El DNI está anticuado. El omnipresente documento de identidad contiene información relevante sobre cada uno de nosotros, pero también datos que no tienen ningún uso y que, además, entregamos a entidades y organismos que no los necesitan.

Es obvio que en el carné de identidad de todos debe aparecer el nombre completo, un número de identificación y la fecha de nacimiento. Por supuesto, debe aparecer la foto actual. Hasta ahí bien. Sin embargo, ¿por qué debe enterarse todo el mundo del nombre de nuestros padres? ¿Por qué la administración necesita conocer mi lugar de nacimiento? Son datos cuyo uso es inútil, pero que están contenidos en esa pequeña tarjeta que todos llevamos encima casi a tiempo completo.

Datos vitales para nuestro día a día sí que se quedan fuera del DNI. Sería bastante más útil que las personas adecuadas pudieran acceder, por ejemplo, al historial médico de un paciente de cualquier lugar del mundo a través de su huella dactilar. Porque el DNI no debería ser una tarjeta, debería ser uno mismo.

No hay nada que refleje mejor la identidad personal de cada uno de nosotros que la voz, el rostro o la huella que deja cada uno de nuestros dedos. Con una base de datos a nivel nacional, semejante a la que aloja ahora muchos de los datos personales de cada uno de nosotros, se podría almacenar los datos biométricos personales y servirse de ellos para identificarse ante la Administración o a la hora de comprar un producto o un servicio.

“La tecnología existe, la tenemos”, explica a El Independiente Raúl Tapias, cofundador y CEO de Ecertic, una de las empresas pioneras en España en cuanto a la identificación digital y a los avances en el sector de la biometría. “El problema es más regulatorio y burocrático que técnico”, explica.

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No le falta razón. Gracias al blockchain los datos pueden ser almacenados, protegidos y consultados con facilidad, y elaborar una base de datos con nuestros perfiles biométricos no sería más difícil que hacerlo con los que actualmente refleja el DNI.

Datos concretos

Raúl Tapias lo explica con un ejemplo práctico: “Imaginemos que una entidad, un banco cualquiera, nos ha identificado con un certificado digital. Eso quiere decir que confirman la identidad de una persona para realizar operaciones en internet, confirman que tú eres tú. Con ese mismo certificado, que ya contiene datos como el nombre, el número de DNI o la cuenta bancaria, se podría ir a contratar una línea de internet sin necesidad de facilitarle a la operadora más datos, sólo los que aparecen en dicho documento. El DNI no haría falta sacarlo del bolsillo”.

El proceso, por supuesto, necesitaría una autorización final del usuario, algo que también tiene una fácil solución. “Cada uno tendríamos un código personal, una contraseña, que habría que introducir a través de un mensaje de texto, por ejemplo, para dar luz verde a la operación”, dice.

“Una identidad se compone de todos los atributos de una persona”, explica el CEO de Ecertic. “Al asociarla a un documento físico sólo reflejamos unos pocos, aquellos que el Gobierno ha decidido que deben aparecer. Pero una persona es mucho más”, dice.

¿Y por qué no aprovecharlo? El Ejecutivo lleva algunos meses intentando impulsar la popularización de la firma electrónica, aunque de momento pide a los usuarios que utilicen una serie de aplicaciones tanto en smartphone como en un ordenador de sobremesa para utilizarla.

Futuro cercano y… ¿seguro?

Para el dirigente de Ecertic, un escenario en el que nos identifiquemos con el iris o con la huella de nuestra voz no es, ni mucho menos, algo que sólo podamos ver en Black Mirror, la exitosa serie de Netflix.

“Estamos más cerca de lo que pensamos. Si el marco regulatorio fuera el óptimo, en dos años podríamos tener todo preparado para empezar a usar una tecnología así”, afirma.

En cualquier caso, no es sólo cuestión del Gobierno o de las empresas que sean capaz de desarrollar algo así. “También tenemos que ser los ciudadanos los que nos adaptemos a esto. De poco serviría tener una herramienta así si no hacemos uso de ella”, explica Raúl Tapias.

El primer paso para convencer a un amplio porcentaje de la población de que es el momento de adoptar el uso de una tecnología así pasa por ofrecer garantías a nivel de seguridad.

En noviembre del año pasado la Policía tuvo que desactivar millones de DNI electrónicos españoles porque un ataque informático había logrado acceder a la información de muchos usuarios.

España no ha sido el único país afectado por una brecha así. En Estonia o Eslovaquia, que usan documentos similares, también tuvieron que desactivar estas herramientas digitales, si bien los casos demostrados de delito son mínimos.

El problema en estos casos se encontraba en un chip que viene en estos documentos físicos y que tiene dos series de números de seguridad, el primer de acceso público, que registra las transacciones, y el segundo el que tiene la información de tipo personal.

Fallos en el sistema de seguridad aparte, pues no hay sistema perfecto, lo cierto es que el DNI tal y como lo conocemos hoy en día ha muerto, su tiempo está agotado. Tu próximo DNI serás tú.