De la computación en la nube, a la computación en la niebla. El futuro inmediato de la informática no pasará seguramente por grandes superodenadores y servidores bajo el mar, como los que ya existen. Si aspiramos a un mundo más automatizado, estamos destinados a rodearnos de una pléyade de pequeños cacharritos, discretos, que emitan señales por ondas “y tengan menos capacidad de computación que tu móvil”, explica el recién galardonado Damián Roca, uno de los Premios de Informática de la Fundación BBVA 2018 por su contribución al coche autónomo. Sí, el coche que conduce solo. Porque sin una niebla de sensores y microcomputadores, el vehículo robótico tendrá difícil aprender a conducir. Bienvenidos al fog computing


Charlamos con el informático Damián Roca de sus investigaciones para gestionar flotas de vehículos que se conducen solos gracias a sensores y computación en pequeños dispositivos a pie de calle o antenas. | Vídeo: M.V.

Damián Roca (Palma de Mallorca, 1989) fue becario en una start-up de San Francisco y trabajó en el Supercomputador de Barcelona (BSC). Curiosamente, ha saltado de los megaordenadores a los más pequeñitos, los que caben en chips y que podrían poblar las ciudades del futuro. “La informática hoy ya es todo”, no los ordenadores”, explica a El Independiente. “Vamos a conectar cualquier dispositivo a internet, una nevera, una cafetera…” y un coche.

El internet de las cosas será el internet de las ciudades inteligentes. Quizás haya un día en que haya que orquestar un mar de coches autónomos sobrevolados por una red de drones transportadores de mercancías. No hay humanos posibles para dirigir semejante sinfonía robótica. Pero tampoco hay nubes (servidores remotos) capaces de gestionar tan ingentes cantidades de datos que generan cada segundo. Así que habrá que poner miniordenadores cerca de esos dispositivos.

“Por ejemplo, imaginemos un coche autónomo como los que ya hay con Tesla o Waymo (Google), ya tienen los sensores”, dice Roca. “Si lo pones a circular por Madrid, esos sensores recogen mucha información, muy valiosa. Capturan lo que ven el coche. Esos datos necesitan procesamiento, ahora se envían a servidores de las compañías –son datos valiosos, porque están contando cómo se comporta la gente en una ciudad–, pero con el fog computing pueden hacer un procesamiento más cerca. Para calcular la ruta de tu casa al trabajo, que no haga falta hacer centro de datos de Irlanda (algo que, aproximadamente, pasa con el navegador de Google Maps actual) sino con un nodo podría interactuar de forma más eficiente”.

Coches en la niebla

Pongamos un caso práctico. Un coche autónomo no es sino un robot de transporte equipado con una inteligencia artificial básica y una enorme capacidad de procesamiento. Tiene una red de sensores basados en cámaras, ultrasonidos (radar), lídar, visión térmica, etc. Va peinando la ciudad, recogiendo los datos para sacar conclusiones sobre cómo está el tráfico y prediciendo cómo se van a comportar todos sus elementos.

Parte de los datos se podrían procesar en dispositivos cercanos conectados entre sí (internet de las cosas). Los datos históricos, en la nube. Pixabay

“Un humano es capaz de reaccionar a escenarios que no ha visto nunca aplicando lo que le han enseñado en la autoescuela y su propia experiencia”, explica Roca. Un coche autónomo tiene una fase de aprendizaje mucha más larga; el ordenador tiene que reaccionar ante eventos nuevos para él. Y el número de casos que puede encontrarse en casi infinito. Para que el coche pueda circular con flotas tiene que superar el obstáculo de la seguridad”.

Un humano es capaz de reaccionar a escenarios que no ha visto nunca. El coche, no.

Podemos enseñar al coche que un semáforo en rojo le obliga a detenerse. Pero, en una primera fase, más inmediata, el propio semáforo podría llevar un pequeño dispositivo que le mande una señal por ondas que le diga cuándo parar. Un semáforo invisible y personalizado. “Hemos llegado a un punto en que esta tecnología llega al mundo físico, es capaz de entenderlo e interactuar con él, El objetivo es desarrollar la IA para que sea capaz de entender el mundo, pero la primera fase está en los sensores. El fog computing añade capacidad de cómputo, por eso se ponen servidores cerca de los vehículos para ayudarles a procesar esa información”.

Adiós big data

En realidad, un fragmento pequeño de información. Un móvil actual recoge enormes cantidades de datos a través de sus sensores. Dependiendo de nuestra configuración de seguridad, los estaremos compartiendo en tiempo real con las grandes compañías tecnológicas que nos ofrecen sus servicios. Big data del que, en sus centros de datos, sacan conclusiones y nos perfilan como posibles clientes de determinados bienes o servicios, por ejemplos. La computación en la niebla actúa a una escala más pequeña del tiempo real. Por así decirlo, contamos lo justo de nuestras acciones.

“Supone un cambio de modelo. Para el usuario es transparente. Tú no sabes si se procesan tus datos más localmente o en la nube. Pero para las compañías el paradigma es diferente. Ahí puedes ofrecer otro tipo de servicios. No pueden procesar todos esos datos en esas capas más locales, porque no hay recursos. El volumen de datos más grande se podría procesar más tarde, en la nube, diferenciando el histórico de los datos del tiempo real”.

Un riesgo es que alguien podría alterar uno de esos sensores o hacer que den información errónea.

Otra cuestión es la seguridad de esos minidispositivos a pie de calle. “Podrían alterar uno de estos dispositivos o poner sensores que den información errónea. Ahí es donde hay más trabajo ahora mismo”. Con todo, recuerda que las actuales antenas de telefonía móvil también podrían ser atacadas y no es habitual que ocurra. Al final, sin menospreciar los riesgos, un ataque en el mundo del fog computing sería como romper la bombilla a un semáforo. Puede provocar el caos en un cruce circulatorio, pero no menos grave es tumbar unos minutos un servidor global o infectarlos. Y de eso ya sabemos bastante.