El erotismo nació en tiempos remotos. En el Paleolítico el sexo ocupaba un lugar incuestionable más allá de la reproducción. Los humanos prehistóricos tenían ardientes fantasías, sentían deseo y pasión. Reflejaron en piedra sus prácticas sexuales. Intactas han llegado a nuestros días un puñado de posturas, escenas de sexo oral, voyeurismo o masturbación.

Nuestros ancestros empezaron a inmortalizar escenas sexuales hace unos 30.000 años, en cuevas o paredes al aire libre en una Europa helada por un periodo glacial, desde Portugal hasta los Urales, el territorio donde el arte rupestre del Homo sapiens floreció. Son grabados, pinturas y esculturas hechas de hueso, astas o piedra. “Las representaciones humanas que han sobrevivido hasta nuestros días son escasas. Sin embargo, entre ellas hay muchas de genitales femeninos y masculinos y cuerpos completos que muestran sus preferencias sexuales y comportamiento”, explica a El Independiente Javier Angulo, catedrático de urología del Hospital Universitario de Getafe y experto en arte sexual prehistórico.

La primera estampa erótica descubierta en España está en la cueva Los Casares (Guadalajara). Muestra una pareja que mantiene relaciones sexuales cara a cara. “El falo es más ancho que su cabeza”, apunta Angulo. La reconoció el arqueólogo Juan Cabré en 1932. Capturó la imagen con carboncillo y papel de calco. Esta técnica era su sello de identidad y le encumbró. Sin embargo, sus interpretaciones no cuajaron entre los académicos de aquel entonces. Rompían con la idea de que el hombre moderno era diferente porque no copulaba montando a la hembra por detrás, como el resto de animales. Hoy los expertos creen que la gruta podría haber sido un lugar dedicado a enseñar los secretos del sexo y la reproducción.

Vulvas en la cueva de Tito Bustillo

Vulvas en la cueva de Tito Bustillo

Una suerte de Kamasutra primitivo ha pervivido petrificado durante decenas de miles de años. En La Marche (Francia) placas talladas hace unos 13.000 años muestran besos, abrazos, un cunnilingus entre dos mujeres y coitos. En la cueva de Enlène se descubrió la única escena de voyeurismo documentada. Un hombre de rodillas penetrando a una mujer a cuatro patas mientras un tercer individuo los observa. No obstante, nada indica que copular fuera un acto necesariamente íntimo. Quizá lo hacían frente al resto de su comunidad.

“Nunca sabremos por qué hicieron las pinturas y grabados, qué querían transmitir, pero lo que está claro es que eran como nosotros. La sexualidad representada no sólo conduce a la reproducción, sino que además parece ser una parte gozosa de la vida cotidiana. Si tenemos en cuenta las imágenes y acciones representados parece existir gran similitud entre la vida sexual de nuestros antepasados y la nuestra”, elucubra el experto.

“Sin duda, su anatomía y cerebro eran iguales que los Homo sapiens actuales. Las pinturas ilustran que desligaron la reproducción del sexo y lo hacían por placer”, coincide el paleontólogo José María Bermúdez de Castro, codirector de las excavaciones e investigaciones en los yacimientos de la sierra de Atapuerca.

Escena de voyeurismo hallada en la gruta de Enlène

Escena de voyeurismo hallada en la gruta de Enlène

El orgasmo podría estar representado en la escena de masturbación hallada en la Ribera do Piscos (Foz-Coa). “Un hombre está representado con la boca abierta, eyaculando y de su cabeza salen líneas, como si algo se escapara de su mente”, describe Angulo. Menos explícito pero sugerente es la vulva modelada en arcilla, en la gruta de Bédeilhac. Tiene una pequeña estalactita clavada en el lugar del clítoris. Nuestros ancestros sabían dónde estaba el centro del placer femenino.

El camarín de las vulvas es uno de los conjuntos eróticos rupestres más emblemáticos. Consiste en un puñado de vaginas dibujadas en color ocre en una pared a varios metros de altura del suelo. Es la primera imagen que vislumbraron los descubridores de la Cueva de Tito Bustillo, en un lugar especialmente resguardado del resto de la galería. Sucedió en 1968 mientras exploraban los recovecos del Macizo de Ardines, en Asturias.

Un hombre con un gran pene erecto (izq) y otro eyaculando (drcha).

Un hombre con un gran pene erecto (izq) y otro eyaculando (drcha).

Las perspectivas de las vulvas que se han hallado en otras tantas paredes de Europa son diversas. También su forma. “Las mujeres de verdad muestran diferencias morfológicas en sus genitales. Las pinturas reflejan esta realidad. La apertura podría indicar distintos grados de excitación”, añade. Los artistas del Paleolítico utilizaban la forma natural de las rocas para realzar la profundidad del sexo femenino y la la longitud del masculino. En diversas cuevas hay vaginas dibujadas en ocre usando agrujeros naturales de la pared y en la Cueva Le Portel penes a partir de estalagmitas.

Tatuajes en los penes

La erección era importante para estos hombres del pasado. Se han hallado falos enhiestos de piedra, hueso o cuerno en distintos yacimientos de Europa. Un amplia colección reposa en el Museo Nacional de prehistoria de Francia en Les Eyzies. “Podrían servir como colgantes o empuñaduras de lanzas. También es posible que formaran parte de algún ritual en el que fueran usadas como dildos”, señala este médico, autor del libro Sexo en piedra (Ed. Luzan 5), donde analiza estas evidencias arqueológicas junto a Marcos García Diez, doctor en prehistoria por la UPV. Un doble pene protagoniza la portada del volumen. Coronaba un bastón tallado hace 13.000 años en un asta de reno. Apareció en la cueva francesa de Gorge d’Enfer.

Algunos falos del arte rupestre aparecen adornados. “Hacían cirugías y tatuajes en los penes. Es posible que fueran marcas identificativas de cada tribu”, comenta. Trastornos como la fimosis fueron retratados. “Si no se trata el prepucio puede acabar estrangulado y con edema. En Lascaux hay una representación del fenómeno. Un hombre tumbado con el pene inflamado y al lado un bisonte con las tripas fuera”, describe. Quizá el animal representaba el desgarrador dolor del enfermo.

Nada se sabe sobre si las relaciones eran monógamas. Tampoco sobre la duración del vínculo entre las parejas sexuales. Lo que está claro es que sus artes amatorias eran diversas y libres; un estado del alma excepcional que la civilización desvanecería milenios después.