Era 9 de diciembre de 1973. Un laboratorio llamado Skylab flotaba a 400 km sobre las cabezas de los terrícolas. Dentro de él, tres hombres conviviendo en órbita desde noviembre. Durante 24 horas, no se supo nada de ellos. Allí arriba estaban haciendo la primera huelga de astronautas de la historia.

En Tierra se encargaban de darles conversación «incluso canturrearles», recuerda el ingeniero José Manuel Grandela, controlador de la NASA entre 1969 y 1999. Era uno de los contactos entre el epacio y el Súper de aquel primer Gran Hermano: Houston y su cap-com “Éramos el primer y último contacto con ellos y lo que recibíamos se lo pasábamos a Houston. Sabíamos todo lo que pasaba en cada momento arriba».

Durante 24 horas, se cortó la comunicación con los astronautas, pero sus constantes vitales eran estables. Estaba claro que era deliberado.

«Recuerdo que se cortó toda la comunicación (el canal Air-to-Ground Voice Channel). Todos comprobamos nuestros equipos, pero llegaba la señal portadora y subportadora», apunta Grandela a El Independiente. Sencillamente, había silencio, los sistemas funcionaban. ¿Había muerto la tripulación de manera súbita?

«Yo los tenía al ladito y las agujas (de los electrocardiogramas) garrapateaban como la máquina de la verdad. El ritmo cardíaco era sano», rememora Grandela. Pronto se dio cuenta de lo que estaba sucediendo. Era un acto deliberado y los monitores de salud indicaban que «no había estrés adicional por estar robando peras«. Era un plante en toda regla. Aunque técnicamente no se la podría denominar así, se la consideró una huelga de astronautas.

Las misiones Skylab realizaron varios experimentos médicos, tomaron fotos de la superficie terrestre, del Sol y cometas. Los trabajos de mantenimiento eran constantes y había caminatas espaciales. El problema de la tercera de las tripulaciones, con  Gerald P. Carr, Edward G. Gibson y William R. Pogue, es que «se les sobrecargó de trabajo».

Silueta del Skylab

Sus predecesores en el laboratorio habían hecho más de las labores previstas, así que en la NASA pensaron que se habían quedado cortos en el programa. Sólo descargando los suministros para los 84 días de misión emplearon, sin embargo, más tiempo del previsto.

A eso se sumó el mal del espacio sufrido por Carr y Pogue. Náuseas en el peor de los momentos y lugares. «Tener que vomitar sin gravedad es terrible y te deja sin respirar». Les duraron 20 días, pero lo mantuvieron en secreto. Se cubrieron los unos a los otros. Delatar esa debilidad podía traducirse en no volver al espacio en el futuro, tal como recuerda Grandela en las memorias que ha publicado recientemente.

Quedarse sin fiesta de Acción de Gracias fue la gota que colmó la paciencia de la tripulación

Houston los pilló. Un micrófono abierto delató sus «apaños». En tierra no tuvieron mucho tacto: «Como todo se fue ralentizando, les redujeron el tiempo de comida, cambiaron el programa y los domingos les obligaron a trabajar; llegó Acción de Gracias y al inepto de abajo se le ocurrió decir mañana salís a hacer un EVA (caminata espacial) porque vais retrasados. En Tierra ya estaban mosqueados antes del motín«.

Los astronautas tenían una zona del laboratorio destinada a la intimidad con sus familias. Quedarse sin cena o contacto de Acción de Gracias fue la gota que colmó el vaso.

Huelga con consecuencias

El motín fue silencioso y duró escrupulosamente 24 horas. El 10 de diciembre, «se oye a Carl, coronel de los marines, serio y apuesto, hablar como si no hubiese pasado nada. Afortunadamente nadie se les lanzó al cuello».

Les quedaba misión hasta febrero. Pero el acto tuvo consecuencias. «Fueron tan nefastos (en el centro de control de la NASA) que les hicieron salir el 25 y el 31 de diciembre al espacio como castigo”.

Para Grandela, «en esta primera rebelión se hicieron muchas cosas mal: era la primera vez que una tripulación no había volado al espacio jamás. El portavoz (capcom) desde Houston siempre era un astronauta fogueado que había estado en el espacio, que tenía veteranía. Pero en este caso los cuatro eran novatos y no tenían preparación psicológica».

No obstante, sí que se aprendió la lección en Tierra. Desde aquella misión, se tuvieron mucho más en cuenta las condiciones de los astronautas. «El ser humano necesita unos mimos que no necesita un robot para que rinda al 100%, aun a sabiendas de que puede morir. Aquello ayudó a que se les cuidara, a aumentar la seguridad y prevenir los peores escenarios».

Por desgracia para Carr, Gibson y Pogue, nunca volvieron al espacio. Otra saga de astronautas estaba lista para tomar el relevo e iniciar la era de los transbordadores y la Estación Espacial Internacional. A la vuelta de la esquina esperaban nuevas lecciones que aprender en el espacio. En este caso a partir no de una huelga, sino de uno de los mayores accidentes de la carrera espacial.