mes. «Aún no sabemos si curamos por completo. No sabemos si la respuesta es duradera. Es un tratamiento muy nuevo cuyo comportamiento hay que observar durante más tiempo. No obstante, hay pacientes que traté hace 20 años que siguen bien», relata Ribas.

Los inhibidores no son la única inmunoterapia en marcha. En los casos en los que quitar los frenos no basta, los científicos están probando a extraer células inmunitarias del paciente, modificarlas genéticamente para lograr hacer que reconozca el cáncer y volverlas a inyectar. Los resultados en leucemias agresivas como la linfocítica crónica han sido magníficos.

A pesar del triunfo de esta nueva terapia, Ribas es cauto y recuerda que «hay que ir con cuidado porque esos frenos están ahí por algo. Están para evitar que nuestro sistema inmune ataque a nuestras propias células sanas». No son pocos los casos en los que el sistema inmunológico se ha desbocado. Las consecuencias pueden ser nefastas y terminar en un fallo multiorgánico.

La respuesta es positiva en alrededor de un 60% de los pacientes

Los avances en inmunoterapia han sido espectaculares en muy pocos años. Tanto es así, que la comunidad médica y la industria farmacéutica apuestan fuerte por ella. En 2013 la revista Science consideró a la inmunoterapia contra el cáncer como el «mayor avance científico del año» y, en 2015, fue la estrella de la reunión anual de la Sociedad Americana de Oncología Clínica (ASCO), el encuentro de expertos en cáncer más importante del mundo. Esta semana por segundo año consecutivo el presidente de ASCO, Daniel F. Hayes, ha destacado la inmunoterapia como el avance oncológico del año. «En menos de una década ha pasado de ser considerada una idea prometedora a convertirse en uno de los tratamientos estándar que está ayudando a prolongar y mejorar la vida de miles de pacientes». Hoy alrededor de mil ensayos clínicos están en marcha para probar las moléculas.

La inmunoterapia ha cogido el ritmo que hace una década tomaron las terapias dirigidas, a raíz de la creación de técnicas de secuenciación masiva del genoma. Son tratamientos individualizados según la genética del tumor de cada persona. «Cada enfermo tiene unas alteraciones genéticas particulares que son determinantes para el crecimiento del tumor», explica Josep Taberner, oncólogo del Hospital Vall d’Hebron (responsable de la Unidad de Investigación y Tratamiento contra el Cáncer, financiado por la Fundación La Caixa). Su equipo busca moléculas que ataquen el talón de Aquiles de cada tumor concreto. Las posibilidades son innumerables.

Combinadas, inmunoterapia y terapias dirigidas han dejado a un lado a la imprecisa quimioterapia en algunos tipos de cáncer. «Es como si paras el motor de un coche quitando la pieza clave en vez de insertando un palo para griparlo», ilustra. Atacar las células malignas de esta manera exquisita, sin llevarse por el camino las sanas evita sufrimiento al paciente. «El pronóstico mejora sin ninguna duda y los efectos secundarios son menores», asegura Taberner.

Mientras se perfeccionan estos nuevos tratamientos, conviven con las terapias clásicas: cirugía, radioterapia y quimioterapia. Juntas son armas valiosas que la ciencia ha desarrollado para ganar la guerra a un ejército de más de 200 tipos de cáncer. Una jauría de enfermedades temida y versátil que un día los científicos lograrán domar.