Desde que juró el cargo de presidente de Estados Unidos, Donald Trump ha concatenado acciones contra el progreso científico. Los presupuestos para investigar han caído en picado, ha nombrado como responsable de la Agencia para la Protección del Medio Ambiente a un negacionista del cambio climático, fomenta a golpe de tuit el bulo de que las vacunas provocan autismo o que el cambio climático es un fraude. El estupor de la comunidad científica estadounidense no ha tardado en contagiar al resto del mundo. Hoy en protesta más de 500 ciudades se manifiestan en la Marcha por la Ciencia.

“Indigna tener a cargo de un país a una persona que dice que el cambio climático es un cuento inventado por los chinos para frenar la competitividad de Estados Unidos”, explica a El Independiente un científico español que investiga en el MIT, mítica institución que se ha declarado contraria a las decisiones del gobernante. “Nunca noté tanto silencio en el campus como tras el resultado electoral”, recuerda. No desvela su nombre para no poner en riesgo su visado. “Tienen en cuenta si has hecho declaraciones en contra del gobierno para concedértelo”, señala.

“A Trump no le importa la ciencia. Por eso voy a ir a la marcha, por los recortes de presupuestos en la NASA, en el departamento de energía, en medioambiente o en la Fundación Nacional por la Ciencia (NSF)”, dice. Los recortes propuestos en el presupuesto de 2018 son especialmente sangrantes para los Institutos Nacionales de Salud (NIH), de una quinta parte, y la Agencia de Protección Medioambiental (EPA), de un 31%. De la tijera no se salva casi ninguna institución científica. Esa es una de las razones que también impulsa la marcha en España.

La Marcha por la Ciencia, que cuenta con el apoyo de unos 220 grupos e instituciones científicas, reivindica que los políticos gobiernen basándose en la evidencia científica y pensando en el bien común. “La ciencia y los científicos están amenazados. Los políticos están poniendo en riesgo nuestro presente y nuestro futuro al ignorar las evidencias científicas para tomar decisiones”, clama Caroline Weinberg, una de las organizadoras en Washington DC.

“Ante la alarmante tendencia a desacreditar la ciencia y restringir sus avances, ¿podemos permitirnos no alzar la voz en su defensa?”, dice dirigiéndose a un sector crítico que no está de acuerdo en usar la ciencia para combatir las recientes decisiones políticas. “Muchos vinculan la ciencia con la izquierda […] Yo no voy a la marcha porque aunque no sea antiTrump, lo parece”, dice Nathan Gardner, un investigador de la Universidad de Chicago.

El día 22 de abril no está elegido al azar. Es el Día Mundial de la Tierra. La marcha quiere poner especial énfasis en el despropósito en el que se ha convertido la política medioambiental. Estados Unidos es el segundo país más contaminante del mundo. El hombre elegido por Trump para dirigir la EPA, Scott Pruitt, niega el vínculo entre el uso de los combustibles fósiles y el cambio climático en contra del consenso científico. Hasta su nombramiento fue Fiscal General de Oklahoma, tiempo en el que combatió con vehemencia las regulaciones ambientales. Demandó una docena de veces a la agencia que hoy dirige para lograr privilegios para la industria del fracking. Y lo logró.

'A la ciencia no le importa lo que tú opines', dice una pancarta de la Marcha de las Mujeres contra Trump en enero

‘A la ciencia no le importa lo que tú opines’ dice una pancarta de la Marcha de las Mujeres contra Trump en enero Francisco Daum

Tal es el desdén de Trump por la ciencia y la transparencia que a principios de enero dio orden de borrar los archivos de la página oficial sobre cambio climático. Científicos y trabajadores de la institución se pusieron manos a la obra a descargar y salvar la información. La acción finalmente no se ejecutó, pero anunció una premisa en la misma línea: los estudios científicos de la EPA ordenados por su administración pasarán antes de su publicación por el filtro de los políticos. Es decir, saldrá a la luz solo lo que les parezca conveniente.

El pasado marzo firmó una orden ejecutiva para terminar con el Plan de Energía Limpia, impulsado por su predecesor, Barack Obama, diseñado para evitar la emisión de 1000 millones de toneladas de dióxido de carbono a la atmósfera y reducir para el año 2030 las emisiones de efecto invernadero un 25% con respecto a niveles de 2005. “Trump se toma muy a la ligera y en clave económica asuntos que afectan a la supervivencia de la especie”, subraya el químico español. “Como científico no quiero dar soporte a una sociedad así, contribuir a su crecimiento con patentes e impulsando empresas”, se lamenta.

“Cuando veo que la nueva administración transmite odio y diferencias aumenta mi deseo de regresar a Europa”, se entristece haciendo referencia al veto migratorio impuesto a seis países de mayoría musulmana, bloqueado cautelarmente por los tribunales. Y destaca la incongruencia: “El 40% de los profesores titulares del MIT son extranjeros. Ellos contribuyen a ‘hacer América grande de nuevo’, el lema de campaña del hoy presidente. No tiene sentido vetarles la entrada solo por haber nacido en otro país”.

Si la afluencia a la protesta es coherente con el descontento de los defensores de la ciencia, la marcha hoy será masiva y el clamor, mundial.